Las excepcionales circunstancias que han propiciado la victoria electoral
de José Luis Rodríguez Zapatero, tras la crisis política
y moral más grave vivida por el país desde el 23-F de 1981,
parecen anunciar un ciclo reformista. Una nueva etapa donde todos los partidos,
incluido el PSOE, deben resituarse.
En la campaña de las generales de 1996, José María
Aznar proclamó la necesidad de una "segunda transición"
para corregir los desequilibrios institucionales del sistema político
español. Por un lado, se critica con dureza el estilo de Felipe González,
cuyas repetidas mayorías absolutas han revelado las peores tendencias
del sistema y cuestionan la calidad de la democracia, que publicistas conservadores
comparan con el México dominado por el PRI. En este sentido, se apuntan
una serie de reformas para dar mayor protagonismo al Parlamento y a sus
comisiones de investigación, a asegurar la independencia del Poder
Judicial frente al intervencionismo del ejecutivo y a garantizar la neutralidad
de los medios de comunicación públicos. Por otro, se quieren
resolver los constantes conflictos entre el gobierno central y los ejecutivos
vasco y catalán. Se presentan propuestas, cuyo plato fuerte es la
reforma del Senado, en términos muy parecidos a los planteados ahora
por el PSOE. En este contexto, las tesis del ex ministro franquista, fundador
del partido y presidente de Galicia, Manuel Fraga, sobre la conversión
de los gobiernos autónomos en "administración única
del Estado", suenan a música celestial frente al denostado jacobinismo
de González.
Los comicios de 1993 dejan un sabor amargo en el PP. Aznar, convencido
de sus posibilidades, acepta un doble cara a cara con González en
TV5, en cuyo segundo round se impone el presidente de gobierno, que obtiene
una ventaja de un millón de votos. Las bochornosas imágenes
de dirigentes populares proclamándose vencedores de los comicios
cuando no ha finalizado el escrutinio indican el grado de frustración
que sucede a esa noche triste. La derrota conduce al PP a profundizar en
las dos líneas que han marcado la estrategia de Aznar desde que,
en septiembre de 1989, se hizo con la dirección del partido. Por
un lado, se refuerza la imagen moderna, centrista y regeneracionista, frente
a los tics neofranquistas, que se ha visto en la campaña y cuyo portavoz
es el diario El Mundo; por otro, se exacerban los ataques y descalificaciones
al presidente del gobierno ("¡Váyase señor González!")
y al PSOE envuelto en escándalos de corrupción, las secuelas
judiciales de los crímenes de los GAL y la ineficacia en la lucha
contra ETA, que comete graves atentados contra figuras que encarnan las
más altas funciones del Estado. Jordi Pujol, que había sido
uno de los políticos más elogiados por los medios de la derecha
como uno de los pocos valladares frente a las mayorías socialistas,
es objeto de furibundos ataques ("enano habla en castellano"),
a causa de su pacto con un PSOE sin mayoría absoluta. Un línea
dura cuyos portavoces son el diario ABC, cadenas radiofónicas
como COPE, Onda Cero y Antena3 TV, el "sindicato
del crimen", según González.
La operación de acoso y derribo, capitaneada políticamente
por Álvarez Cascos e ideológicamente por Pedro J. Ramírez,
según las posteriores revelaciones del entonces director de ABC
Luis María Ansón, no se detiene ante nada. Ni siquiera ante
el uso partidista de la lucha antiterrorista, en un momento muy delicado:
cuando Juan Alberto Belloch y Margarita Robles están procediendo
a una difícil limpieza de las alcantarillas del ministerio del Interior.
El 19 abril de 1995, Aznar salva la vida gracias al blindaje de su vehículo,
lo que viene a reforzar esta estrategia y le convierte en paladín
de la lucha contra ETA. Si el atentado contra Carrero Blanco (1973) abortó
los planes continuistas de Franco, el atentado contra Aznar favorece su
carrera hacia La Moncloa, al convertirlo en una victima viviente del terrorismo.
La enorme presión política y mediática obtiene sus
frutos. En julio de 1995, tras dos años de alianza, CiU retira el
apoyo parlamentario al PSOE y en septiembre se niega a votar los Presupuestos
Generales del Estado, lo que precipita la disolución de las Cortes
y la convocatoria de elecciones generales anticipadas en marzo y autonómicas
en noviembre de 1995. A despecho de los sondeos que auguraban un serio correctivo
al PSOE, Aznar sólo consigue la mínima ventaja de 300 mil
votos sobre González, que matemáticamente podría formar
gobierno si se aliase con IU y los nacionalistas vascos y catalanes. Es
la "dulce derrota" de Alfonso Guerra.
Un resultado, por debajo de las expectativas, que obliga a pactar con
CiU y PNV para alcanzar la "mayoría suficiente". Paradójicamente,
Aznar tiene a su favor el clima de crispación creado por la campaña
de acoso y derribo. La alternancia no sólo contribuirá a aflojar
la tensión, sino que ratificará la senda moderada y centrista
emprendida por la derecha. Aznar es investido presidente de gobierno con
el apoyo de CiU, PNV y CC a cambio de importantes concesiones en política
autonómica (cesión de tramos de impuestos, desbloqueo y ampliación
de competencias, renegociación del sistema de financiación...)
como prenda de una nueva etapa de colaboración entre administraciones
central y periférica.
El enroque del PP
Ocho años después Aznar ha defraudado, punto por punto,
las expectativas generadas y ha situado a la derecha en una posición
muy difícil y de máximo aislamiento tanto a nivel nacional
como internacional. Contra lo que es habitual en democracia, Mariano Rajoy
no pone sus cargos a disposición del partido y atrasa hasta otoño
el ineludible Congreso del PP, previsto en enero de 2005. Además,
nombra secretario general a Ángel Acebes y portavoz parlamentario
a Eduardo Zaplana, los ministros más desacreditados por la gestión
informativa del 11-M. Aznar, en la esperada primera comparecencia pública
tras la derrota en TV5, proporciona las claves de la línea del partido
tras la derrota. Aunque reconoció la legitimidad formal de
la victoria de Zapatero, se negó a asumir la menor autocrítica
sobre la guerra de Iraq, ni mucho menos sobre la manipulación informativa
tras los atentados. Intentó, sin éxito, darle la vuelta al
calcetín acusando al PSOE y a ciertos "poderes fácticos"
mediáticos, en clara alusión al grupo PRISA, de manipular
y jugar con los sentimientos de las masas para provocar un vuelco electoral
que de otra manera no se habría producido. Incluso, se permitió
el lujo de advertir a Zapatero que si cumplía su promesa electoral
de retirar las tropas de Iraq, habría "tirado la toalla"
en la lucha mundial contra el terrorismo, al que proporcionaría su
primera gran victoria política y roto con los compromisos internacionales
del Estado.
El largo proceso de transmisión de poderes en España propicia
la utilización del PP de su posición de "gobierno en
funciones" para cimentar esta orientación, con la vista puesta
en las europeas de junio, concebidas como una reválida del 14-M.
Los reiterados intentos de rebañar los últimos momentos en
el poder con nombramientos en importantes puestos del aparato del Estado
como la carrera fiscal y el Tribunal Constitucional, se ven acompañados
por la actitud incalificable de Aznar que exige un compromiso por escrito
a Zapatero para autorizar el relevo de las tropas de Iraq. Un chantaje,
de dudosa utilidad política, que llevará hasta el final, incluso
a costa de retrasar los vuelos, hasta que el presidente de gobierno in
pectore no remite la misiva.