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El Viejo Topo 217 El Viejo Topo

Homofobia y mundo del trabajo

por Laurentino Vélez-Pelligrini
El Viejo Topo nº 217, Febrero 2006

Número de páginas: 4
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La "camaradería viril" y excluyentemente homófoba no es exclusiva del mundo industrial o de la construcción y se reproduce a su manera en otros ámbitos genéricamente categorizados como masculinos como puedan ser por ejemplo las Fuerzas de Seguridad del Estado o las empresas privadas de seguridad. Ha sido repetido por los sociólogos de la estratificación y la movilidad social que las profesiones más idealizadas por los adolescentes son por orden de importancia la de futbolista, policía y militar, sobre todo en la medida que encarnan protagonismo social y valores internalizados por los adolescentes a través de los procesos de socialización primaria como son la valentía, el heroísmo y la hombría. En la edad adulta el concurso de acceso a los cuerpos de las Fuerzas de Seguridad del Estado están condicionadas por motivaciones más instrumentales, como por ejemplo la estabilidad en el empleo, (objeto de reclamo en las campañas institucionales de reclutamiento de personal) pero su elección permanece todavía muy condicionada con las viejas representaciones de los roles sociales, como lo demuestra la escasez de candidaturas femeninas. Mundo de "hombres" y "entre hombres", la integración de las mujeres en el cuerpo de la Policía o de la Guardia Civil ha sido una auténtica travesía del desierto, debido sobre todo a los tics misóginos que todavía dominan a estos cuerpos. Sin embargo, en lo que concierne a los gays, ésta parece haberse producido por partida doble: en un cuerpo como en el otro se perdona mal e incluso no se perdonan en absoluto las indiscreciones de sus miembros homosexuales, sobre todo en la medida en que son consideradas como una traición a la propia identidad de la profesión. Esto debería interpelar al Sindicato Unificado de la Policía, el cual sigue teniendo como asignatura pendiente la cuestión del acoso moral por motivos de orientación sexual, aun a pesar de que el acceso a la Función Pública exija el cumplimiento a raja tabla de los preceptos constitucionales. De recibo es reconocer, a pesar de todo, que la composición interna de las Fuerzas de Seguridad del Estado ha ido cambiando a lo largo de los años sobre todo en relación al perfil de los contingentes y la elevación del nivel de exigencia en términos formativos y educativos. El caso de los dos Guardias Civiles gays y pareja entre ellos, a los que les fue concedido el derecho de convivir bajo el mismo techo dentro del cuartel, con el mismo estatuto y ventajas que las parejas o las familias de Guardia Civiles heterosexuales, refleja una lenta aunque significativa evolución cultural de estas instituciones tradicionalmente adscritas a una muy determinada representación de la masculinidad. En el campo de la Policía Local o Nacional se están dando el caso de la constitución de grupos asociativos de profesionales gays, como ha ocurrido por ejemplo en la ciudad de Sabadell en la provincia de Barcelona. Signo de los esfuerzos por cambiar a la institución desde su propio interior, ha sido por ejemplo la participación de una delegación española de esta asociación en el encuentro organizado en Londres por la Asociación de Policías Homosexuales y el Home Office con el fin fomentar la tolerancia y la diversidad en este cuerpo. La concienciación de los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado en los casos de acoso escolar por razones de orientación sexual, la investigación criminal en las redes de sociabilidad homosexuales y la intervención contra las formas de violencia doméstica entre parejas del mismo sexo han sido muchos de las cuestiones altamente positivas planteadas por el asociacionismo policial gay y lésbico. Estas iniciativas han sido a pesar de todo llevadas a cabo por miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado con un nivel cultural superior al de la media imperante en este sector de actividad profesional, situados en los escalafones más elevados del sistema jerárquico y provistos de una dilatada experiencia sindical. Un perfil que no corresponde con el de muchos de los recién incorporados miembros, obligados a alistarse en estos cuerpos por motivos estrictamente económicos y en escasas condiciones de poder manifestar de forma abierta su homosexualidad.
Nuevo fenómeno en emergencia a la par del proceso de adelgazamiento de las funciones del Estado, las empresas de seguridad constituyen un universo cultural accesorio al de la Policía o la Guardia Civil. Las escasas exigencias para el acceso a la profesión de lo que popularmente se conoce como "segurata" y su propio ornamento estético, con su consecuente carga simbólica, viene a codificar culturalmente a la profesión, integrándola en un mundo de hombría y virilidad y convirtiéndola en un foco de atracción entre miembros de la población activa masculina con "historias de vida" dudosas y con el culto a la brutalidad como pauta actitudinal. Cabe hace notar que la imagen de compostura y seriedad, elegancia y pulcritud que brindan los empleados de estas fuerzas "paralelas" de seguridad en nuestras visitas a un gran almacén, contrasta con la dinámica interna de dichas empresas de vigilancia, en las que prima una estructura jerárquica de tinte mafioso y en la que las novatadas, la violencia física y la injuria entre los empleados son ampliamente toleradas por los inspectores o los jefes de servicio como elementos inquebrantables de la "cultura de hombres" . Al no emanar del Estado y estar inscritas en el campo de la actividad patronal, la iniciativa privada y el principio de libre empresa, se saltan a la torera todas las normas habidas y por haber en términos de derechos civiles y de políticas anti-discriminatorias, aún a pesar de que presten servicios de vigilancia en instituciones y empresas públicas que se sostienen con el dinero de los ciudadanos, incluidos los ciudadanos gays y lesbianas. No está de más recordar a ese respecto que los Departamentos del Plan por la Igualdad o la Federación de Empresas de Servicios de la UGT y de las Comisiones Obreras tienen en su haber auténticos baúles de denuncias contra conocidas empresas de este sector por discriminación de género y/o de orientación sexual. Cómo no, los ejemplos aquí enunciados solo son gotas en el océano de los prejuicios y las discriminaciones que siguen imperando en el marco laboral.
 
La perpetuación de las mentalidades y las manifestaciones homófobas al encuentro del gay amanerado en el ámbito del trabajo en general y del trabajo masculino en particular tiene mucho que ver con la propia manera en qué las instituciones externalizan las representaciones de la realidad social. Un ejemplo es la escuela. Pese al triunfo político que ha supuesto históricamente la supresión de la segregación de género en las aulas y los más recientes esfuerzos de la tradición pedagógica constructivista (base de la reforma educativa de los años 90) por incentivar por igual entre niños y niñas las potenciales intelectuales y morales, los ciclos formativos siguen muy "sexuados" y adosados a roles socialmente construidos. Una muestra de ello son los ciclos de Formación Profesional de Grado Medio o Superior. Estos últimos han mejorado en profundidad su oferta de conocimientos técnicos, prácticos y teóricos, rompiendo muchas ideas establecidas y desvaloradas de antaño, y preparando al alumnado para lanzarse a un mercado laboral cada vez más exigente y en el que la figura del "aprendiz a tropicones" ha sido prácticamente liquidada. Aun así, no deja de ser cierto que la famosa F-P permanece encuadrada en una división sexual del trabajo. Módulos como la electrónica, la electricidad, la mecánica, el metal o la química no son elegidos desde un análisis racional por parte de los alumnos de las oportunidades laborales o salariales brindadas por el sector de los servicios o los sectores más punteros y productivos del mundo industrial. Muy por el contrario su elección viene condicionada por una percepción cultural y simbólica que relaciona estos ámbitos laborales con la hombría y la virilidad.
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