El nacimiento del Movimiento Cívico representa, de este modo, la plena toma de conciencia democrática, la definitiva liberación de esa telaraña oscurantista tejida por una mezcla de prejuicios nacionales de nuestras izquierdas y nuestras derechas, de tópicos aranistas y de valores pervertidos del gandhismo o del cristianismo así como un punto de inflexión en el camino hacia el actual discurso constitucionalista. No se puede decir que quienes dimos ese paso tuviéramos una idea exacta de la dimensión y el alcance que éste iba a tener, pero tampoco que éramos ajenos al cambio de valores y principios que suponía y a la línea que trazaba frente al pasado. Así lo indicaba el cuarto punto del manifiesto fundacional del Foro Ermua: "Reconociendo la gran labor realizada por los grupos pacifistas creados en Euskadi durante estos difíciles años, creemos que nuestra sociedad demanda nuevas formas de oposición al fascismo vasco, que apelen más al derecho democrático a la palabra que al pacifismo gestual y al silencio testimonial. Reivindicamos el espíritu civil iniciado en Ermua en las jornadas de julio, en las que la sociedad vasca recuperó no sólo la calle, sino la voz, y demostró que es posible luchar pacífica y contundentemente contra ETA y quienes amparan, promueven y se benefician de su proyecto totalitario".
Lo que diferenciaba ideológicamente al Foro Ermua y a todo el Movimiento Cívico del que éste fue punto de partida en aquel 13 de febrero de 1998 era que frente a la utopía pacifista y frente a las mistificaciones de la etnia y la tribu nacionalistas planteaba explícitamente la reafirmación de la ciudadanía y de los derechos individuales. Quedaba, así, superada la fase del movimiento pacifista que hasta entonces había hecho frente a ETA de manera específica y aislada, sin enmarcarla dentro del nacionalismo totalitario, del cual era un producto, así como apelando únicamente a un repertorio de valores católicos -que no tenían por qué ser compartidos por toda la ciudadanía de un país aconfesional- y a las referencias gandhianas que, si bien eran útiles para los nacionalistas porque Gandhi fue un "independentista no violento", se quedaban cortas para una sociedad moderna de la Unión Europea que nada tenía que ver con la India colonial y tercermundista.
Porque el pacifismo tenía el mal pragmático y fisiológico de raíz de hallarse teledirigido por los obispados vascos así como el de haber sido creado o auspiciado por el propio nacionalismo para adelantarse a una reacción ciudadana que llegaría más pronto o más tarde y que podría ir en su contra. Lo que había hecho al crear el movimiento pacifista el nacionalismo era curarse en salud, canalizar la reacción que vendría según sus intereses y tratar de diseñar en el pacifismo la vacuna contra el movimiento democrático de signo laico que podría llegar después, cuando no evitar o retrasar su peligrosa llegada.
Al mal práctico se añadía el mal ideológico y moral que empezaba por plantear como utópica la paz en una región del Primer Mundo. Al nacionalismo le ha interesado siempre comparar al País Vasco con las regiones más conflictivas del planeta y el pacifismo gandhiano servía muy bien a estos intereses. Al invocar la doctrina pacifista y al ser imposible la paz universal, el nacionalismo presentaba también como imposible una paz que en la Unión Europea es un hecho. Es decir, que deformaba la situación vasca para crear la falsa necesidad de una solución que él propondría y que nunca sería tal sino, al contrario, el certificado de garantía de la perpetuación del mal a combatir. Hay un argumento que no se ha usado por políticamente incorrecto pero que ya es hora de manejar a estas alturas: no es de recibo hacer pasar la meta de una ausencia de crímenes en el País Vasco por una utopía tan difícilmente alcanzable como la paz en la India colonial de Gandhi o en los actuales campamentos palestinos.
