«Este análisis neorromano de lo que significa ser dueño de la propia libertad, encierra una tesis muy concreta sobre las relaciones que han de regir entre la libertad de los ciudadanos y la constitución del Estado. La esencia del argumento es que la libertad se ve restringida por la dependencia (cursivas mías). Ser libre como ciudadano, requiere por tanto que las acciones del estado reflejen la voluntad de todos los ciudadanos (cursivas mías), ya que, en caso contrario, los excluidos se verán en una situación de dependencia respecto de las voluntades de aquellos que impulsan la acción del Estado. La resultante de esta creencia -crucial en la revolución inglesa del XVII , así como en las revoluciones americana y francesa de un siglo más tarde-, es que será posible que disfrutemos de nuestra libertad individual (cursiva mía) si y sólo si vivimos como ciudadanos de repúblicas que se autogobiernan. Vivir como súbditos de un monarca, equivale a vivir como esclavos».
En mi opinión, esta exégesis de los neorromanos no sirve en absoluto para resolver el problema de la libertad, o mejor, la tensión (libertad liberal/autogobierno) de que se ha venido hablando. Es particularmente ambigua la fórmula «voluntad de todos los ciudadanos». En efecto, un gobierno puede reflejar la voluntad de «todos» los ciudadanos en dos acepciones distintas. O haciendo sólo las cosas que todos los ciudadanos desean, aprueban o estiman convenientes, u obteniendo de sus representados capacidad y títulos para conducir los asuntos según los criterios que exijan las circunstancias. En la primera hipótesis, el gobierno respetará, por definición, lo que cada ciudadano prefiere que se haga en un caso concreto. En la segunda, dejará de ser verdad que lo que hace el Estado en un caso concreto, coincide con lo que a todos lo ciudadanos les gustaría que se hiciera en ese caso concreto. Permanecen en consecuencia, íntegras, las aporías democráticas que preocupan al liberal. En particular, subsiste el peligro de que la mayoría oprima a la minoría. Supongamos, para simplificar, que el gobierno se identifica con una asamblea constituida por todo el cuerpo de electores, y que los actos soberanos se deciden por votación. En principio, podría suceder que una facción integrada por la mitad más uno de los ciudadanos fallase siempre contra los intereses de la mitad menos uno de sus conciudadanos. La posición liberal es que el Estado ha de ser limitado. El punto, para el liberal, no consiste en que yo haya podido participar en la constitución de un mecanismo que quizá me aplaste. Reside en que no reconozco a ningún mecanismo el derecho a aplastarme. La fórmula que Skinner extrae de los neorromanos no añade nada nuevo, salvo la esperanza poco realista de que en los procesos democráticos se combine el voto con la unanimidad.
Philip Pettit, otro republicano conocido, es una figura menor en comparación de Skinner o Pocock. Pero es el hombre a través del cual llegó el republicanismo al PSOE. Pettit redunda en el lema de libertad-como-no-dependencia, y lo reelabora con cierta prolijidad. En particular, añade a la dimensión política de la no-dependencia, una dimensión social. Un ciudadano redondo, un ciudadano cabal, o sea, un ciudadano no dependiente, no deberá verse afligido por las formas de dependencia que generan la pobreza, la falta de educación o una atención sanitaria deficiente. Tendrá derecho a exigir que le dispensen los cuidados y subsidios que garantizan que no será dependiente en ninguno de estos sentidos. El menú es amplísimo. Si una sociedad adolece de un pasado patriarcal y machista, un pasado que de alguna manera se prolonga invisiblemente en el presente, las mujeres tendrán derecho a que el Estado adopte medidas que las manumitan de la dependencia a que de hecho siguen sujetas pese a que, formalmente, sean iguales ante la ley. Deberán atenderse las reclamaciones feministas en capítulos tales como la organización familiar, la estructura de los partidos políticos o los hábitos e inercias que bloquean la participación paritaria de las mujeres en la acción pública. Y así de corrido.
Pettit abre espacios, a mi entender, indefinidos, y por eso peligrosos, a la acción del Estado. Pero Pettit sigue siendo, en medida apreciable, un liberal. No impugna la importancia de la libertad liberal. Piensa sólo que es incompleta. Y propone remedios que habrían resultado mucho menos provocadores en tiempos de Olof Palme que en los actuales.
Vayamos a las dos preguntas iniciales. ¿Por qué ha abrazado Zapatero, si es que alguna vez lo ha hecho en serio, la causa republicanista? En parte por razones de eufonía. «Participación», «igualdad real», «apoyo a colectivos oprimidos» -esto es, dependientes en la acepción republicana-, suenan bien en un partido de izquierdas. Y como suenan bien, se incorporan. A la vez, el republicanismo autoriza, en la versión de Pettit, la dilatación del Estado. Y ello también suena bien, sobre el papel, en un partido de izquierdas. No creo, sinceramente, que haya mucho más misterio.
Dos: ¿es incompatible el republicanismo con la monarquía? El ethos republicanista es contrario, desde luego, a la idea de que la monarquía es de origen divino, o a las teorías que vinculan la legitimidad del monarca a una era patriarcal que se remonta hasta nuestros primeros padres. Pero también estas ideas son incompatibles con el ethos democrático. Y ello no impide a la democracia convivir tranquilamente con la monarquía. Quiero decir, con la monarquía moderna o constitucional. En mi opinión, el republicanismo no tiene demasiado que ver con la bandera republicana. Al menos, en principio.