El encuentro "cara a cara" con las bases resulta clave en la construcción de liderazgo de "el Evo"; su vestimenta, vocabulario (y su victimización) constituye un eficaz intento de diferenciación con respecto a los "políticos tradicionales", presentándose genuinamente como un campesino indigena, pese a haber ocupado espacios antes reservados a los sectores elitarios, como el Parlamento y a partir de ahora la Presidencia de la República. Formado en la escuela del sindicalismo campesino, alejada de los cócteles y los canapés de los seminarios de las ONG internacionales, Evo Morales sabe que seguir siendo "uno más" entre sus bases es un capital que no puede dilapidar. Y eso se puso en evidencia luego de su victoria electoral, cuando recorrió el mundo y se entrevistó con los dignatarios de varias potencias mundiales, incluido el rey de España, en jersey o en mangas de camisa.
Las elecciones presidenciales de junio de 2002 constituyeron un "primer aviso" para el sistema político: Evo Morales logró una alianza electoral inédita entre los campesinos, los habitantes de los barrios pobres de las ciudades y no despreciables círculos de la clase media intelectual que le dieron un sorpresivo segundo lugar, pisándole los talones a Gonzalo Sánchez de Lozada, que obtendría una victoria pírrica en el Parlamento que terminaría pocos meses después con su huída del poder en medio de la cruenta asonada popular conocida como la "guerra del gas". La historia se aceleró a partir de esa fecha, en un ciclo de inestabilidad política que tuvo como segunda víctima a su sucesor, Carlos Mesa, y se cerró con el acuerdo político del 9 de junio, que posibilitó la investidura de Eduardo Rodríguez Veltzé y la convocatoria de elecciones generales anticipadas.
Los resultados electorales del 18 de diciembre le dieron al MAS un mandato inédito en la historia boliviana reciente y poco común a nivel continental. Además, el tercio de los votos masistas en Santa Cruz y Tarija pone de relieve la porosidad del discurso de las "dos Bolivias" (la occidental conflictiva y la oriental productiva) de la dirigencia cívica cruceña y ha puesto en escena a los numerosos excluidos de la identidad cruceña irradiada por las élites locales, que fueron eficazmente interpelados por el discurso "popular" del MAS. Un discurso heterogéneo, fruto de la articulacion de reivindicaciones de diferentes luchas sociales. El éxito del MAS se debió, en gran medida, a la capacidad de este movimiento para ligar la coca -como hoja sagrada- a la identidad indígena, cuestionando, al mismo tiempo, los efectos del modelo económico y proponiendo algunas líneas generales de un nuevo proyecto de país.
La victoria de Evo Morales es la expresión de un ciclo de movilizaciones casi ininterrumpidas después de cinco años, con picos como la "guerra del agua" en Cochabamba, en 2000, las jornadas de febrero del 2003 y la "guerra del gas" del mismo ano, las movilizaciones alteñas contra Aguas del Illimani en 2005, y finalmente, la segunda "guerra del gas" en mayo-junio de 2005, que abrió las puertas a las elecciones del 18 de diciembre.
Un viejo actor con rasgos nuevos: algunos aspectos del "pueblo" masista
El núcleo del discurso del MAS -y de la mayor parte de la izquierda boliviana- es hoy el antineoliberalismo, especialmente la recuperación del control estatal de algunas áreas estratégicas de la economía, como los recursos naturales o los servicios públicos. Se trata, en este sentido, de una izquierda "reformista", que propicia un proceso de "descolonización del poder" y renacionalización del país, y opera, con tensiones, en el terreno institucional y extrainstitucional. También el MAS incorporó la defensa de la democracia representativa a su horizonte discursivo aunque, a diferencia de pasado, no se trata de una fase en la "transición al socialismo" sino del campo en el que deberá realizarse la "refundación del país que incorpore a quienes no participaron de la fundación de Bolivia", es decir, se trata de la radicalización de la democracia "liberal". Para el vicepresidente electo, Álvaro García Linera, la imposibilidad del socialismo en Bolivia se basa en dos constataciones: la implosión de las economías comunitarias en economías familiares -estructuras de las últimas rebeliones sociales- y el repliegue político y organizativo de la vieja clase obrera, reemplazada por un nuevo proletariado precarizado y des-sindicalizado. A estos "factores objetivos", quizás convenga agregar los "subjetivos": la inexistencia de corrientes socialistas entre los movimientos sociales bolivianos.
Ahora el MAS tiene el desafío de transformar el antineoliberalismo en una nueva institucionalidad y un nuevo modelo económico "postneoliberal", en un contexto en el que las elecciones parecen haber cancelado el "empate catastrófico" operado desde 2003 a favor de una nueva hegemonía indígena-popular aún por construirse.
Por lo pronto, la victoria de Evo Morales coloca a Bolivia en la longitud de onda de un continente que, luego de los decepcionantes resultados de las políticas "neoliberales" aplicadas desde mediados de los años '80 -que combinaron achicamiento del Estado, empeoramiento de las condiciones de vida y elevados niveles de corrupción- vuelve a ensayar políticas de mayor intervención estatal y un relacionamiento algo más autónomo con los organismos financieros internacionales y Estados Unidos en una suerte de "nuevo nacionalismo".
En gran medida, el éxito masista fue articular un conjunto de corporaciones populares, cuyas formas organizativas combinan la forma comunidad con la forma sindicato, a partir de la operación populista descrita por Ernesto Laclau: el intento de construir al "pueblo" como actor histórico a partir de una pluralidad de situaciones antagónicas, en este caso mediante el liderazgo de Evo Morales, superficie de inscripción de una multiplicidad de frustraciones acumuladas de corta y larga duración. Sin embargo, una diferencia importante con otras experiencias de articulación populista "clásicas" es que aquí no se trata de un líder que "constituye" al "pueblo", sino de un líder surgido de los propios movimientos sociales, que bajo el nuevo gobierno "de poncho y corbata" reactualizarán una lógica de cogobierno con el Estado -surgida luego de la Revolución Nacional de 1952- y cuyo devenir no es posible definir a priori .
En este contexto, el gobierno masista deberá ir resolviendo -en la práctica- la tensión entre expansión hegemónica y repliegue corporativo de los movimientos sociales que conforman el "instrumento político", con un problema adicional: la difícil combinación entre capacidades técnicas y compromiso político entre quienes deberán ocupar los puestos estatales, en un movimiento en el que los intelectuales nunca fueron realmente incorporados, sino vinculados a través de la figura del "asesor".