El acto de reafirmación del 27 de octubre en el coso de Vistalegre,
precedido por la concentración "espontánea" ante
la sede central del PP en la calle Génova un patético
remedo de las movilizaciones del 13 de marzo señala el intento
de la cúpula aznarista por aglutinar al grueso de la militancia y
acallar críticas internas como las formuladas por Josep Piqué
que reclaman una interpretación autocrítica del 14-M que vaya
más allá de echar las culpas a los demás y la pronta
convocatoria del congreso del partido. Piqué recibió el castigo
por su osadía de la mano del histórico Josep Curto, que le
devolvió la pelota exigiendo su dimisión y la convocatoria
de un congreso extraordinario como lógica consecuencia de la pérdida
de la mitad de la representación parlamentaria en Catalunya. Por
esta regla de tres, Rajoy, que a diferencia de Piqué sí se
presentó a las elecciones, debería haber presentado inmediatamente
su renuncia.
El resultado de las negociaciones para la composición del Congreso
y Senado muestran el aislamiento del PP. Los socialistas, a costa de ceder
varios puestos en las mesas de ambas cámaras, consiguen arrebatar
al PP la presidencia del Senado, que podría haber obtenido con el
apoyo de Coalición Canaria (CC). Precisamente, cuando en la cámara
alta será objeto de una reforma constitucional.
La soledad internacional de un Aznar desacreditado se hizo manifiesta
en su triste despedida de la Unión Europea. Por su parte, la secretaría
de Estado norteamericana se apresuró a desmarcase de los medios ultraconservadores
USA que atribuyen la victoria del PSOE a un acto de cobardía del
electorado español, ante el temor de una ofensiva del terrorismo
islámico. Una interpretación que hace de Zapatero el presidente
de Al Qaeda y que constituye un insulto al pueblo español. Para el
subsecretario, Richard Armitage, la derrota de Aznar se explica por una
"reacción de la gente ante lo que percibieron como una mala
gestión por parte del gobierno actual" (La Vanguardia
18/03/04). Una línea que reafirmó Collin Powell en los funerales
de Estado. A nadie se le escapa que el hundimiento de Aznar y la eventual
retirada de las tropas españolas del Iraq pueden significar el principio
del fin de la Coalición. Un serio revés para Bush, inmerso
en la precampaña de las presidenciales de noviembre, incapaz de estabilizar
la situación del Iraq, a pesar de la captura de Saddam Hussein y
con un aspirante demócrata, John Kerry, pisándole los talones.
El éxito de Zapatero fue sentido casi como propio en las cancillerías
de París y Berlín. España deja de operar como el caballo
de Troya norteamericano en la UE, como se puso de manifiesto en la Cumbre
de las Azores y en la célebre Carta de los ocho, y vuelve
a alinearse con el eje franco-alemán. Prueba de la nueva sintonía
es el casi inmediato desbloqueo de la Constitución europea, vetada
por Aznar, que se apoyó en Polonia, el país del Este más
pronorteamericano y que ahora será solemnemente suscrita en Madrid.
Blair, que atraviesa uno de sus peores momentos, es el único líder
mundial que tuvo la delicadeza de despedirle personalmente.
El PP se juega mucho en las europeas del 13 de junio. Un nuevo retroceso
electoral obligaría a realizar un cambio de orientación política,
que implicaría el relevo de la actual dirección, instalada
en posiciones cada vez más derechistas. Por el contrario, un buen
resultado sería interpretado como una confirmación de la estrategia
del actual equipo dirigente y una prueba de la solidez de una base electoral,
situada en posiciones muy conservadoras. El PP abarca un amplio espectro
ideológico, de la extrema derecha al centro liberal. En Francia,
Alemania, o Portugal la derecha y el centro son espacios políticos
diferenciados, que cuentan con partidos propios; también en España
la Transición arrancó con esta representación dual:
el centro UCD-CDS y la derecha AP-PDP-PL. La refundación aznarista
de la que surge PP reúne a estas dos corrientes en un bloque que
los ocho años en el poder han contribuido a consolidar. Si no se
verifican cambios en la actual dirección del partido no se puede
descartar la emergencia de una fuerza de centro liberal en el interior o
extramuros del PP.
Izquierda Unida en crisis
La apelación al voto útil de Zapatero al principio de la
campaña, cuando se comprometió a formar gobierno sólo
si obtenía más votos que el PP, jugó tras el 11-M inesperada
y ampliadamente a su favor. Un compromiso muy criticado por el líder
de IU, Gaspar Llamazares, que lo interpretó como una agresiva OPA
hostil, que enturbia las relaciones entre las dos formaciones, mayoritaria
y minoritaria, de ámbito estatal de la izquierda española,
marcadas por años de hostilidad. Recordemos la sentencia de Alfonso
Guerra: "lo que hay a la izquierda del PSOE es problema de la Guardia
Civil" y la estrategia de destrucción y asimilación de
IU en la "casa común" de la izquierda. Desde IU, Julio
Anguita concebirá la teoría de las "dos orillas",
soporte ideológico de la famosa pinza que, en la práctica,
otorgará al PP el gobierno de muchos ayuntamientos y gobiernos autónomos,
donde existe una mayoría de izquierdas. Esto, unido a su estilo autoritario
de dirección, provoca la escisión de Nueva Izquierda de López
Garrido que se integrará en el PSOE, la ruptura con Iniciativa per
Catalunya (IC) y el derrumbe en las municipales y autonómicas de
1995.
La caídas casi simultáneas de los carismáticos González
y Anguita propician que, en la precampaña de las generales de 2000,
Joaquín Almunia y Francisco Frutos suscriban un pacto preelectoral
que no impide que la izquierda coseche el peor resultado desde la reinstauración
de la democracia. A pesar de este poco estimulante precedente, la situación
creada por la mayoría absoluta, el giro a la derecha del PP y la
renovación en las direcciones de PSOE e IU favorecen la aproximación
y la colaboración entre Zapatero y Llamazares. Una alianza que se
materializa en la huelga general, las movilizaciones del Prestige
y contra la guerra. La crisis de la Comunidad de Madrid, que comporta la
repetición de los comicios, aborta la que hubiera sido la primera
experiencia de gobierno PSOE-IU y deja un regusto amargo, sólo parcialmente
compensado por la formación del tripartito en Catalunya.
A diferencia de Rajoy, Llamazares pone inmediatamente su cargo a disposición
de la dirección de IU, a sabiendas que difícilmente se aceptará,
pues es evidente que circunstancias de "fuerza mayor" ha precipitado
el desastre electoral y que su dimisión debilitaría aún
más la imagen de la coalición. En cambio, sí se admite
la renuncia a sus cargos en IU de Frutos, secretario general del PCE, que
aspiraba a encabezar la candidatura de las europeas. La debacle de IU, que
sólo conserva tres diputados y pierde todos sus escaños en
Andalucía, le obliga a pactar, de igual a igual, con los dos diputados
de ICV-EUiA para formar grupo parlamentario. Los ecosocialistas catalanes
imponen sus condiciones; por un lado, otorgar la portavocía del grupo
a Joan Herrera; por otro, reorientar política e ideológicamente
la coalición hacia el discurso ecologista y altermundista, hacia
la juventud y los nuevos movimientos sociales.