El 15 de marzo pasado, los medios de comunicación internacionales publicaban las primeras noticias sobre una revuelta en el Tíbet, la región china del Himalaya. Sus informaciones daban cuenta de que se habían producido dos muertos en Lhasa, la capital tibetana, sin precisar las circunstancias, aunque sugiriendo que la causa era la represión ordenada por el gobierno chino ante las protestas. A partir de esos datos confusos, aumentando el número de víctimas según trascurrían las horas, la maquinaria de la gran prensa conservadora internacional inundó el mundo de noticias sobre la supuesta matanza perpetrada por China.
Sin contrastar fuentes, distintos medios internacionales llegaron a hablar de "cientos de muertos" en el Tíbet, como hicieron el diario El Mundo , de Madrid , o La Nación , de Buenos Aires, entre muchos otros, sin que después se sintieran obligados a rectificar. Otros diarios, más sutiles, sugerían cifras de muertos semejantes pero sin llegar a afirmarlo. La información televisiva siguió los mismos patrones. La CNN norteamericana y la BBC británica, por ejemplo, difundieron información falsa, procedente de los círculos del Dalai Lama. Éste acusó públicamente a China de haber asesinado fríamente a cien tibetanos, e incluso llegó a afirmar que disponía de pruebas de que la violencia que se desató en Katmandú, capital del Nepal, en las protestas de grupos de monjes tibetanos, fue causada por agentes chinos "para crear tensiones entre nepalíes y tibetanos". Hasta la fecha, el Dalai Lama no ha mostrado las supuestas pruebas. El Mundo , pese a las evidencias contrarias, seguía hablando días después de "manifestaciones pacíficas" en Lhasa, en abierta contradicción con las escenas de destrucción que, era obvio, habían sido causadas por los tibetanos lamaístas. France Presse se hacía eco y hablaba de tres muertos por los disparos de la policía, basándose en fuentes que citaba como "un residente y dos grupos de activistas", sin mayores precisiones.
Radio Free Asia , una emisora ligada a la CIA norteamericana, anunció que la policía china había disparado y asesinado en las calles a casi cien manifestantes, llegando al extremo de inventar supuestos testigos de la matanza que, por supuesto, nadie conoce hasta hoy. La ola de mentiras fue incontenible. La campaña estaba lanzada: publicaciones sensacionalistas como el Bild alemán hablaban de "varios cientos de muertos en Lhasa". La prensa norteamericana no se quedó atrás, llegando a especular con "miles de muertos" en Lhasa a manos de la policía china. No había límites para la mentira. Así , la agencia de noticias Europa Press y el diario La Vanguardia , de Barcelona, se hacían eco, el 28 de marzo, de una "noticia" (que fechaban en Pekín, aunque la publicaba el diario norteamericano Epoch Times , que a su vez se remitía a unas supuestas informaciones de los servicios secretos británicos) que denunciaba la responsabilidad del ejército chino en la revuelta del 14 de marzo. Según esa información, los militares chinos habrían utilizado agentes para desatar la violencia y disponer así de una excusa para reprimir después a la población tibetana. La noticia alegaba que los servicios secretos británicos ¡habían desplazado sus satélites para seguir la situación en Lhasa y que las imágenes captadas desde el espacio "demostraban" que el ejército chino había utilizado alborotadores para iniciar los disturbios! Por supuesto, nadie ha visto después esas imágenes, y La Vanguardia se abstuvo de informar a sus lectores que Epoch Times es un diario de la secta religiosa Falun Gong cuyas páginas están llenas de disparatadas y constantes acusaciones a China, que incluyen la comisión de decenas de miles de asesinatos para la venta de órganos humanos, su aspiración a arrasar con armas nucleares Estados Unidos y Japón y la preparación de la invasión de Australia, entre otras fechorías.
El Tibetan Centre for Human Rights and Democracy , TCHRD, una organización que tiene también su sede en Dharamsala (la ciudad india donde se instaló el Dalai Lama tras ser derrotada en 1959 la insurrección de los monjes tibetanos), difundió a través de Internet truculentas fotografías de quince cadáveres, afirmando que eran la prueba de que la policía china había disparado contra los manifestantes en Ngaba, en la provincia de Sichuan, el 16 de marzo de 2008 . Tampoco explicaba cómo disponía de esas imágenes, tomadas en tanatorios, obtenidas en una ciudad china fuera del Tíbet, supuestamente muy controlada por las autoridades chinas: todo semejaba un montaje. Pese a contar con esas supuestas pruebas, el TCHRD todavía no ha sido capaz de facilitar los nombres de los supuestos fallecidos, donde residían, ni tampoco los lugares donde murieron. En días posteriores, y con la misma falta de rigor, los servicios del Dalai Lama aumentaron las cifras de muertos hasta 140, siempre achacándolas a la supuesta represión china. Semanas después de la provocación del 14 de marzo, ni el Dalai Lama, ni su "gobierno en el exilio", ni tampoco otras fuentes, han podido aportar la más mínima prueba de ello, ni ninguna relación de nombres de los supuestos muertos causados por la policía china, ni pruebas documentales o gráficas que avalen las acusaciones.
Pekín sostuvo desde el primer momento que el Dalai Lama estaba detrás de la provocación, aunque algunos analistas intentan alejarlo de la responsabilidad insistiendo en que su apuesta por la vía pacífica no es entendida por las nuevas generaciones de tibetanos, que, así, habrían recurrido a la violencia en Lhasa. En abierta contradicción con los hechos, el Dalai Lama, que denunció el "gobierno del terror" chino y el "genocidio cultural" (una tramposa y equívoca formulación destinada a hacer circular en el mundo la idea de que se está perpetrando un genocidio real contra la población tibetana), ha insistido en la pacífica postura que, según él, mantienen los monjes tibetanos, aunque se traicionó cuando amenazó con dimitir de su responsabilidad política y religiosa "si no se detenía la violencia". Era obvio que esas palabras iban dirigidas a la opinión pública mundial, pero calificaban inadvertidamente a sus seguidores puesto que era evidente que si la violencia hubiera partido de las autoridades chinas no tendría sentido esa amenaza de dimisión del Dalai Lama.