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El Viejo Topo 217 El Viejo Topo

Homofobia y mundo del trabajo

por Laurentino Vélez-Pelligrini
El Viejo Topo nº 217, Febrero 2006

Número de páginas: 4
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Es sabido que la "virilidad" nunca ha sido una realidad conductiva en si misma y que más que otra cosa, lo único que ha habido es una narración ideológica sobre ella, una representación cultural estandarizada alrededor de la masculinidad y un discurso sobre el cuerpo y el "Yo" varonil. El cuerpo no es una realidad anatómica neutra, sino un elemento clave en los mecanismos de aprendizaje social cuyos cimientos están en el sistema de funcionamiento de las ya mencionadas instituciones, las cuales intervienen directamente en el trabajo constitutivo de la identidad masculina y femenina en cuanto se asoman los indicios de la pubertad. Hay que recalcar que la pubertad es un proceso evolutivo universal, cuya regulación está inscrita en el patrimonio genético de la especie humana. Es de recibo hablar por lo tanto de una metamorfosis impuesta por la naturaleza y que en principio modifica las imágenes de uno mismo. Pero esas representaciones no están desvinculadas de la propia violencia simbólica que delimita la legitimidad o ilegitimidad de esa misma identidad. Un indicador de la pubertad es la voz, que está en relación directa con el simple desarrollo de la laringe y si ésta es habitualmente más acentuada en los chicos que en las chicas, pueden darse casos en la que no ocurre así. Las incertidumbres de la naturaleza son amortiguadas por las certezas de la cultura puesto que cuando un hijo varón, en lugar de desarrollar una voz grave, "una voz de hombre" como se suele decir, desarrolla una voz aguda, enseguida sus padres intentaran enmendarlo, a temor de que el vástago venga a despertar incomodas sospechas. Lo que confirma que los padres e incluso los profesores están influidos por las creencias relacionadas con la aparición, precoz o tardía, de la pubertad, así como con la naturaleza de los signos que anuncian la maduración sexual (morfología, pilosidad pubiana etc.). Unos y otros se pliegan de esta manera a las normas sociales adscritas a las formas femeninas y masculinas del estadio adulto. Y lo mismo puede decirse respecto al desarrollo y las habilidades físicas, que la escuela, por inercia o por voluntad propia, se esfuerza en encauzar por los caminos de los estandartes culturales establecidos.
Tradicionalmente la asignatura de educación física quedó legitimada como un saludable complemento del desarrollo intelectual del adolescente, cuando en realidad su función ha sido mucho ideológica que didáctica o pedagógica. En efecto, la educación física ha sido, cómo lo ha estudiado de manera brillante José Ignacio Barbero en su investigación sobre la homofobia en el deporte, un dispositivo normalizador de la heterosexualidad, la virilidad y la brutalidad masculina que encuentran sus orígenes en el mito olímpico. La idea establecida desde la creación de los Juegos Olímpicos a instancia del barón de Coubertin (por cierto, hombre adicto a las ideas imperialistas y racistas) era que el deporte formaba parte de la esencia del hombre, al mismo nivel que la familia, el Estado, la religión, el lenguaje o las Bellas-Artes. Por lo tanto, la practica deportiva sería una manifestación sensible de la "humanidad" de los hombres y una necesidad instintiva de los mismos. Sus críticos subrayaban con razón que estas tesis "naturalistas" fingían ignorar los procesos sociales y culturales mediante los cuales se aseguraba el mecanismo de institucionalización de las practicas físicas. Porque era evidente que el deporte no era una creación natural espontanea, sino el producto de un trabajo histórico de codificación y de puesta en escena institucional de algunas técnicas del cuerpo en si mismo. La sociología del deporte de inspiración ideológica radical de los 70 y parte de los 80 se esforzó por comprender cómo el cuerpo era en realidad insertado en el complejo juego de las relaciones sociales: militares, económicas, políticas, culturales y simbólicas. En ese sentido, una de las singularidades de esta perspectiva radical fue su intento por paliar los limites de las teorías marxistas y liberales según las cuales el deporte habría sido naturalmente bueno y al que solo podría reprochársele su perversión a manos de los intereses ideológicos y económicos. La réplica consistió en afirmar que el discurso deportivo estaba saturado por las mitologías sobre el progreso (las capacidades ilimitadas del hombre) o con la naturaleza (el mundo de las bestias en el que el hombre se convierte en un animal embarcado en la "guerra de todos contra todos"). Los sociólogos del deporte han subrayado a ese respecto de cómo, pese a sus formalismos y reglamentaciones, la ceremonia deportiva sigue funcionando como un rito sacrificial, una muerte simbólica y una fascinación frente a la acción violenta. Síndrome moderno del anti-intelectualismo, el culto a la sangre, al enfrentamiento físico, a la barbarie corporal, al salvajismo pagano se vuelven dominantes. El deporte es así un sustituto de la cultura militarista, convirtiéndose en una referencia alucinatoria a las glorias del pasado y del poderío. A través de relatos canalizados mediante la imagen e ilustraciones fotográficas la ideología deportiva ha conseguido difundir un resumen narrativo, una historia oficial, un esquema interpretativo del mundo que tiene función de historia legitima y por tanto, de mitología comunitaria o nacional. Es de ese control de la memoria popular, de esa selección ideológica del pasado deportivo, y de ese filtro del propio pasado social en general, que emanará, precisamente la idolatría del deporte y del Olimpismo y gracias a esta última, la apologética de la virilidad y la valentía como valores propiamente masculinos e inherentemente en las antípodas de la homosexualidad. Y de esta mitología surtirá por supuesto también la estigmatización del niño flacucho e enclenque incapaz de competir con sus compañeros en las pruebas físicas y cómo no, la homofobia laboral contra el gay amanerado y desvirilizado, que se niega a trepar por los bordes de las estanterías de una nave industrial a riesgo de sufrir una caída que le produzca una lesión espinal de por vida, que no levanta cuarenta sacos de cemento por hora a riesgo de padecer una lesión muscular, que no desafía la rapidez de una prensadora a riesgo de amputarse una mano o que no arbitra una pelea a riesgo de ser el principal receptor de los golpes.
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