Por tanto, es evidente que la secesión implicará un empeoramiento
del bienestar, pues a la pérdida de los recursos que actualmente
el País Vasco recibe del resto de España, se añadirá
la necesidad de asumir un importante déficit público -cuyas
cifras superan sobradamente las admitidas, a partir del Tratado de Maastricht,
en el ámbito de la Unión Europea- que habrá de financiarse
restando recursos a los ciudadanos mediante el incremento de los impuestos
y las cotizaciones sociales; o alternativamente mediante la reducción
de los servicios públicos, incluidas las prestaciones sociales.
Esto último puede apreciarse con mayor detalle en un reciente
trabajo de López y Utrilla sobre la Seguridad Social (2004). En él
se analizan los aspectos fundamentales del sistema de protección
social, teniendo en cuenta el comportamiento de las variables que lo determinan.
El diagnóstico de la situación actual señala que el
envejecimiento de la población, que en el País Vasco es más
acusado que en el conjunto de España, ha comenzado ya a hacer mella
en el equilibrio del sistema. Además, el mercado de trabajo, menos
generador de empleo en el País Vasco que en la media nacional, no
ayuda a paliar los efectos de dicho envejecimiento. Y ello se refleja en
una situación financiera que en 2002 fue deficitaria, cifrándose
en casi 128 millones de euros el desequilibrio entre los ingresos y gastos
gestionados a través de la Tesorería General de la Seguridad
Social, de los que 41 corresponden a la diferencia entre cotizaciones y
pensiones.
Pues bien, sobre esta base, en dicho trabajo se efectúa también
un ejercicio de proyección de las tendencias recientes del sistema
hasta el año 2010. Los resultados obtenidos señalan que, con
ese horizonte temporal, el número de afiliados aumentará un
12 por 100 y el de pensionistas lo hará en un 11 por 100. Si las
bases de cotización convergen hacia la tasa de inflación,
la recaudación se elevará en un 35 por 100 sobre su nivel
actual; pero las pensiones, debido a la presión demográfica,
aumentarán el 46 por 100. Y, como consecuencia, al finalizar la década
actual, el déficit se multiplicará por trece, llegándose
a una cifra superior a los 525 millones de euros. En otras palabras, el
sistema de pensiones del que actualmente disfrutan los ciudadanos no es
sostenible en un País Vasco independiente; o si se prefiere, la garantía
de los derechos adquiridos por los más de 400.000 pensionistas que
viven en la región sólo la proporciona su integración
en el sistema de Seguridad Social español, pues dentro de él
son posibles las transferencias territoriales entre las Comunidades Autónomas
en las que los recursos exceden de los gastos y las que, como el País
Vasco, son deficitarias.
Finalmente, debe aludirse, por su relevancia, al análisis de los
aspectos monetarios de la secesión. El profesor Anchuelo (2004) ha
abordado este tema argumentando que, de manera inevitable, para disponer
de una cierta holgura en su política económica, un País
Vasco independiente se vería impelido a crear su propia moneda -a
la que se alude con el término "eusko"-, pues la tentación
de mantener de forma unilateral el euro -de cuya área no formaría
parte- no sería sostenible debido a las rigideces que introduce -básicamente
porque no puede fijarse el tipo de cambio y porque se impide la existencia
de un Banco Central Vasco capaz de actuar como prestamista en última
instancia-. La adopción de esa nueva moneda no está exenta
de costes de adaptación -que, sólo en los sectores bancario
y comercial, superarían los 100 millones de euros-, así como
de costes de transacción por las comisiones de cambio -que se estiman
en un 1 por 100 del PIB al año-. Y a ello se añade un aumento
general de la incertidumbre sobre la sostenibilidad del tipo de cambio entre
el eusko y el euro, lo que ha de afectar negativamente a las exportaciones
y a la recepción de capitales extranjeros.
