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El Viejo Topo 244 El Viejo Topo

Tíbet: maquinación y mentira

por Higinio Polo
El Viejo Topo nº 244, Mayo 2008

Número de páginas: 6
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Por el contrario, las fuentes más fiables confirman que las protestas fueron organizadas y coordinadas por los monjes desde los monasterios tibetanos, para que sirvieran de espoleta que activase la bomba contra los Juegos Olímpicos de Pekín. La provocación cogió por sorpresa a las fuerzas de seguridad de Lhasa, que no pudieron impedir los incendios y saqueos causados por los manifestantes. Disponemos, además, de numerosas imágenes que documentan la extrema violencia de los seguidores del Dalai Lama, los asaltos a comercios, el linchamiento de ciudadanos chinos, el asesinato, el pillaje, el incendio de centenares de edificios y el vandalismo y fanatismo que mostraron en la provocación del 14 de marzo en Lhasa: es significativo ver las escenas de monjes lamaístas asaltando tiendas. Dejaron en la capital del Tíbet un panorama desolador. Fue, además, una revuelta racista.
Como era previsible, las reacciones no se hicieron esperar: sin tiempo material para conocer la realidad de los hechos, los grandes medios de comunicación y numerosos políticos conservadores, descubriéndose un corazón de filántropos, de amantes del Tíbet, se lanzaron al acoso de China. Así, Bernard Kouchner, ministro de Asuntos Exteriores francés de Sarkozy, declaró el día 15 de marzo que la Unión Europea tenía que aprobar una resolución de condena a China, y dos días después mantuvo que la Unión Europea debía boicotear la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín. Curiosamente, a Kouchner, a quien no se le ocurrió calificar de "manifestaciones pacíficas" los recientes disturbios de la periferia de París (mucho menos furiosos que los sucesos de Lhasa), lo hacía ahora con las violentas manifestaciones de lamaístas tibetanos de Lhasa. Lo mismo hizo Reporters sans frontières , dirigida por el turbio Robert Ménard, quien ha reconocido que su organización está financiada por Washington, y que desarrolla una activa campaña contra China y contra los Juegos Olímpicos de Pekín.
Con habilidad, dejando que fueran otros quienes encabezaran las acusaciones a China, el gobierno norteamericano asentía al espectáculo creado por los medios de comunicación internacionales. Así, Condoleezza Rice exigió al ministro chino de Asuntos Exteriores, Yang Jiechi, que China moderase su acción contra manifestantes y que "dialogase" con el Dalai Lama. Bush llamó por teléfono al presidente chino Hu Jintao y "expresó su preocupación por el Tíbet". Por su parte, Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes norteamericana, exigió una "investigación internacional sobre lo ocurrido en el Tíbet" durante una visita de apoyo al Dalai Lama acompañada de otros parlamentarios estadounidenses, a sabiendas de que ningún país aceptaría una intromisión semejante en su soberanía: era una declaración hecha para crear más tensión. A su vez, el presidente del Parlamento europeo, Hans-Gert Poettering, un democristiano alemán del partido de Angela Merkel, lanzó la propuesta de boicot a los Juegos Olímpicos, que el propio presidente francés, Sarkozy, "no descartaba". No era nada nuevo. Ya en 2001, el Parlamento Europeo se había mostrado contrario a la celebración de los Juegos Olímpicos en Pekín a causa de "la represión en el Tíbet, Uiguristán y la Mongolia Interior ", azuzando de hecho el irredentismo político en esas regiones chinas.
En ayuda de esas voces, y a iniciativa del siempre disponible Elie Wiesel desde Estados Unidos, acudieron veintiséis personas galardonadas con el Premio Nobel que denunciaban "la violenta represión del gobierno chino" y hablaban, negando la verdad, de "manifestantes pacíficos y desarmados". Poco después, Václav Havel, portavoz de los círculos intelectuales europeos más atlantistas y pronorteamericanos, encabezaba una declaración pública llamando a "replantearse" los Juegos Olímpicos de Pekín. Le acompañaban en el manifiesto el filósofo francés André Glucksmann, antiguo extremista de izquierda y hoy paladín del intervencionismo militar norteamericano; el presidente de la Sudáfrica racista, Frederik de Klerk, y un príncipe jordano, Hassan Ben Talal, además de Karen Schwarzenberg, ministro checo de Asuntos Exteriores, también partidario de un mayor protagonismo norteamericano en Europa y en el mundo. Dirigentes socialistas franceses exigieron también contundencia, y los verdes europeos condenaron "la brutal represión china". Incluso los trotskistas y el PCF de Marie-George Buffet mordieron el anzuelo, condenando "la represión". Por si faltaran voces, algunos intelectuales liberales, como Timothy Garton Ash, llegaron al extremo de exigir que el Dalai Lama fuese recibido por los presidentes de todos los países europeos, como una forma de presión hacia el gobierno chino, alegando que quería una China moderna "pero no sobre los cadáveres de los monjes budistas". Para sus propósitos no importaba que nadie hubiese visto ni encontrado, en parte alguna, cadáveres de monjes tibetanos: la maquinaria propagandística ya estaba en marcha. Diarios como el Sunday Times equipararon los Juegos Olímpicos de Pekín "con los de Hitler".
La defensa implícita de la independencia del Tíbet era una pieza más de la maquinación y la farsa, realizada en Europa o Estados Unidos por responsables políticos e intelectuales conservadores que considerarían absurdo mantener la misma posición con respecto a Puerto Rico para que consiguiera su independencia de los Estados Unidos. La ola creció. Diecinueve embajadas y consulados chinos (en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Australia, Holanda, Canadá, India, Holanda, Bélgica) fueron atacados, en violación de las Convenciones de Viena, por defensores de la "independencia del Tíbet". En algunos casos, llegaron a penetrar en las embajadas, rompiendo con facilidad las barreras policiales. Sarkozy, convertido en el ariete de occidente , ha llegado a poner condiciones a China para asistir a los Juegos Olímpicos. La campaña contra China ya no se va a detener.
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