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Cuadernos de Pensamiento Político 15 Cuadernos de Pensamiento Político

El movimiento cívico del País Vasco

por Iñaki Ezquerra
Cuadernos de Pensamiento Político nº 15, Julio / Septiembre 2007

Número de páginas: 5
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MOVIMIENTO CÍVICO Y MOVIMIENTO PACIFISTA
Lo que en el País Vasco se dio en llamar "el Movimiento Cívico" y constituye todavía un núcleo social de resistencia ideológica frente al nacionalismo tiene una fecha concreta de nacimiento: el 13 de febrero de 1998. Fecha que es también la del nacimiento del Foro Ermua. Hasta ese momento las iniciativas sociales que habían ido surgiendo en Euskadi al margen de los partidos políticos no lo eran en oposición al nacionalismo sino únicamente al terrorismo. El surgimiento del Foro Ermua, siete meses después del asesinato de Miguel Ángel Blanco y de las jornadas de julio de 1997, traza, de este modo, una nítida e inequívoca línea de separación entre el Movimiento Cívico y el Movimiento Pacifista, que es lo que había habido hasta entonces, que venía de la década de los ochenta y que había tomado su máximo impulso con las plataformas y movilizaciones que se organizaron contra los secuestros de los empresarios Julio Iglesias Zamora y José María Aldaya, en las que participaron personalidades de la sociedad civil, algunas de ellas próximas al nacionalismo y otras al menos no abiertamente enfrentadas en su discurso a éste (Eduardo Chillida, Juan Carlos Eguillor, Xavier Gereño, José Luis Lizundia, Luciano Rincón y hasta algún futbolista del Athletic o de la Real Sociedad al que sería hoy imposible reclutar para el Foro Ermua o el ¡Basta Ya!) así como una reducida serie de colectivos encabezados por Gesto por la Paz, pionero de todos ellos, y agrupados bajo el símbolo del lazo azul, que era claramente una imitación estética -aunque con diferente contenido- del lazo rojo promovido por las campañas de solidaridad frente al sida.
Cuatro fueron los colectivos que formaron -y forman aún algunos de ellos- el Movimiento Pacifista: Denon Artean (Paz y Reconciliación), presidido por Cristina Cuesta y de fuerte implantación donostiarra; Jóvenes por la Paz, dirigido por la también víctima del terrorismo Abel Uceda y centrado en las campañas subvencionadas por el Gobierno vasco para la concienciación en el mundo de la enseñanza; Bakea Orain (Paz Ahora), capitaneado a comienzos de la década de los noventa por Javier Madrazo -quien lo utilizó de trampolín para su salto a la política dejándolo después en las manos nacionalistas que llevarían a ese grupo a la foto de Lizarra - y el ya mencionado Gesto por la Paz del cual algunos de los anteriores fueron escisiones y en cuyas iniciativas (ruedas de prensa, plataformas, manifestaciones, jurados de concursos literarios...) participamos en su día personas que aunque no militábamos en el pacifismo veíamos en éste un instrumento coyuntural válido para socavar la "legitimación" de ETA.
En este sentido es preciso que quienes participamos en el Movimiento Pacifista procedamos hoy a una autocrítica de aquel mundo referencial que lo constituyó y que no sólo era insuficiente sino también improcedente, por más que aquella participación estuviera totalmente justificada (más que la pasividad, por supuesto) y respondiera -dentro de nuestro idealismo- a un elemental sentido práctico, es decir, a la vieja consigna castellana de "con aquellos bueyes había que arar". Oscuras referencias conceptuales y éticas como la paz, la reconciliación, el perdón, la expresa condolencia pública por toda muerte, fuera de víctimas o verdugos, o la extensión de la responsabilidad concreta de los terroristas a una vaporosa culpa injustamente extensible a toda la sociedad deberían ser revisadas algún día y formaron durante años una tupidísima telaraña moral e intelectual que impedía ver la verdadera naturaleza del problema y por lo tanto su propia solución.
Referencias éticas inadecuadas a las que se añadía una estética igualmente errónea y superable como la del mismo silencio patibulario e impuesto que acompañaba a aquellas manifestaciones y que les daba un aire procesional, un toque penitente de perpetua Semana Santa, o la aceptación bienintencionada pero acrítica y no menos catastrófica ("por la paz un padrenuestro") de la terminología, la imaginería y -por lo tanto- la propia ideología nacionalistas en la asimilación de expresiones que, como "lucha armada", llevan la firma de ETA o que, como "Euskal Herria", aluden a un concepto cultural al que el nacionalismo da un interesado e irreal cariz político. Referencias de las que están sembrados aquellos manifiestos de los años ochenta y noventa que constituyen la "prehistoria ideológica" no ya del Movimiento Cívico que lleva el apellido de "constitucionalista" sino de la filosofía democrática y -yo diría- del propio pensamiento ilustrado, pues se trata de textos en los que la condena al chantaje terrorista exigía una serie de concesiones políticas entonces "incuestionables" al nacionalismo, aparte de una condena pareja dirigida a unos presuntos y genéricos excesos de las fuerzas de seguridad mantenedoras de nuestro orden constitucional cuando no dirigida a la propia existencia de esas mismas fuerzas, como si el adjetivo "democrático" que define con rigor el sistema de libertades en el que vivimos fuera sinónimo de "angélico". En otras palabras, a los ojos de la sociedad vasca "no se podía nadie meter con ETA si no se metía con la Guardia Civil de paso". Y esto ya era un avance, pues había habido un tiempo previo en el que "para poder meterse con ETA había que haber estado en ETA".
El propio nombre del colectivo "Gesto por la Paz" aludía a una situación de mutismo social y -lo que es más patético- intelectual, a una incapacidad general en todas las capas de la sociedad vasca para crear discurso contra ETA y para hilar dos palabras coherentes en un texto que la condenaran debido, sin duda, a que tanto ETA como el nacionalismo en su conjunto supieron aprovechar al máximo y potenciar los inconfesables complejos e irracionales sentimientos de culpa de la España democrática por el "pecado franquista" (como si los nacionalistas estuvieran limpios de ese mismo pecado en el que prosperaron económicamente y como si, en efecto, la dictadura de Franco lo hubiera sido contra ellos de un modo específico) hasta el punto de que tales complejos y sentimientos sobrepasaban los mismos límites del País Vasco y de un modo u otro campeaban por todo el paisaje nacional.
En aquellos años ochenta y noventa no había, en fin, un manifiesto que condenara el terrorismo visible, tangible y concreto de ETA sin legitimar de paso la autodeterminación, el denominado "ámbito vasco de decisión" y las demandas transferenciales o sin condenar "el terrorismo de Estado" o "la violencia venga de donde venga", expresiones ambas muy gráficas de la época que no aludían a los GAL sino que consideraban al propio Estado intrínsecamente terrorista y perverso por su propia esencia en una tácita invocación ética de resonancias no ya sólo pacifistas sino anarquistas. Así, el nacionalismo sabiniano se servía de su propia frustración y del incumplimiento de su Estado vasco para presentarlo como utópico y moralmente superior al Estado español realizado.
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