Como se ve, los tres anteriores contaron con una participación que superaba el 50%. La más reducida se registró en el de 1986, con el 59,4%. El de mayor acogida no fue el de la Constitución, de 1978, con el 67,11%, sino el de 1976, el de la Ley de la Reforma Política, con el 77,7%. Ni tan siquiera el abultado voto afirmativo de 2005 (76,7%) supera al de los dos primeros: 94,4% en 1976, y 88,54% en 1978. Tanto en este de 2005 como en los dos primeros, las principales fuerzas políticas de España lo respaldaban. Fue en el de 1986, con el asunto de la OTAN, contando con la recomendación de abstención de AP, cuando se registra el voto afirmativo más bajo (53,09%) y el voto negativo más abultado (40,3%).
CONCLUSIÓN: HABÍA OTRA POSIBILIDAD
De los aproximadamente 11 millones de votantes que tuvo el PSOE el 14-M, casi 3.000.000 se sitúan en el más puro centro ideológico, y muchos más, casi 6.000.000, se localizan en el centro izquierda. Pues bien, ese votante del PSOE que es moderado en sus posiciones, con seguridad esperaba del nuevo gobierno, no ya talante y diálogo, sino la aplicación de una política práctica y moderna. Que tomase las cosas buenas que había hecho el PP en sus ocho años de gobierno, y que añadiese las nuevas de cosecha propia para seguir impulsando el crecimiento y el bienestar de España. Que llegase donde el PP no había llegado; pero que construyese sobre lo construido, no que demoliese.
Tengo la impresión de que el votante medio español, mayoritariamente centrista hacia la derecha o hacia la izquierda, tiene en mente una alternancia política del tipo europeo o norteamericano: hasta aquí llega un partido, y el relevo sigue a partir de ese punto siempre hacia delante. Y estoy seguro de que nuestro votante se quedó atónito cuando, en contra de todo lo imaginable, en vez de asistir a un espectáculo de relevo político de ese tipo, asiste a otro bien distinto; al clásico de la mirada atrás, el agravio y la falta de ideas para desarrollar. ¿Se imagina alguien un nuevo gabinete norteamericano demócrata que sucede a otro republicano, y que constantemente echa la culpa de todo al anterior? ¿O que lo haga un nuevo gobierno laborista británico después de suceder a otro conservador? ¿O que lo hagan los mismos casos citados, pero al revés? Cuando creíamos que habíamos alcanzado una madurez política, si no igual, al menos homologable a la de esos países, de pronto hemos vuelto a la política aviesa de echar culpas de todo al de antes, de no reconocerle nada, y de cambiarlo todo porque sí . El rancio e inmaduro estilo de hacer política, que tan extendido está en los sistemas políticos más atrasados; el estilo Penélope : el eterno hacer y deshacer, el eterno volver a empezar. Y eso aplicado también a lo que es o debe ser España. Exceptuando algunos casos muy concretos y con un pasado perfectamente comprensible (como puede ser Canadá, o, incluso, Bélgica), nuestro país debe de ser el único entre todos los desarrollados y con larga trayectoria histórica en el que todos los días se ponga en cuestión con naturalidad su propia identidad; donde sea normal darle una y mil vueltas al concepto de qué es España; si hay nación, región, comunidad, nacionalidad, españolismo, catalanismo, estado asociado, etc. Las grandes naciones del mundo no pierden el tiempo en esas cosas, y se dedican a asuntos mucho más productivos.
Con seguridad, la inmensa mayoría de los españoles deseaba aquella política de continuidad y de constante superación, al estilo de las mejores democracias del mundo. En cambio, hemos ido en dirección contraria. No ha sido un buen comienzo del siglo XXI . Se está poniendo al pueblo español en situación de quedarse en cruz y en cuadro.
En tan solo un año, hay demasiadas sombras, demasiadas sospechas. El diálogo se hace eterno, y el talante se adormece. Mientras tanto, la realidad campa a sus anchas, sin ton ni son.
Ricardo Montoro Romero es catedrático de Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid.