La segunda cosa que conocen muy bien es que Bush tiene mucho tiempo para recuperar su ventaja global de aquí a noviembre, habida cuenta de su entereza, a pesar de todo, para muchos votantes, y que sigue disfrutando de una amplia ventaja sobre el candidato demócrata en temas esenciales como la lucha contra el terrorismo, la firmeza o la confianza para gestionar una crisis.
Así y todo, ambos equipos juegan con una regla de sentido común, no científica, basada en la experiencia de elecciones anteriores, por la que los candidatos con índice de aceptación por debajo del 50 por ciento tienen problemas para ser elegidos. Para Kerry eso significa que Bush está abocado a la derrota, puesto que su valoración varía de un máximo del 49 a un mínimo del 42 por ciento según la encuesta; para la gente de Bush el índice que cuenta no es el de mayo sino el de octubre y, además, sitúan el umbral crítico no en 50 sino en el 40 por ciento. Por debajo de ese índice Bush perdería. Y, en todo caso, como apuntan, ni siquiera Kerry tiene garantizado esa cantidad de apoyo hoy.
En fin, encuestas y respuestas hay para todos los gustos, al igual que interpretaciones, como puede verse. Pero si algo hay claro es que el panorama electoral está lejos de ser claro y que, desde luego, sin haberse realizado todavía las convenciones de los demócratas y los republicanos, ni estar la campaña a pleno gas, es muy pronto como para poder hacer una predicción fiable que no caiga en un mero ejercicio de voluntarismo y wishfull thinking . De ahí que la creencia de Zapatero que Bush va a perder y que Kerry será el 44 presidente de los Estados Unidos no puede ser más que la expresión de sus deseos, no una certeza. Es legítimo y tiene todo el derecho a apostar por la alternativa a Bush, pero hoy por hoy no deja de ser una apuesta arriesgada. Porque puede muy bien que no salga el resultado que anhela.
Un día después de haber ganado las elecciones, Zapatero proclamaba en el International Herald Tribune que "nos alineamos con Kerry. Y nuestra alianza será por la paz, contra la guerra, no más muertes por petróleo, y por el diálogo entre el Gobierno de España y la nueva administración de Kerry". Kerry es una persona que ha estado en todos los bandos en algún momento de su vida pública, pero Zapatero parecía desconocer por completo las posiciones del candidato y, aún peor, sus opciones estratégicas. Sus emisarios a Washington, como el ministro de exteriores Moratinos, tendrían que habérselo explicado tras los duros reproches que recibieron de los senadores del partido demócrata, "su" partido hermano.
Durante estos últimos dos años la campaña que fuerzas políticas de izquierda y medios de comunicación afines han realizado contra la Administración Bush ha sido feroz. De él hemos oído que actúa como un cowboy ; que es una persona poco inteligente; que está sometido a la influencia de un grupo de fundamentalistas protestantes o, dependiendo del autor, de una cábala judía que subordinaría los intereses de la política norteamericana a los de la israelí; que su política es ideológica, aunque en realidad lo que quieren decir es que es fanática... La imagen, además de falsa, tiene truco. Se trata de evitar demonizar a un país, de caer en un "antinorteamericanismo" poco elegante para las cultas elites de la izquierda europea. Estados Unidos no es así, se dice. Bush y su gente han confundido a un país y lo han llevado por una vía imperialista y militarista, pero la solución está a la vuelta de la esquina. Cuando en noviembre los demócratas ganen las elecciones las cosas volverán a su sitio, Estados Unidos será de nuevo un adalid del multilateralismo y las tensiones entre ambas orillas del Atlántico se reducirán.
El problema es que la Administración Bush es muy representativa de la sociedad norteamericana; que Clinton nunca fue el que ahora dicen que fue -de hecho, entonces le criticaban por cosas semejantes a las que ahora critican a Bush- y actuó fuera del marco del Consejo de Seguridad en más ocasiones, aunque de menos envergadura, que el actual presidente; y, sobre todo, que los demócratas dicen, sienten y piensan de forma muy semejante a los republicanos en los grandes temas de la política internacional.
Cuando tras el 11-S la Administración Bush desarrolló sus grandes documentos de estrategia los demócratas se apresuraron a reivindicar la autoría conceptual de una buena parte de aquellos materiales
[ 2 ] . No era un comportamiento extraño. Desde la caída del Muro de Berlín la clase política vivía un proceso de reflexión dirigido a establecer los fundamentos de una
Grand strategy nacional. La mayor parte del trabajo se realizó durante los años de las Administraciones Clinton y tuvieron un buen reflejo en los textos producidos en el Capitolio. Entre ellos destaca por su lucidez e influencia la gran investigación dirigida por los senadores Hart y Rodman titulada
New World coming . Los atentados del 11-S decantaron toda aquella labor, estableciendo finalmente la estrategia nacional buscada, que se ha plasmado hasta la fecha en cuatro documentos.
Sólo comprendiendo este consenso sobre los fundamentos podemos entender la cohesión con la que el Capitolio y la sociedad norteamericana han vivido la Guerra de Irak y todo lo que ella implica. Los demócratas, con Kerry a la cabeza, apoyaron la guerra por el mismo conjunto de razones que los republicanos. Comparten con ellos la preocupación por la proliferación de armas de destrucción masiva y su posible uso por grupos terroristas. Al igual que sus rivales en el gobierno estuvieron dispuestos a actuar sin el respaldo de una resolución expresa del Consejo de Seguridad, comportamiento criticado duramente por la izquierda europea desde una posición tan inmoral como patética. ¿Por qué los norteamericanos tienen que someterse al diktat del Consejo en la cuestión iraquí y no tuvieron que hacerlo en la crisis de Kosovo? Resulta que sólo cuando a nosotros nos interesa la Resolución es preceptiva. Que la izquierda española arguya que en Kosovo la falta de una Resolución quedó resuelta por la intervención de la OTAN entra en el terreno de lo surrealista. El Tratado de Washington establece claramente que la Alianza podrá hacer uso de la fuerza si es atacada y se somete a lo que el Consejo de Seguridad establezca. No deja de ser irónico que los que tanto se opusieron al ingreso de España en la OTAN acaben confiriendo a esta organización competencias que no tiene para justificar acciones militares carentes de respaldo por Naciones Unidas.