La voz de una sola persona es tenue, al lado del corifeo que esconde minorías dispersas. Un numeroso grupo de pequeños le dice al gigante que está solo, y eso se nos presenta como algo normal día a día. Los equilibrios resultantes son muy inestables. Mientras que en Cataluña el gobierno autonómico presidido por el PSC depende del apoyo de ERC, en Madrid el PSOE depende directamente de los escaños del PSC (que es PSOE cuando le interesa, y cuando no le interesa deja de serlo), e indirectamente de ERC. ERC, apoyado en Madrid por poco más de 650.000 votos, tiene una clara posición independentista. Y, desde el norte, bajo el disfraz de una reforma del Estatuto de Guernica, se presenta un nuevo Estatuto vasco que, de facto , rompe España. De vuelta a Cataluña, allí se prepara un nuevo Estatuto bajo la sombra del tripartito; esto es, supervisado estrechamente por ERC. Y, por si fuera poco, el actual presidente del Gobierno de España se ha comprometido a aprobarlo en el Parlamento español tal y como venga. Desde luego, cuenta con los votos necesarios para hacerlo. Por último, y para que no falte de nada, con tanta inestabilidad de poder aquí y allá, se anuncia una reforma de la Constitución; precisamente en un momento como éste. Eso sí; será fácil aprobar el Estatuto catalán en el Parlamento español, pero la reforma constitucional necesita los votos del PP. El presidente del Gobierno tenía razón: el año se ha ido en diálogo y diálogo. Y los que más han dialogado son, precisamente, los que quieren romper la unidad de España, que son minoría. El resto, que son la mayoría de los españoles, contempla estupefacta que, casi a diario, se hable con tanta alegría y desparpajo de que España deje de ser la que ha sido en los últimos cuatrocientos años.
En esta fragmentación discurre la vida parlamentaria y política hoy día; fragmentación provocada por el PSOE, que ha preferido recorrer la legislatura de pacto en pacto según las circunstancias. Evita, así, que se le vincule demasiado a ninguno de los pequeños partidos; y, por supuesto, se distancia absolutamente del PP, su gran rival. Pero a cambio, se diluye innecesariamente la figura de la oposición, tan necesaria en el régimen parlamentario. Hasta ahora, según la experiencia que hemos vivido en estos primeros meses de la legislatura, parece que sólo el PP hace oposición. Antes, cuando gobernaba, el PP estaba solo en el gobierno. Ahora, parece seguir solo en la oposición, lo que ya es sumamente extraño. Oposición, se entiende, son todos los partidos que no gobiernan, o que no tienen un acuerdo público y notorio con el partido que gobierna. Y sorprende cómo, los mismos partidos que hacían férrea oposición en la anterior legislatura, se muestran muy conciliadores con un gobierno al que no pertenecen ni con el que tienen nada acordado (al menos, públicamente). Esta inversión de papeles en los mismos grupos políticos no es, precisamente, una buena señal de salud democrática.
UN GOBIERNO RADICAL EN EL SIGLO XXI
En minoría y en improvisación parlamentaria; y también radical . En la terminología al uso y que todo el mundo reconoce, una política liberal es aquella que apuesta por el libre mercado, por estimular la actuación de los agentes sociales privados, por la defensa de las libertades individuales, y que otorga a los poderes públicos las funciones neutrales de regulación, arbitraje e inspección. Una política socialdemócrata moderna defiende también el libre mercado, pero apuesta por una mayor presencia estatal en las principales esferas de la vida pública. En Europa, una y otra políticas suscriben el gran acuerdo social del Bienestar, garantizando la igualdad de acceso a ciertos servicios básicos para todos los ciudadanos. Los gobiernos del PP de Aznar respondieron al primer esquema. Los del PSOE de Felipe González al segundo. ¿Y el actual gobierno socialista? Este gobierno, sabiéndolo o no, ha adoptado la fórmula del radicalismo . Pero, ¿qué es radicalismo en política?
Una política radical es aquella que toma las posiciones más extremas de los dos modelos anteriores sin conseguir la relativa coherencia interna que uno y otro tienen. Al carecer de parámetros firmes, es libre de acometer aventuras políticas extravagantes basándose en unos supuestos principios morales y políticos que se atribuye en exclusiva, y que toma prestados de aquí y de allá sin orden ni concierto. Es amante del populismo y de los discursos que puedan seducir fácilmente a la gente; dice lo que se quiere oír, tenga o no tenga que ver con la realidad; el hecho de que el discurso se ciña a la realidad es secundario, porque la realidad es ya el discurso mismo. El radicalismo gusta de la intervención pública en todos los órdenes de la vida porque necesita hacerse presente de manera constante. Al carecer de guías, tiende de manera natural a las componendas más o menos declaradas. Carece de un proyecto claro porque su vocación es universal. Por eso tiende a la improvisación, y, a la vez, a apropiarse de la verdad. Sus sueños y sus palabras son la verdad. Y, aunque gusta de presumir de ser flexible y eternamente dialogante, no hay posibilidad de llegar a acuerdos prácticos con él, sino únicamente a acuerdos dialógicos que hoy sirven y mañana no. Le estorban los adversarios que no coinciden con su cosmovisión, y se siente incapaz de atraerlos si no los convierte en lo que el radicalismo es en sí mismo. Todas las ideologías partidistas tienen la vocación de poder en su misma identidad; nacen y existen para ostentar el poder. Pero el radicalismo experimenta esta vocación de manera más exagerada. Porque el radicalismo toma cuerpo teórico y práctico desde el poder; en la oposición es demasiado vulnerable. Las ensoñaciones que abastecen al radicalismo son aceptables desde el poder no por sí mismas, sino porque son el poder; fuera de él, carecen de capacidad de seducción para los no iniciados.
El radicalismo del nuevo Gobierno socialista, y, en especial, de su líder, Rodríguez Zapatero, es extraño, y no responde a lo que cualquiera pensaría que debe ser una sociedad moderna del siglo XXI . Ante la sorpresa de casi todos, incluyendo, probablemente, muchos de los votantes moderados del PSOE, desde el inicio, este Gobierno, que se presentó a las elecciones con la bandera del diálogo y el talante, se ha mostrado extremista en dos cuestiones, fundamentalmente: 1) en atacar al PP a toda costa y hasta en las cosas más insospechadas (en pasado, presente y futuro); y 2) en poner en marcha a toda velocidad, como si no hubiese toda una legislatura por delante, una serie de medidas laicistas para las que ni había verdadera demanda social, ni tampoco respondían a firmes criterios socialdemócratas.