En el presente artículo, Vélez-Pelligrini analiza la situación real de la discriminación laboral que aqueja a los homosexuales a partir de una revisión histórica del fenómeno tanto a nivel pragmático, como de la construcción del imaginario de lo masculino en los diversos ámbitos de la vida cotidiana.
Los dispositivos simbólicos de la discriminación
El Vaticano promulgó el pasado mes de diciembre un documento que prohibe a los homosexuales el ejercicio del sacerdocio, viniendo así a añadir unas cuantas páginas a la larga antología de despropósitos que esta nueva Iglesia pre-conciliar o mejor dicho, contra-conciliar, ha ido predicando desde el advenimiento de la Era Woytila. La Santa Sede es libre de ejercer su poder en el ámbito que le corresponde y los individuos (en especial los creyentes) de asumir sus dictados. Lo preocupante del asunto ya no es el que el mencionado documento formalice una condena moral de un determinado tipo de vida y elección sexual, sino que opere simultáneamente un mecanismo de descalificación, estigmatización y exclusión social de un colectivo, incluidos los miembros de éste que reivindican su pertenencia a la Iglesia. En suma, que decrete la disfuncionalidad social de un ciudadano (que es eso precisamente lo que tampoco deja de ser un sacerdote) sólo por su orientación sexual. Son de imaginar las graves consecuencias del documento si la sociedad en la que vivimos hubiese pertenecido a otras épocas caracterizadas por un mayor dominio de la Iglesia y peso de su influencia política, social y cultural. Afortunadamente la situación ya no es así y la sociedad de nuestro tiempo ha acogido el documento como lo ha hecho: con más o menos indiferencia. Como ha subrayado el politólogo Kerman Calvo (autor por otra parte de una importante investigación sobre la evolución del movimiento gay en España), existe por ejemplo una posición mayoritariamente contraria a la restricción de los derechos civiles de los gays y de las lesbianas, y son ya minoría los que consideran que la homosexualidad pueda ser un pretexto de discriminación para el acceso a la Función Pública, al ejercito o la enseñanza. Si bien una cosa son los posicionamientos políticos (que reflejan un talante liberal) y otra las prácticas sociales (que distan mucho de ser las idóneas). Pese a los avances, los gays y las lesbianas siguen padeciendo sendas y notorias discriminaciones en muchos ámbitos de la vida colectiva que, si ya no obedecen a motivaciones religiosas o a argumentaciones médico-psiquiátricas como ocurría en el pasado, si continúan bebiendo de ciertas representaciones culturales y simbólicas sobre la identidad sexual y la identidad de género y los respectivos roles sociales vinculadas a éstas. El ámbito laboral es un ejemplo elocuente.
Al igual que cualquier otro colectivo, los gays albergan en su seno acentuadas diferencias de estatuto socio-profesional y contrastes de rentas salariales que condicionan sus respectivas capacidades de reacción y autodefensa frente a las discriminaciones homófobas en el mercado laboral y en la vida cotidiana en general. Por otra parte hay que hacer notar que a diferencia del acoso moral o sexual o de la discriminación por motivos de género, las discriminaciones por razones de orientación sexual no gozan de constitucionalización, ni figuran en el Estatuto de los Trabajadores, ni son objeto de una mención implícita y precisa en el actual Código Penal. Eso explica que los actos de afirmación de la diferencia y la tolerancia hacia las minorías sexuales que imperan en determinados círculos profesionales adscritos a categorías sociales muy "ilustradas" choquen con la realidad de otros ámbitos laborales como por ejemplo el de la industria en el que el tema parece complejizarse para muchos gays que desempeñan su actividad profesional en dicho sector.
El mundo industrial, nido de la formación de la identidad y de la conciencia obrera, pero también ámbito en el que las clases populares, en especial, el cabeza de familia, realzaban su resistencia física, su hombría y virilidad sigue circunscrito, a pesar de los cambios sociales y culturales, por toda una serie de pautas, de valores, de símbolos y de ritos vinculados a la identidad masculina. Rascarse los genitales, eructar o expulsar gases en público, hacer gala de voluminosos atributos sexuales debajo del mono de trabajo o del uniforme, recurrir a un vocabulario obsceno, defecarse en el Todopoderoso, poner en duda la honorabilidad de la madre del prójimo, recurrir a la pelea física como el instrumento por excelencia de reglaje y solución de cualquier litigio, mantener propósitos misóginos y machistas o convertir el último partido de football en tema central y favorito de conservación durante los descansos son muchos de los elementos que siguen primando en eso que engloba el llamado "trabajo de hombres" . El sentido del valor y del riesgo (ilustrado por las escalofriantes cifras de siniestralidad laboral) acaban de redondear un mundo que contrasta con el glamoroso universo gay transmitido por los medios de comunicación, que sin embargo forma parte de la vida cotidiana de muchos homosexuales.
Un factor a tener en cuenta es que los actos de discriminación homófoba en estos escalafones de la actividad productiva sólo llegan a ser neutralizados por el actor social a partir del instante en que éste ha conseguido acomodar su comportamiento a roles tradicionalmente vinculados con la masculinidad. Los gays adscritos profesionalmente al sector industrial suelen tener una vida privada y social en la que la propia homosexualidad ha sido plenamente asumida. Sin embargo no deja de ser cierto que se definen a menudo por un deliberado y hostil distanciamiento respecto a lo que se acostumbra a denominar la "Cultura Gay" , en especial en lo que hace referencia a sus aspectos más folklóricos. La consecuencia es que esta clase de sujetos compatibilicen frecuentemente una homosexualidad practica con una heterosexualidad actitudinal en sus representaciones más arcaicas. Esta "virilización" simbólica suele derivar en una rápida y espontánea integración en un universo laboral masculino en principio hostil que criba a los nuevos llegados según demuestren éstos su capacidad de adaptación a sus reglas y normas. En algunos otros casos estos gays simbólicamente "virilizados" optan a menudo por estrategias de ocultación poniendo a prueba la propia masculinidad ante la mirada del entorno: abrir una zanja en un abrir y cerrar de ojos o alzar sobre un palet una caja de cuarenta kilos sin apenas inmutarse ayudan en despejar sospechas sobre las verdaderas orientaciones sexuales. Inventarse una novia, una vida familiar "tradicional", una infidelidad o un divorcio son por norma elementos de autoprotección añadidos. Las cenas de fin de semana con los "compañeros", dominados por los ritos del alcohol y la prueba del prostíbulo son elementos que otorgan carta de legitimidad a la virilidad del sujeto.