El artículo empezaba con un resumen de procesos climáticos recientes con los que está familiarizado cualquier lector habitual de la sección científica de los jueves del New York Times : durante casi 30 años, el hielo marino del Ártico ha ido adelgazando y menguando tan rápidamente que "es muy realista pensar que dentro de un siglo habrá un verano sin hielo en el Océano Ártico". Sin embargo, los científicos añaden otra observación: que este proceso probablemente sea irreversible. "Sorprendentemente, resulta difícil identificar un único mecanismo de retroalimentación en el Ártico que por sí mismo tenga la potencia o la capacidad de aceleración suficientes como para alterar el curso actual del sistema".
En el último millón de años no ha habido un Océano Ártico sin hielo, y los autores advierten de que la Tierra está abocada a un estado inexorablemente "hiperglacial, saltándose la secuencia de fluctuaciones entre periodos glaciales e interglaciales prevalente durante la historia reciente del planeta". Hacen hincapié en que durante el próximo siglo el calentamiento global probablemente excederá la temperatura máxima de la era Eemia, soslayando así todos los modelos construidos a partir de la hipótesis de que éste sería el escenario dominante. Además sugieren que hay una posibilidad real de desplome total o parcial de la masa de hielo de Groenlandia, un acontecimiento que provocaría un nuevo Younger Dryas sobre la corriente del Golfo.
Si están en lo cierto, entonces nosotros estamos viviendo en el equivalente climático de un tren en marcha que va aumentando su velocidad a medida que pasa por las estaciones "Antitermal" y "Eemia". "Saltándose la secuencia", además, quiere decir que no sólo estamos dejando atrás los variables parámetros climáticos del Holoceno -los últimos 10.000 años de tiempo benigno y cálido que han favorecido los rápidos crecimientos de la agricultura y la civilización urbana-, sino también los del Pleistoceno tardío que coadyuvaron a la evolución del Homo sapiens en el África oriental.
Con toda seguridad otros investigadores impugnarán las extraordinarias conclusiones del artículo del EOS y -debiéramos esperar- sugerirán que existen fuerzas compensatorias a este escenario de catástrofe del albedo ártico. Pero, al menos hasta el momento, la investigación sobre el cambio global apunta a los peores escenarios posibles.
Se calla por sabido que todo esto es un perverso tributo al capitalismo industrial y al imperialismo extractivo, dos fuerzas geológicas tan formidables que en apenas dos centurias -en realidad, en los últimos 50 años- han conseguido bajar la Tierra de su pedestal climático y propulsarla hacia una no linealidad desconocida.
Mi demonio interior ansía decir: pongámonos el mundo por montera. No hay ninguna necesidad de que nos preocupemos de Kyoto, de reciclar las latas de aluminio o de gastar demasiado papel higiénico, si resulta que en poco tiempo de lo que hablaremos será de cuántos cazadores-recolectores podrán sobrevivir en los abrasadores desiertos de Nueva Inglaterra o en los bosques tropicales del Yukón.
Sin embargo, el lado bueno que habita en mí grita: ¿Cómo es posible que podamos contemplar con seriedad científica si los hijos de nuestros hijos tendrán hijos? Dejemos que sea Exxon la que responda a la pregunta en uno de sus mojigatos anuncios.
Mike Davis es autor de
City of Quartz ,
Dead Cities and Other Tales , entre otros muchos libros. Acaba de publicar
Monster at Our Door, the Global Treta of Avian Flu , y tiene en prensa el libro
Planet of Slums . Es miembro del Consejo Editorial de la revista SinPermiso (
www.sinpermiso.info ), en donde publica habitualmente en castellano.