Todo había transcurrido de forma vertiginosa. En 1920, cuando la revolución bolchevique todavía estaba en peligro, el grupo Unovis (Afirmadores del Nuevo Arte) es fotografiado en la estación de Vitebsk: se dirigen a Moscú. En uno de los vagones, decorado por Nikolai Suetin, se ve el Cuadrado negro de Malévich. Junto a él, rodeado de artistas, el propio Malévich lleva un plato suprematista, decorado con el círculo y el cuadrado negros. Algo más abajo, se ve a El Lissitski, con gorra bolchevique. Quince años después, en 1935, Malévich muere en Leningrado. El féretro se carga en un camión que lleva en el radiador el cuadrado negro: lo conducen a la estación Moskovskaia, de Leningrado, para enviarlo a Moscú. Cuando el cadáver llega a Moscú, en ese ataúd suprematista diseñado por Nikolai Suetin, con el cuadrado y el círculo negros, Malévich aún no ha llegado a su estación definitiva. Suetin piensa también la tumba del pintor, que se construye en Nemchinovka, una aldea de los alrededores de Moscú, sepultura que quedará señalada por un cubo blanco con un cuadrado negro. Esa era la última estación del suprematismo, la estación sin parada que Malévich había pintado tantos años atrás, porque, como si fuera una feroz venganza del destino, la Segunda Guerra Mundial arrasaría la tumba; como si, sin saberlo su autor, el cuadrado negro no hubiera mostrado la putrefacción del capitalismo, o su revés, el ascenso proletario, ni hubiera tenido nada que ver con sectas oscuras o espejos negros que reflejaban el vacío del desierto de la existencia humana, incluso la parusía gloriosa del fin de los tiempos, sino que había anunciado el agujero negro del horror de la guerra, las banderas con la svástica que llegaban dispuestas a protagonizar en el país de los sóviets la mayor matanza de la historia.