En el marxismo esta matriz cristiano-milenarista se seculariza y pasa a revestirse de un lenguaje seudocientífico propio de la modernidad. Se constituye así aquello que, usando la expresión de Ludwig Feuerbach, se puede llamar "una religión atea", una fe que busca realizar "el reino de Dios, sin Dios y sobre la tierra", tal como lo dice Karl Löwith. Al mismo tiempo, esta religión atea transforma la idea de la Providencia en la predeterminación de las "leyes de la historia", finalmente descubiertas por Marx y plasmadas en el así llamado materialismo histórico o socialismo científico. Así, la victoria del comunismo no es vista como un acto antojadizo de voluntad -si bien requiere de ella en la forma de esa violencia revolucionaria a la que Marx y Engels le dieron un papel tan protagónico- sino una conclusión necesaria e inexorable de la historia de la humanidad.
Este fue el marxismo que me "robó el alma" cuando yo era muy joven. Me dio -al menos así lo creía entonces- una comprensión total de la historia y un rol sublime en una gesta épica de proporciones grandiosas. ¿Cómo negarse entonces a ser un actor de ese capítulo extraordinario de la historia de la humanidad? ¿Cómo perderse esa fiesta de liberación de nuestra especie de todos aquellos males que siempre la habían aquejado? ¿Cómo no ser santo, misionero, mártir o inquisidor de una causa tan bella por la cual, sin duda, valía la pena dar la vida propia y también la de muchos otros? O, para usar las palabras de Fidel Castro, que Che Guevara hace suyas en su ya citado Mensaje a la Tricontinental, "qué importan los peligros o sacrificios de un hombre o de un pueblo, cuando está en juego el destino de la humanidad".
Pero es justamente allí donde se enturbian definitivamente las aguas cristalinas de la utopía y la sombra de Maquiavelo aparece, donde la bondad extrema del fin se puede convertir en la maldad extrema de los medios, donde la supuesta salvación de la humanidad puede hacerse al precio de sacrificar la vida de incontables seres humanos, donde se puede "amar" al género humano y despreciar a los hombres. Es justamente en ese intersticio siniestro donde puede surgir aquella "máquina de matar" en que Guevara nos insta a convertirnos para realizar el sueño del hombre nuevo. Es en ese mismo intersticio de amoralidad absoluta -también llamada "moral revolucionaria"- donde se ubica la alabanza a la violencia de la revolución comunista hecha por Marx o el llamado de Lenin a "no escatimar métodos dictatoriales" e incluso no trepidar en usar "medios bárbaros" para imponer el "progreso". Los "campos de la muerte" de Pol Pot o el intento demencial de la revolución cultural de Mao y sus guardias rojos de borrar la herencia cultural de la humanidad para crear, desde cero, un nuevo tipo de ser humano, son hijos del mismo mesianismo donde un fin que cree ser el más sublime justifica los medios más atroces.
LA ALTERNATIVA LIBERAL Y SUS TENTACIONES
Esto fue lo que entendí un día, pero lo entendí no como un problema de otros o de una categoría especial de seres singularmente malos, sino como un problema mío y de los seres humanos en general. Vi todo ese potencial de hacer el mal que todos, de una u otra manera, llevamos dentro, y vi cómo se desarrollaba, cómo me transformaba en un ser absolutamente inmoral y despiadado respecto del aquí y el ahora con el pretexto de un más allá y un mañana gloriosos. Y vi en mí al criminal político perfecto del que nos habló Albert Camus en L'Homme revolté, aquel que mata sin el menor remordimiento y sin límites ya que cree hacerlo en nombre de la razón y del bien. Y vi que yo no era esencialmente distinto de los grandes verdugos del idealismo desbocado, de los Lenin, Stalin, Mao o Pol Pot, pero también, a su manera, de los Hitler y los totalitarios de todos los tiempos. Y me asusté de mí mismo y me fui a refugiar en el pedestre liberalismo que nos invita a la libertad pero no a la liberación, que defiende los derechos del individuo contra la coacción de los colectivos, que no nos ofrece el paraíso en la tierra sino una tierra un poco mejor, que no nos libera de nuestra responsabilidad moral sino que nos la impone, cada día y en cada elección que hacemos.
El liberalismo, para ser fiel a sí mismo, debe ser integral. Abarcar tanto el aquí y el ahora como el mañana, y jamás reducirse a una esfera de la vida social como la económica. Debe por ello ser la doctrina de los medios más que la de los fines o, para decirlo de otra manera, donde los medios son el fin, aquella doctrina que sabe que "al andar se hace camino" y que la vida no es más que un eterno hacer camino. Esto no hace al liberalismo, sin embargo, completamente inmune de la tentación de justificar los medios con los fines. Esta es una lección triste de la historia del liberalismo, que no podemos ignorar cuando miramos el lado oscuro del ser humano en el espejismo de bondad que irradia Che Guevara. Y digo esto porque hace tiempo dejé de creer en el maniqueísmo y aprendí a desconfiar de toda visión de la vida que reduce su paleta de colores al blanco y al negro.
Ser liberal no es pertenecer a "los buenos" o a los absolutamente inmunes a las tentaciones liberticidas, sino simplemente entender la dualidad del ser humano y la brutalidad que potencialmente se alberga incluso en los espíritus más admirables. El ser humano, como Kant dijese una vez, está hecho de un leño torcido del cual nada que sea absolutamente recto puede tallarse. El liberalismo no es una manera de enderezar aquella naturaleza humana precaria y torcida, sino de contener sus instintos más dañinos, especialmente cuando se esconden tras el manto de la bondad absoluta o se ven propulsados por los destellos encandiladores de la utopía. El destino de un Che Guevara no nos es por ello, por paradojal que parezca, del todo ajeno.
EPÍLOGO SOBRE LA SOBERBIA
Al escribir estas líneas no he podido sino recordar a mi abuelo y nuestras conversaciones de hace ya mucho tiempo. Él siempre me hablaba de la soberbia. Me contemplaba con cariño pero también con temor cuando yo le contaba, lleno de entusiasmo, de mis ideas revolucionarias, de cómo pronto cambiaríamos el mundo y liberaríamos al ser humano de todo aquello que lo atribulaba, humillaba y empequeñecía. Él, que era profundamente religioso, no podía dejar de reconocer la veta mesiánica en su nieto. Conversábamos largamente bajo el parrón de nuestra casa en ese Santiago de Chile de comienzos de los años sesenta que pronto vería llenarse sus calles de jóvenes como yo, deseosos de revolución. Mi abuelo insistía en la soberbia y yo lo miraba como una reliquia del pasado.
Reflexionando hoy sobre lo que él me quería decir no puedo sino rememorar una frase del Nuevo Testamento que no por ser antigua ha dejado de ser actual: "Mi reino no es de este mundo". Esa respuesta, que según la Biblia Jesús le dio a Pilato, contiene una gran advertencia, un llamado a la modestia acerca de lo que humanamente podemos alcanzar.