En realidad, y como sabemos ahora, las protestas comenzaron en los monasterios Drepung, Ganden y Sera el día 10 de marzo y, cuatro días después, el 14, los grupos de monjes lamaístas y de exaltados manifestantes chinos tibetanos iniciaron en Lhasa un feroz pogromo racista contra ciudadanos chinos han y contra miembros de la minoría musulmana (semejante a los pogromos que sufrieron los judíos en Europa, antes de la II Guerra Mundial ) con el resultado de 19 personas asesinadas; entre ellas, un policía. La provocación sorprendió a las autoridades y la policía se enfrentó al caos sin medios adecuados, también sin armas de fuego, incapaz de detener una vorágine destructora que sumió a Lhasa en el caos: los seguidores del Dalai Lama incendiaron la compañía eléctrica, dejando sin suministro a la ciudad. Las escenas fueron dantescas: un turista danés, cuyo testimonio recogió el diario danés Politiken , fue testigo del linchamiento hasta la muerte de dos ciudadanos chinos han por parte de monjes y jóvenes tibetanos. La ferocidad de los manifestantes fue tal que más de doscientos policías resultaron heridos, de los que una veintena fueron ingresados en estado crítico en hospitales. Además, casi cuatrocientos civiles resultaron heridos, y fue particularmente atroz la muerte de cinco jóvenes trabajadoras, abrasadas en un incendio provocado por los seguidores del Dalai Lama. Más de cuatrocientas tiendas y comercios fueron quemados o saqueados, y se destruyeron siete escuelas y seis hospitales, así como decenas de vehículos. Es obvio que la mayoría de la población tibetana no tuvo nada que ver con esa siniestra explosión de odio contra chinos han y musulmanes. El Panchen Lama, Gyaincain Norbu, condenó el sabotaje de los manifestantes, gesto que los seguidores del Dalai Lama rechazaron, recurriendo al expediente de ignorar los hechos y acusando al Panchen Lama de seguir los dictados de Pekín. A finales de marzo, los autores de varios incendios en Lhasa, que causaron la muerte de doce personas, habían sido detenidos por las autoridades chinas. Sin embargo, la campaña mundial siguió en los mismos términos, y, a principios de abril, de nuevo la prensa mundial informaba de más muertos, ahora en Sichuan. Repetir la mentira mil veces la convierte en verdad: a esas alturas, las cifras facilitadas por el Dalai Lama, las supuestas 140 víctimas, eran ya, para la prensa internacional, una realidad demostrada, y las personas que habían sido asesinadas por los seguidores del Dalai Lama se cargaban en la cuenta del gobierno chino.
El momento estaba calculado. Se trataba de iniciar la campaña contra los Juegos Olímpicos de Pekín y de crear una situación de crisis en los días en que se reunía la Asamblea Nacional china y la Conferencia Consultiva , que debían elegir a los nuevos responsables del país. Por si fuera poco, otro extraño incidente sirvió de prólogo a la provocación de Lhasa, aunque la intentona fracasó y la prensa internacional no informó de ello. Tres días antes del inicio de las protestas en los monasterios tibetanos de Drepung, Ganden y Sera, un avión de pasajeros de la compañía China Southern Airlines que había despegado de Urumqi (capital de la región autónoma de Xinjiang donde actúan grupos nacionalistas islamistas) tuvo que aterrizar dos horas después en Lanzhou, antes de llegar a su destino, porque agentes de seguridad chinos consiguieron detener en vuelo a varios pasajeros que intentaban secuestrar el avión o, tal vez, estrellarlo. Las autoridades chinas acusaron a los grupos islamistas de Xinjiang (que tienen oscuras conexiones con el terrorismo islamista, con la espectral Al Qaeda y con los servicios secretos pakistaníes, tributarios de Washington), de ser los responsables de la acción. Parecía un aviso para navegantes.
Aunque tampoco era nada nuevo. Hechos similares a los de Lhasa se produjeron en febrero de 1997 en Yining, una ciudad de Xinjiang, donde unos mil independentistas uigures musulmanes incendiaron comercios y vehículos y lincharon a ciudadanos chinos, causando diez muertos y decenas de heridos. Hay que recordar que la exigencia de la independencia de Xinjiang (o Turquestán Oriental), separándolo de China, está en el origen de esa agitación islamista. No es difícil ver tras esas coincidencias la complacencia de otras potencias: la denuncia, en Tíbet y en Xinjiang, que hacen los sectores independentistas tibetanos y musulmanes del " colonialismo chino han" es un arma en manos de Estados Unidos, y Pekín lo sabe.
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Ese irredentismo político de los lamas tibetanos -propagado en Europa y Estados Unidos por ONGs de turbia financiación y trayectoria, o de escasos conocimientos históricos y políticos- sueña con separar de China a una gran parte de su territorio, fomentando la idea de un Gran Tíbet que nunca existió (se omite deliberadamente que Tíbet forma parte de China desde el siglo XIII, con la dinastía Yuan , aunque la convulsa historia de la China imperial viese períodos de descontrol político sobre el territorio), utilizando para ello la figura del Dalai Lama como carta de presentación. Juega, además con una idea disparatada: pretender la independencia del Gran Tíbet , significa postular que Pekín acepte entregar al Dalai Lama (suponiendo, que es mucho suponer, que represente a la totalidad de la población tibetana) y a sus tibetanos, que son el 0,3 por ciento de la población china, la cuarta parte del territorio de la República Popular China.
Pero, ¿quién es el Dalai Lama, ese hombre a quien la propaganda presenta como un hombre pacífico y bondadoso? Tenzin Gyatso, llamado Dalai Lama, era un niño a quien, a la edad de dos años, en 1937, eligieron como "encarnación" del Dalai Lama anterior, llamado Thupten Gyatso, en la China anterior a la revolución comunista de 1949, cuando el Tíbet era una aislada región dominada por los monasterios y cuyos habitantes eran, en su gran mayoría, siervos y esclavos. A partir de ese momento, Tenzin Gyatso pasó a formar parte de la minoría que dominaba la región gracias a la tradición religiosa, a la ignorancia y a la resignación secular de la población tibetana, y que vampirizaba en su beneficio a todos los habitantes del Tíbet. Tenzin Gyatso, asumió el principal papel en la religión tibetana a los quince años, en 1950.