I. RÉGIMEN POLÍTICO Y ASIMILACIÓN DE VALORES: UNA BREVE ACLARACIÓN TEÓRICA
Aunque vayamos a entrar en el tema de inmediato y aunque esta problemática ya fuera expuesta desde el mismo pensamiento griego en adelante, muy posiblemente no resulten del todo inútiles algunas aclaraciones de entrada que vamos a exponer, resumidamente, en la enumeración que sigue:
1º. Es bastante probable que la pregunta sobre la relación existente entre la naturaleza de un régimen político, cualquiera que sea su forma (democrático, autoritario, totalitario, monárquico, republicano, unitario, federal, etc.), y los valores que configuren la mentalidad de sus ciudadanos es absolutamente estrecha y, muy en concreto, a los efectos de la consolidación y perdurabilidad de dicho régimen. Dando un paso más en esta relación: sin que los ciudadanos hayan asimilado y hecho suyos los valores y supuestos sobre los que se legitima el régimen, éste arrojará una peligrosa imagen de debilidad y no tendrá más vigencia que la que puedan suministrarle el continuo empleo de la fuerza o lo que alcance el siempre perdurable carisma de sus fundadores.
2º. Esta necesaria asimilación ciudadana de los valores sobre los que descansa el régimen, denominada científicamente como socialización política, se desarrolla a través de toda la vida ("de la cuna a la tumba"), durante la cual el ciudadano los interioriza, hace suyos y, si resulta necesario, los defiende en beneficio de la estabilidad del régimen.
3º. La socialización en los valores del sistema se lleva a cabo a través de todas las agencias o instancias por las que el ciudadano pasa en el curso de su vida, variando la importancia de cada una de ellas según el momento histórico que se contemple. Como tales agencias, están la familia, el sistema educativo, los grupos de juego, los medios de comunicación, la Iglesia a la que pertenezcan, los centros de ocio, etc.
4º. Constituye una tarea científica de bastante dificultad la distinción entre socialización y adoctrinamiento. El criterio más usado es el de considerar que la primera tiene un cierto carácter anónimo, mientras que en el adoctrinamiento se haría claramente evidente la presencia y potencia de las agencias al servicio del poder (por ejemplo, un partido político especialmente dedicado a ello o el manejo absoluto de todos o algunos medios de comunicación). No obstante, consideramos que esta distinción está estrechamente unida al tiempo en el que el régimen lleve instalado en el poder. El fuerte adoctrinamiento vendría a ser, de esta guisa, algo consustancial en un cambio radical, mediado un proceso revolucionario que motiva el nacimiento de un nuevo régimen.
5º. Los estudios científico-políticos sobre esta temática se han desarrollado de forma muy notoria a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, pese a los antecedentes que luego veremos. Es a partir de esas fechas cuando surge la pregunta sobre cómo puede entenderse una mentalidad propia del hombre autoritario y, claro está, cuáles son los valores, principios y actitudes propias de una forma de ser y actuar en democracia. En estos párrafos, y en beneficio de la claridad expositiva y de la obligada limitación de espacio, reduciremos a lo más importante la extensión de las citas bibliográficas, así como las notas que alargarían innecesariamente lo que aquí pretendemos.
II. ANTECEDENTES HISTÓRICOS Y EJEMPLOS COMPARATIVOS
Cuando en la Política Aristóteles analiza las causas de la inestabilidad de los regímenes y aborda las medidas para su permanencia, escribe lo que sigue:
"Pero entre todas las medidas mencionadas para asegurar la permanencia de los regímenes políticos es de la máxima importancia la educación de acuerdo con el régimen, que ahora todos descuidan. Porque de nada sirven las leyes más útiles, aun ratificadas unánimemente por todo el cuerpo civil, si los ciudadanos no son entrenados y educados en el régimen, democráticamente si la legislación es democrática, y oligárquicamente si es oligárquica, porque si la indisciplina es posible por el individuo lo es también en la ciudad. Y la educación orientada desde el punto de vista del régimen no consiste en hacer aquello en que se complacen los que ejercen la oligarquía o los partidarios de la democracia, sino aquello que capacita a los primeros para el ejercicio de la oligarquía y a los otros para gobernarse democráticamente".
La lectura actual de estos párrafos de Aristóteles pone de relieve, a simple vista, una serie de afirmaciones cuya vigencia, desde el actual momento político español, resulta sorprendente. Que la educación "de acuerdo con el régimen" es medida de máxima importancia. Que es medida "que ahora todos descuidan", conservándose en plena frescura el "ahora" que utiliza el estagirita para hace muchos siglos. Que sin ella de nada sirven las leyes más útiles y más ampliamente ratificadas por el cuerpo civil, y de nuevo la actualidad de la afirmación, de la mano de nuestra Constitución, se nos viene a la cabeza. En fin, que la educación orientada desde el punto de vista del régimen no es hacer lo que complace a quienes lo dirigen (en el Gobierno y en la oposición, diríamos nosotros), sino que es capacitación, aprendizaje, para actuar, para comportarse de acuerdo con el régimen.
Pero, a más de por su sorprendente actualidad, con la cita de Aristóteles aludimos a la antigüedad de la preocupación por el tema. La idea de que la permanencia, estabilidad y aun futura proyección de un régimen político depende muy directamente de su grado de asimilación por parte de los ciudadanos y de que, por ello, el proceso a través del cual se lleva a cabo (fundamental, aunque no exclusivamente, a través de la educación) adquiere especial importancia y requiere especial cuidado, se encuentra presente en los diversos jalones del pensamiento político. Platón se extenderá en la selección de los mitos con los que se ha de educar a los niños para lograr que interioricen la moral de la polis. Bodino hará preocupación especial del buen gobierno dentro de la familia, como paso fundamental para la construcción y funcionamiento de la República. Y, por no alargar la cita, Montesquieu escribirá en las primeras líneas del libro IV de su obra Del espíritu de las leyes (libro titulado precisamente Las leyes de la educación deben estar en relación con el principio del Gobierno) que "las leyes de la educación son las primeras que recibimos y, como nos preparan para ser ciudadanos, cada familia particular debe gobernarse conforme al plan de la gran familia que comprende a todas. Si el pueblo en general tiene un principio, las partes que lo componen, o sea, las familias, lo tendrán igualmente. Las leyes de la educación serán, pues, distintas en cada tipo de gobierno: en las monarquías tendrán por objeto el honor; en las repúblicas, la virtud, y en el despotismo, el temor".