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Bush-Kerry: un sólo tablero en política internacional

por Rafael L. Bardají y Florentino Portero
Cuadernos de Pensamiento Político nº 3, junio 2004

Número de páginas: 4
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Como corresponde a un partido que está en la oposición, los demócratas han criticado todo lo que han podido la gestión de la Administración Bush en Irak, tratando de aparecer ante la ciudadanía con un perfil propio. Ante los serios problemas de seguridad que vive hoy Irak, Kerry ha criticado a Bush por el cómo, no por el qué. A su juicio, el Pentágono ha cometido graves errores al evaluar el día después y no ha sabido reaccionar ante la emergencia de un conjunto de frentes violentos distintos: los baasistas, los islamistas vinculados a Al Qaeda, los chiítas radicales y las bandas de delincuentes. Consciente de las exigencias de seriedad en temas de política de defensa para un candidato a presidente, Kerry se ha inclinado por aquellas líneas argumentales que tratan de distinguir entre las estrategias propuestas por los mandos militares y las impuestas por Rumsfeld. En la batalla interna por la definición de las Fuerzas Armadas del futuro Rumsfeld se habría enfrentado a los defensores de los grandes contingentes humanos dotados de medios pesados, en beneficio de unidades más ligeras y proyectables a gran distancia. Esta tensión interna se habría trasladado a la conducción de las operaciones en Irak con los generales demandando una mayor presencia de tropas y un Rumsfeld renuente a concederlas. Kerry da a entender que se inclina por una aproximación profesional y no dogmática y aprovecha las continuas, consistentes y creíbles críticas del senador McCain, republicano por Arizona, ex militar y una autoridad en estos temas en el Capitolio, para dar a entender que ésa sería su línea de actuación. De hecho uno de los rumores que más ha corrido por los mentideros políticos washingtonianos ha sido que Kerry ofrecería a McCain el formar tándem, como candidato a Vicepresidente, en la campaña electoral.
Kerry no ha considerado abandonar Irak o realizar un cambio sustancial en la política que Estados Unidos ha venido desarrollando. Ha dejado claro que el objetivo primero es estabilizar la situación, imponer el orden, constituir un Gobierno Provisional, convocar elecciones y dar paso a un estado de derecho a partir del cual los iraquíes puedan ser plenamente responsables de su propio futuro (Glenn Kessler, 2004).
Pero todo lo anterior no puede llevarnos a la idea errónea de que Kerry gobernaría como Bush. Aunque las diferencias no sean suficientes para dar satisfacción a la izquierda europea, Kerry actuaría, en caso de ganar, de otra forma.
A diferencia del actual equipo, que ha hecho gala de una voluntad unilateralista, Kerry se apoyaría en la tradición multilateralista de su partido. Aprovecharía la mala imagen de Bush en Europa para tratar de restablecer, en la medida de lo posible, las antiguas alianzas, pero sin mucha fe. Bush puede no ser un entusiasta de Naciones Unidas, pero fue allí para tratar de hallar una solución concertada a la crisis de Irak. El veto francés que encontró no se debió, como a veces se ha dicho, a que no empleara suficiente tiempo en convencer o a que hubiera diferencias sobre la estrategia a seguir ante Saddam. Francia amenazó con vetar porque está dispuesta a utilizar el Consejo de Seguridad como su más valioso instrumento diplomático para ejercer, junto con Rusia y China, como un contrapoder a la potencia hegemónica. Kerry es consciente de que él no lo hubiera podido hacer mejor. También sabe del auge de corrientes de opinión contrarias al uso de la fuerza en Europa y de la creciente imagen de su país como imperialista y desestabilizador. Como la mayor parte de los demócratas, Kerry no se hace ilusiones sobre el futuro de sus relaciones con sus antiguos aliados europeos.
La diferencia más importante con Bush es de talante personal. Mientras que el actual Presidente es persona de convicciones profundas y entiende la política como un ejercicio de coherencia, el aspirante es un pragmático dispuesto a adaptarse a las cambiantes corrientes de opinión. De hecho, su historial como senador por el estado de Massachusets durante cinco mandatos es un extraordinario ejercicio de defensa de una cosa o su contraria según la conveniencia de cada momento. Kerry ha hecho suya la Iniciativa para el Gran Oriente Medio, el tronco de la política establecida por Bush, pero en términos más vagos, sin ánimo de asumir desde el primer momento la transformación de toda una región. En cierto modo, una victoria de Kerry supondría una vuelta a los tiempos de Bush padre. Se dejaría atrás la claridad de objetivos de Reagan o de Bush hijo para entrar en un período de gestión de los problemas según las circunstancias de cada momento: pragmatismo versus política.
Lo único seguro es que, gane quien gane, las diferencias entre la política norteamericana y la izquierda europea -por no hablar del PSOE español- crecerán. Más tarde o más temprano, las elites socialistas tendrán que reconocer que su posición no es sólo un estar en contra de este o aquel político, sino un puro y genuino antinorteamericanismo, el rechazo a la política y los valores de Estados Unidos.
3.- La equivocación de imaginar un segundo Bush más moderado
Si no acabara ganando Kerry y George W. Bush revalidara la presidencia y contara con un segundo mandato sería un escenario bastante negro para el Gobierno español, después de todo lo que ha dicho y hecho contra el actual inquilino de la Casa Blanca y su política. Así y todo, la apuesta de Zapatero, salvo que se explique por ignorancia, que todo podría ser, podría razonarse sobre la falsa idea de que todos los segundos mandatos han dado pie a un presidente americano más moderado. Es una imagen que arranca con fuerza en la época de Reagan pero se falsea claramente con Clinton. Es verdad que Reagan se recuerda como mucho más blando -en realidad menos fuerte en su política declaratoria- en sus últimos cuatro años, pero como explican sus asesores de entonces, Reagan no dejó de plantear asuntos revolucionarios (como la eliminación total de los misiles nucleares en Reykiavik a finales de 1987) y, sobre todo, Ronald Reagan consideró que la mayoría de sus grandes objetivos frente a la URSS se estaban cumpliendo desde 1985, por lo que la retórica debía ser ajustada a las nuevas circunstancias, pero no porque se renunciara a dichos objetivos.
En el caso de Clinton, aún es más fácil de visualizar. Sus primeros cuatro años pasaron sin pena ni gloria en su faceta exterior, desentendido de las cuestiones que afectaban a la seguridad internacional en primer grado, como la guerra en la antigua Yugoslavia. Sin embargo, su segunda administración fue mucho más decidida y firme en su agenda exterior y de seguridad, no todo lo decidida y firme que hubieran querido sus oponentes republicanos, pero al menos sí en relación a sus primeros cuatro años como presidente. Como hemos dicho en el apartado anterior, muchos de los conceptos manejados actualmente en Washington tienen sus raíces en la última etapa de Clinton.
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