Y se pregunta: ¿ Es posible trazar una línea de resistencia a la degeneración de la política? ¿Cómo exorcizar la tentación del absentismo? ¿Cómo detener la deriva suicida de la apatía? ¿Cómo inmunizar contra la indiferencia? ¿Con qué anticuerpos? ¿Cómo acercar, en definitiva, la política al ciudadano?
Buenas preguntas. Sobre todo, si nos las hacemos a la luz de cosas que han pasado en estos días (podríamos citar cosas que pasan casi cualquier día, pero las de los días más recientes las recordamos mejor). Por ejemplo, el bochornoso espectáculo dado en el Parlamento por el seños Martínez Pujalte y sus acólitos. O Sus Señorías, los Senadores del Partido Popular, esposándose las muñecas y alzándolas triunfantes en el salón de plenos del Senado. ¿Es así cómo va a regresar la ciudadanía a la política?
Pero no sólo es la derecha quien ofrece un triste espectáculo. Ahí está la patética historia de la elaboración y aprobación del Estatuto de Cataluña, que de momento ya se ha llevado por delante al gobierno tripartito presidido por Maragall, y amenaza muy seriamente con enterrar la carrera política de éste, ante la asombrada mirada de la mayor parte de los catalanes, indiferentes éstos al supuesto "clamor" reivindicativo que el gobierno catalán creía haber detectado.
¿Por qué está tan lejos la clase política de lo que realmente quiere, piensa y siente la gente? ¿Por qué los "representantes" están tan lejos de los "representados"?
El político de oficio se ha emancipado completamente del propio elector: el instrumento se constituye en sujeto, lo sustituye. La democracia representativa es necesariamente una democracia de partidos; sin embargo, el monopolio de los partidos sobre la vida pública elimina la democracia representativa, la convierte en un simulacro. La política -el espacio público - se ha convertido en una cosa privada . La escena la ocupa ya una clase política única, unida por intereses corporativos comunes y predominantes, que triunfan sobre las diferencias ideológicas y programáticas. Ya no quedan ciudadanos que deciden (mediante un diputado), sino «súbditos» que consienten decisiones cada vez más extrañas: literalmente alienadas , nos dice muy acertadamenteFlores d'Arcais.
Mantener o conseguir el poder, ese es el objetivo principal, tal vez el único.
Sabemos que la democracia representativa es sólo un remedo de la verdadera democracia. Pero, en tanto la sociedad va madurando hasta llegar a esta última, no sería mala cosa devolver a esa democracia representativa los valores que la clase política ha secuestrado. En los meandros del organismo social circulan suficientes energías para poder salir del túnel: hacia el horizonte de una representación abierta. Para conseguirlo, es imprescindible restituirle al ciudadano soberanía y poder, es decir, garantizarle la decisión sobre la cosa pública.