Hay políticos -no sólo nacionalistas sino provenientes de la izquierda más kistsch y del buenismo más new age de la cultura norteamericana-, que tienen mucha afición a recabar firmas de premios Nobel de la Paz para sus políticas cuando éstas resultan dudosas, cuestionables o polémicas, y hay por ahí una media docena de Nobel de la Paz que forman ya como una especie de plantilla contratable precisamente para esos casos de políticas y políticos polémicos, cuestionables o dudosos, por no decir "para casos perdidos e indefendibles", hecho que sería un motivo suficiente para quitarles a esos Nobel de la Paz el Nobel por el mal uso que hacen del mismo.
El término de "curanderos" es más que idóneo para personajes como Pérez Esquivel o Rigoberta Menchú, eternos invitados de la Fundación Sabino Arana, que sencillamente son los primeros en no haber entendido el significado del premio que han recibido desde el momento en que actúan como si éste les otorgara el don de la infalibilidad, como si fuera una suerte de máster, de doctorado, de cátedra en una ciencia -la de la paz- que no existe, desgraciadamente, y en la cual se erigen como expertos asimismo una colección de hechiceros protoetnicistas cuando no de antiguos terroristas o paraterroristas que ya conforman una tradición mística en el pensamiento mágico-nacionalista y con la cual tienen que vérselas tanto la resistencia como la ideología democráticas. Y es que la paz -como la felicidad - es una de las grandes asignaturas pendientes de la Humanidad. Si existieran como ciencias se habría cumplido en la Tierra la utopía, el cielo, el paraíso. No existe en las universidades la carrera ni el título de "experto en la paz" -aunque algunos creen que lo tienen y así actúan- como no existe el de "experto en felicidad". Lo que concede la Academia Sueca con el Nobel de la Paz es el reconocimiento a alguien que ha hecho un singular esfuerzo por lograr ese bien en determinado lugar del planeta partiendo de la oscuridad y las incertidumbres inherentes a la condición humana en dicha materia y actuando de buena voluntad desde su ignorancia, su impotencia, su afán, su humildad, su sacrificio, cuando no de la propia certeza sobre la imposibilidad de conseguirlo.
El Nobel de la Paz no premia a quien ha conseguido la paz, que es un sueño irrealizable en tantas partes del mundo, sino a quien ha intentado hacerla realidad de forma ejemplar y conmovedora -esto es, por todos los medios "lícitos"-, no a cualquier precio sino en todo caso al precio de su propia libertad, de su salud y de su vida incluso. Se premia, en fin, con ese premio el intento, no los resultados. Si por los resultados fuera, nadie tendría ese reconocimiento. Ante la imposible asignatura de la paz todos somos noveles, incluidos los Nobel.
Inculcar estas ideas básicas ha sido la tarea durante años del Movimiento Cívico; explicar que no existe la ciencia de la paz, como pretenden los nacionalistas de Elkarri y de la Fundación Sabino Arana, sino que existe la de la guerra, por desgracia; recordar que no hay expertos en felicidad sino en sufrimiento, en tratar la depresión, la angustia, nuestro descontento...; así como delatar que el propio uso del término paz miente en todo lo que se refiere a la negociación con ETA, empezando por el mismo nombre que se le ha dado -"proceso de paz"-, que si hoy conecta con lacomparación irlandesa es porque tiene su origen en una izquierda cristiano- marxista que arranca de la propia década de los sesenta. La alusión a la paz en el caso vasco es la primera gran mentira de todas, la más descarada, la que se ve como tal mentira a todas luces y la que ensucia todo lo que viene después a partir de ella.
No lo hemos dicho todavía con la suficiente claridad y contundencia: no es que la expresión "proceso de paz" no sea adecuada para la iniciativa de negociar con ETA que se ha traído el nacionalismo desde los acuerdos de Stormont y que se trae el Gobierno desde su estreno, sino que es además una expresión gravemente falseadora y desvirtuadora de la realidad española y brutalmente ofensiva para las víctimas porque las niega de raíz. Niega la parte heroica y fundamental de su sacrificio. Niega toda su generosidad esencial, su singular renuncia a la venganza, su misma naturaleza específica de víctimas que han optado por contenerse y permanecer en esa condición antes que tomarse la justicia por su mano, antes que igualarse a sus verdugos, antes que constituirse en otro bando armado -como es el caso del Ulster- y aceptar una lógica belicista. No es ya que la expresión "proceso de paz" no nos haya servido nunca porque "no ha habido una guerra", sino que ésa es una expresión que omite, miente, ofende, pervierte y vicia de origen cualquier iniciativa que pretenda definir. Porque lo que sí ha habido, en cambio, es "una férrea, conmovedora y expresa voluntad de que no hubiera una guerra"; porque se han pagado todos los precios -incluidos los más caros- que había que pagar para que esa guerra no se produjera y para que fueran juzgados quienes quisieron hacerla una vez por su cuenta, al margen de las víctimas y la ciudadanía en la llamada "guerra sucia" de los GAL fraguada en la cúpula felipista. No es que no estemos en guerra, sino que hemos estado "contra la guerra" hasta el punto de haberla desmantelado. Por eso resultan especialmente sangrantes todos los esfuerzos de Rodríguez Zapatero por reeditar con la colaboración estelar de Blair la comedia a la irlandesa que el nacionalismo vasco intentó representar en el primer Lizarra. No cabe perversión mayor contra las víctimas del terrorismo, contra la ciudadanía vasca amenazada, contra la propia España democrática y contra la verdad, que el uso del lenguaje de Stormont en la cuestión de ETA. No cabe una mentira más torpe e infame, pese a que se disfrace de intención angélica. De este modo, el rechazo del Foro Ermua a la negociación es también rechazo a la terminología y a la filosofía que amparan a ésta. Rechazo en el que se fraguó el propio Foro Ermua, surgido tras la resistencia al chantaje que pagó con la vida Miguel Ángel Blanco y que constituía la columna vertebral de su manifiesto en sus tres primeros puntos:
1. Desde el final de la dictadura franquista se ha organizado y extendido en Euskadi un movimiento fascista que pretende secuestrar la democracia y atenta contra nuestros derechos y libertades más esenciales. Este movimiento está dirigido por ETA, así como por Herri Batasuna y otras organizaciones de su entorno, que utilizan la violencia para sembrar el miedo, coartar gravemente la libertad de expresión e imponernos a todos sus "alternativas políticas".
2. La mayor parte de nuestros representantes políticos e institucionales, incluidas las más altas instancias, difícilmente pueden ser exonerados en este proceso de deterioro de la democracia. Durante todos estos años han transigido con las exigencias de este movimiento antidemocrático y no han actuado con la unidad y firmeza necesarias, llegando incluso en ocasiones a repartir la responsabilidad de los crímenes de ETA entre esta organización y el Estado. Sentimos como un agravio constante la colaboración de las instituciones que nos representan con quienes sustentan y alientan el fascismo, no habiendo dado otro fruto esta condescendencia sino un inc reme nto constante de la coacción, el miedo y la muerte.