EL CORDÓN ROTO
Un empresario con sonrisa un punto sádica que reclama el despido libre, una dama hirsuta que se muestra decidida partidaria de la pena de muerte, un cretino xenófobo con imagen de "skin" que arremete contra los homosexuales y un supuesto cura -por supuesto, católico tenía que ser- que remedando los diálogos clásicos entre el bueno y el malo de las películas del Oeste sostiene que en Europa sólo hay lugar para una religión.
Así ha caracterizado el Partido Socialista al Partido Popular a propósito de las recientes elecciones al Parlamento Europeo. Sí, siempre se podrá decir que en campaña todos exageran. Pero también sabemos que esta crónica denigración del PP es lo suficientemente recurrente como para elevar lo que podría ser simplemente una anécdota de campaña, una trapacería táctica de la llamada "publicidad negativa", a verdadera categoría con la que el partido hoy en el Gobierno insiste en definir al partido de la oposición, haya o no haya campaña electoral.
El vídeo de marras -precedido y seguido de otros en la misma línea- revelaba varias cosas. En primer lugar, la pesada carga que Rodríguez Zapatero ha impuesto al Partido Socialista al alejarle del centro y obligarle, elección tras elección, a bailarle el agua al radicalismo más sectario e incívico para ganar. Hasta ahora la estrategia había funcionado. Los resultados del 7 de junio ponen en cuestión esa estrategia porque el precio de esos votos situados en la marginalidad del sistema democrático -que ya no afluyen al Partido Socialista como lo venían haciendo- se hace cada vez más alto y obliga a los socialistas a un ejercicio cada vez más patético de distorsión.
Revela también la incapacidad del Partido Socialista dirigido por José Luis Rodríguez Zapatero para avanzar hacia nuevos territorios en su discurso político y en su proyecto de Gobierno. Cada vez que se produce una elección, Zapatero sólo parece interesado en reproducir el microclima político excepcional en el que alcanzó el poder en 2004. Desde entonces, su estrategia no ha sido otra que la de armar el cordón sanitario en torno al PP, negarle su condición de "partido de gobierno en espera" -condición ésta que un sistema democrático es la que dota de relevancia política a la oposición- y rechazar, de hecho, su interlocución en los temas de Estado que se han suscitado en estos cinco años de Gobierno socialista y que, por cierto, han sido unos cuantos.
El vídeo revela, finalmente, que el Partido Socialista, tiene un problema. Como acertadamente señaló Jaime Mayor en la reciente campaña electoral, el Partido Socialista quiere sustituir el pacto del Tinell político en el que se asentó durante la anterior legislatura, por un pacto del Tinell o un "cordón sanitario" contra el PP a propósito de los valores. Pero, por más que insistan en esa pulsión literalmente sectaria, vaciándola en otros moldes, los socialistas tienen un problema. El problema consiste en que las audiencias a las que tienen que satisfacer son ya demasiadas y demasiado dispares. No se puede ser todo para todos todo el tiempo.
Entremos directamente en el tema de este artículo con una pregunta obvia: ¿el lehendakari Patxi López se identifica con el vídeo que su partido ha emitido sobre el Partido Popular?, ¿cree López que el partido que le presta su apoyo para que él lleve a cabo el cambio histórico que significa la alternativa al nacionalismo es esa organización de instintos violentos, xenófoba, socialmente cruel y agresivamente integrista? El Partido Popular ha tenido la suficiente prudencia para no hacer de estos ataques un tema de mayores proporciones en la campaña europea, pero será inevitable que en el futuro el PP tenga que exhibir las contradicciones de los socialistas si éstos insisten en buscar el voto radical a costa de las sucesivas versiones del dóberman.
El asunto tiene su calado porque el pacto entre el PSOE y el PP en el País Vasco no es, por llamarlo de alguna manera, un pacto de mera gobernabilidad o un simple acuerdo de gestión. Es, según los términos del compromiso entre ambos partidos, un acuerdo político de gran alcance, que entra en todos los asuntos sustanciales para la regeneración democrática y cívica del País Vasco.
Las manifestaciones iniciales del acuerdo suscrito por ambos partidos no escatiman solemnidad al describir sus objetivos:
"El deseo de inaugurar un tiempo de cambio que ha expresado la ciudadanía vasca se convierte en una oportunidad irrenunciable para defender las libertades, conseguir la paz, la igualdad, la convivencia, la tolerancia y el pluralismo político desde una acción política basada en el diálogo, el encuentro, el acuerdo y el consenso".
Algo no encaja. No es posible que un partido al que, en el mejor de los casos, se le caracteriza como predemocrático, pueda ser socio en un proyecto político que quiere defender las libertades, conseguir la paz, la tolerancia y el pluralismo político. Y, viceversa, si un partido forma parte e impulsa un proyecto de regeneración democrática como el que sostiene al Gobierno socialista en la Comunidad Autónoma Vasca, la denigración en la que insiste el PSOE raya la pornografía política, una vergonzosa fabricación fuera de las reglas del juego democrático, por duro que este juego tenga que resultar a veces.
Así que, ¿qué es lo que no encaja? Pues la estrategia de poder del Partido Socialista basada en la demonización del PP que es sencillamente incompatible con la asociación de ambos partidos en un proyecto de cambio estructural, cívico y democrático como el que se propone para el País Vasco después de las últimas elecciones autonómicas.
Sin embargo, el PSOE de Rodríguez Zapatero, deudor de la excepcionalidad de 2004, parece incapaz de cambiar el rumbo y asumir lo que de pedagogía tiene la política, especialmente cuando lo que está en juego es la regeneración de la democracia, de las libertades y del pluralismo en el País Vasco.
Ya antes de que se confirmara el acceso de López a la presidencia del Gobierno Vasco, la simple lectura de los resultados electorales en Galicia y en el País Vasco indicaba la crisis del modelo de Gobierno socialista basado en la exclusión del Partido Popular. Unos resultados que algún significado analista de la órbita del PSOE calificaba de "envenenados" (Ignacio Urquizu, El País 3-5-2009) al advertir de que la decisión de contar con los votos del PP para investir a López como lehendakari "lleva al PSOE a un futuro electoralmente incierto" ya que "parte de la victoria socialista de marzo de 2008 se explica por el enorme apoyo recibido en el País Vasco y Cataluña". Recuerda el autor que "en aquellos momentos [marzo de 2008], ciudadanos nacionalistas votaron al Partido Socialista para impedir la victoria del PP, y éstos no entenderían ahora posiciones frentistas". (Entiéndase "frentismo" como el sinónimo peyorativo que los contrarios al acuerdo PSOE-PP quieren imponer)