Yendo al meollo del asunto, de entre los múltiples problemas que hoy padecemos hay tres que, por su magnitud, y en mi opinión, sobrepasan cualquier otro. El primero es la desigualdad a nivel global, problema que incluye la pobreza de la mayor parte del mundo; la muerte prematura de millones de personas; los nuevos colonialismos; la existencia de esclavos en el tercer mundo y en el primero; las guerras imperialistas; los fenómenos migratorios; las abusivas reglas dictadas por el Norte en relación al comercio internacional; el problema de las semillas; etc.
El segundo atañe a la sostenibilidad y se resume fácilmente: el actual modelo de desarrollo económico y civilizatorio casi universal no es sostenible, lo cual ha de desembocar necesariamente o en la destrucción del planeta a medio-largo plazo, o en una crisis que nos hará retroceder un par de siglos por lo menos, o en guerras de rapiña sin fin, o todo ello conjuntamente. Bonito legado para nuestros descendientes.
El tercero, igualmente grave, concierne a la crisis de la democracia. La democracia limitada de Occidente está herida; esperemos que no sea de muerte. Dice Paolo Flores d'Arcais, en un excelente libro que aparecerá pronto en España ( El soberano y el disidente ) que hoy en día nos encontramos en esta situación: o impulsamos la democracia hasta tomar en serio sus principios, o nos preparamos para perderla.
De la democracia formal hemos pasado a una falsa democracia (aunque en apariencia los mecanismos y las instituciones siguen siendo las mismos).
Deberíamos tratar de regresar, desde esa falsa democracia, a la democracia formal, es decir, de reinventar los mecanismos de la delegación secuestrados por la partitocracia, pisoteados por la política espectáculo, frustrados por los populismos, institucionalizando mecanismos que desbaraten nuevos alejamientos de la libertad.
Porque, recordémoslo de nuevo: o impulsamos la democracia hasta tomar en serio sus principios, o nos preparamos para perderla.