Más lejos del perdón cristiano, que es una opción tan individual como íntima y que el nacionalismo trataba de confundir otorgándole una indecente traducción política, penal o penitenciaria, el Foro Ermua reclamaba la Justicia que resarce a la víctima renunciando a la venganza. Más allá de la doctrina beatífica de la "no violencia", el Foro Ermua reivindicaba el uso legítimo de la fuerza que el ciudadano delega en el Estado de Derecho para hacer valer la ley. De cuyo uso ese Estado habrá de rendirle cuentas. En lugar de plantear la reconciliación como una asignatura pendiente de la sociedad -cuando no de las propias víctimas con los asesinos-, el Foro Ermua hablaba de "convivencia" porque la reconciliación de los españoles ya había llegado con la paz democrática de la Constitución en 1978, que había puesto fin a la paz de Franco militarmente impuesta tras la Guerra Civil. Las víctimas no tenían que reconciliarse con nadie desde el momento en que no se habían enemistado con nadie sino que habían aceptado esa paz democrática de la Constitución y sus normas de convivencia. Hablar de "reconciliación" era dar por supuesta la existencia de una guerra que no había tenido lugar, y exigir abrazos de víctimas con verdugos era un plus de armonía que nadie se había atrevido a proponer para las víctimas de robo con sus ladrones, con ser una "utopía" de más fácil y factible realización. A nadie se le ocurría pensar que porque un asaltado no se abrazara con su asaltante la paz social sería imposible. Con que esa víctima del latrocinio no se tomara la justicia por su mano era más que suficiente. ¿Por qué habría que pedirles más a las víctimas? ¿Qué hipocresía o qué clase de infantilismo moral llevaba a los nacionalistas a lamentar la ausencia de esa superproducción de abrazos en las calles ensangrentadas de Euskadi? Y el mero hecho de hablar de paz ¿no era ya por sí mismo una insistente falacia que daba como un hecho consumado la (falsa) existencia de dos bandos en guerra?
Cuesta creer que los nacionalistas fueron tan listos como para urdir de manera consciente esa sucia telaraña moral que utilizaba todos los resortes de la experiencia de la confesión y de la culpa cristiana. Cuesta creerlo porque humilla semejante habilidad tanto a una España como incluso a una izquierda ambas inocentonas y beatíficas. Pero no hay que olvidar que los nacionalistas son los únicos que han tenido un proyecto diseñado con años de antelación y calculado hasta en sus propios plazos de realización. Sírvanos de consuelo la ayuda que han tenido del jesuitismo más perverso que les ayudó a rehabilitar en el último cuarto del siglo XX algo parecido a lo que Pío Baroja describía en el País Vasco de principios de ese siglo: "El jesuita domina a la sociedad a través de la mujer y de la confesión". No es que el nacionalismo sea especialmente inteligente sino que ha contado con un instrumento de dominio de las conciencias con el que no contaban las ideologías laicas.
SUPERAR LA REFERENCIA DE LA PAZ
Las apelaciones descomprometidas a una paz ignorante de la falta de libertad que hoy profesa Rodríguez Zapatero tienen así su antecedente en la retórica clerical-gandhiana del pacifismo vasco que sintonizaba a la perfección con el propio nacionalismo del cual provenía, con la doctrina de Elkarri, con Izquierda Unida y con los grupos de cristianos de base preocupados por el hambre en el mundo y próximos a la Teología de la Liberación que han existido en el País Vasco desde la pre-Transición auspiciados por los obispados y donde no era difícil hallar sacerdotes expertos en dialéctica marxista. De ahí viene toda la parafernalia ritualista de la Fundación Sabino Arana, especializada en invitar a un gran número de curanderos de la paz que sean la pura antítesis de la herencia laica e ilustrada, a santones tercermundistas, a misioneros gagás con ocho apellidos vascos que comparan la realidad vasca con la del Congo y a extemporáneos Nobel de la Paz pasados de rosca, cuando lo lógico es recurrir al curanderismo una vez que ha fracasado la medicina oficial del pensamiento democrático.