A la prospectiva sobre el tipo de cambio dedica el profesor Anchuelo
una buena parte de su trabajo. Sus conclusiones señalan que, aunque
inicialmente la autoridad monetaria trataría de mantener la paridad
entre el eusko y el euro, las tensiones sobre el sector exterior acabarán
forzando la elevación de los tipos de interés y la devaluación
de la divisa, dejando flotar su tipo de cambio. La secuela de todo ello
no será otra que un aumento generalizado de la incertidumbre en un
escenario de inflación, altos costes del capital y déficit
exterior, lo que generará un ciclo depresivo para la economía.
En estas circunstancias, el País Vasco no podría reintegrarse
fácilmente en la zona del euro, pues aunque lograra superar las dificultades
para ser admitido dentro de la Unión Europea, tendría que
cumplir con los rígidos criterios de Maastrich para ingresar en la
Unión Monetaria, tarea ésta en la que se emplearían
varios años. Y si aún así lo consiguiera, debido a
la configuración del Banco Central Europeo, acabará teniendo
una ínfima capacidad de decisión sobre la política
monetaria unificada, pues sólo podrá participar en un tercio
de las votaciones del Consejo de Gobierno de esa institución, cuando
España lo hará en las cuatro quintas partes de ellas.
La conclusión que se desprende de los análisis que acabo
de resumir es bastante sencilla: la promesa de la secesión no es,
como gusta decir en público a los nacionalistas vascos, la de la
prosperidad, sino todo lo contrario. Un País Vasco independiente
pasará por graves dificultades económicas que redundarán
en una pérdida de bienestar para sus habitantes. Éstos encontrarán
menores oportunidades de empleo, viéndose azotados por el fantasma
del paro; deberán asumir unos servicios públicos más
modestos, a la vez que pagarán unos mayores impuestos; el estado
del bienestar -y, dentro de él, las pensiones como su principal instrumento-
se verá seguramente recortado; y se encontrarán envueltos
en un clima generalizado de incertidumbre durante mucho tiempo. Nada de
esto parece afectar a los proponentes del programa secesionista, pues, aun
conociendo los riesgos en los que se incurre con su política, parecen
inclinados a sacrificar los intereses de los ciudadanos. No debería
sorprendernos; ya hace bastantes años, el que fuera presidente del
PNV, Xabier Arzalluz, le manifestó a Hans Magnus Enzensberger, que
los nacionalistas "estamos dispuestos a pagar cualquier precio para
desarraigar de una vez la ocupación (sic) española; incluso
nos avendríamos a un descenso del nivel de vida" (1987, 313).
Esta es la medida de su patriotismo.
BIBLIOGRAFÍA
Abadie, A. y Gardeazábal, J. (2003): "The economic cost of
conflict: a case study of the Basque Country", American Economic
Review, nº 93 (1), Marzo.
Alcaide Inchausti, J. y Alcaide Guindo, P. (2003): Evolución
económica de las Comunidades Autónomas 19752000, Instituto
de Estudios Económicos, Madrid.
Anchuelo, A. (2004): "¿Sería el Eusko una alternativa
sensata al Euro? Efectos económicos para el País Vasco de
tener una moneda propia", en Buesa (Ed.)
Barberán, R. (2002): "La sensibilidad de los saldos de las
balanzas fiscales a las variaciones metodológicas". Incluido
en M. Carpio: Metodología para la elaboración de las balanzas
fiscales de las Comunidades Autónomas, Documentos del Consejo
Económico y Social, Madrid.
Barbería, J.L. y Unzueta, P. (2003): Cómo hemos llegado
a esto. La crisis vasca, Taurus, Madrid.
Barrios, S. y Strobl, E. (2003): Terrorism and the location of foreign
direct investment, Universidad Católica de Lovaina, LouvainlaNeuve.
[Los resultados econométricos de este trabajo se pueden consultar
en www.ucm.es/info/ecap2]
Benedí, R. (2003): "El Plan Ibarretxe y sus consecuencias",
Cuadernos de Ermua, nº 11, Diciembre.
Buesa, M (2004): "Economía de la secesión: los costes
de la 'NoEspaña' en el País Vasco", en Buesa (Ed.)