El "genocidio cultural" del que habla el Dalai Lama es una abyecta mentira, porque, además, la libertad religiosa es un hecho y en Tíbet siguen funcionando los monasterios lamaístas: viven en ellos unos cincuenta mil monjes, a quienes, como es lógico, el gobierno chino exige que no pongan en duda que la región forma parte de China. Es cierto que, entre una parte importante de la población tibetana, el Dalai Lama sigue conservando influencia, y aunque el gobierno chino cometió serios errores en el Tíbet por la forma de aplicar la colectivización de tierras y en el difícil tratamiento de la religión, lo cierto es que las reformas fueron un paso de gigante para que el Tíbet saliese de su atraso secular, y que el desarrollo actual, del que se ha beneficiado también la población local, no implica necesariamente un retroceso de la cultura tibetana. Por otra parte, pese a la histeria antichina de los grandes medios de comunicación, ningún país reconoce al "gobierno tibetano en el exilio", que, de hecho, es un organismo propagandístico del Dalai Lama, a quien muchos de sus seguidores consideran la reencarnación de Buda. Lejos del siniestro rostro represivo con que Occidente presenta a China, el gobierno de Pekín ha confirmado que está dispuesto a celebrar conversaciones con el Dalai Lama, con la condición de que haga explícita su renuncia a la independencia del Tíbet y deje de amparar las acciones agresivas contra China. No parecen condiciones especialmente duras.
La proximidad de los Juegos Olímpicos ha sido aprovechada por el Dalai Lama para fortalecer su causa ante la opinión pública mundial y ante los organismos internacionales, porque el pogromo de Lhasa no tenía por objeto la defensa de la cultura y de la identidad tibetana (que Pekín no cuestiona, más allá de los errores y de los inevitables cambios que conlleva la gigantesca transformación china, la más importante de toda la historia de la humanidad) sino que pretendía azuzar los enfrentamientos étnicos para crear una crisis política en China. Es difícil creer, además, que los servicios secretos norteamericanos no estuvieran implicados en la provocación, o, al menos, que no estuvieran informados.
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Las implicaciones de la crisis tibetana cobran sentido si analizamos la estrategia global de Estados Unidos, porque lo último que preocupa a Washington es la suerte de seis millones de chinos tibetanos, un pequeño contingente en medio de un gigantesco país de mil trescientos cincuenta millones de habitantes. Si hasta el momento la posición mantenida por el gobierno norteamericano ha sido discreta, pese a algunas declaraciones contundentes, es porque prefiere que sean otros quienes encabecen las acusaciones a China, porque no son los Juegos Olímpicos (que, después de todo, son un asunto menor, aunque tenga una gran repercusión informativa internacional) lo que preocupa a Washington, sino la creciente fortaleza económica china, su capacidad para hacer que el dólar, como moneda internacional de pago y de reserva, se resienta, y su emergencia como gran potencia rival.
Por eso, la política norteamericana mantiene un delicado equilibrio entre su objetivo de "contener" a China, y la evidencia de que una parte de su estabilidad económica está hoy en manos de Pekín. Así, Estados Unidos acusa a China de estar llevando a cabo un rearme de su ejército (aunque incluso las fuentes occidentales están de acuerdo en que Washington gasta en armamento diez veces más que Pekín) y sigue con mucha atención los progresos chinos en el desarrollo de misiles, satélites y en la tecnología espacial. Paralelamente, Bush ha estado impulsando el rearme de Japón, como contrapeso a China, y ha dirigido muchos sus misiles nucleares estratégicos, que antes apuntaban a ciudades y objetivos soviéticos, hacia China. En esa política de "contención", Estados Unidos, además del cinturón de bases militares permanentes que tiene en los mares próximos a China, cuenta con cartas importantes que utiliza a conveniencia: en el mundo chino, Taiwan, Tíbet, Xinjiang, incluso Mongolia, y fuera de él, Corea.
Mongolia es una cuestión menor, pero Xinjiang reúne condiciones para que Washington pueda crearle nuevas dificultades a Pekín: aunque su población es de menos de veinte millones de habitantes, la región tiene más de un millón y medio de kilómetros cuadrados y un movimiento islamista que conecta con el Islam más radical. No sería una novedad: si para erosionar a la Unión Soviética , Estados Unidos armó a los feroces señores de la guerra en Afganistán, creó Al Qaeda y financió las redes terroristas islamistas, puede volver a hacerlo contra China. Las posiciones políticas de los independentistas de Xinjiang no están lejos de los talibán o de los grupos musulmanes más rigoristas. No hay que desdeñar la posibilidad de que Washington decida crear focos de tensión introduciendo armas en Tíbet y en Xinjiang, y China lo sabe, como no es difícil imaginar el rumbo que tomarían Estados independientes desgajados de China en manos de fundamentalistas religiosos. Por si fuera poco, la propia evolución del Nepal, donde actúan grupos terroristas hinduistas y donde, tras la proclamación de la república, Washington pretende evitar que el país se oriente hacia un sistema socialista, puede convertirse en un problema añadido en las fronteras chinas.
En cuanto a Taiwan, aunque Estados Unidos acepta oficialmente la idea de "una sola China", juega con la "autodeterminación" de la isla (sabiendo que, para Pekín, la reunificación es un asunto central de su política estratégica), llegando al extremo de que ha prometido defender militarmente a Taiwan en un hipotético enfrentamiento con China. La reciente victoria del candidato del Kuomintang, Ma Yiung Jeou, en las elecciones presidenciales de Taiwan ha sido, paradójicamente, un triunfo para Pekín, más allá del recuerdo de los enfrentamientos históricos entre el Kuomintang y el Partido Comunista Chino durante la revolución. Frente a la agresividad de Frank Hsieh (el candidato del Partido Democrático Progresista, partidario de la independencia de la isla) que manipuló la supuesta represión en el Tíbet, Ma fue más prudente, apostando por la mejora de relaciones con Pekín.