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¿Crisis en el PSC-PSOE?

El Viejo Topo nº 211, septiembre 2005

Número de páginas: 7
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Quienes afirman que Cataluña es una nación tratan de cimentar su apuesta política en al menos uno de estos tres pilares: historia, cultura o voluntad del pueblo. Como ya hemos dicho, desde principios socialistas no es admisible que de una determinada lectura de la historia se deduzca la existencia de una nación, como tampoco es admisible desde el socialismo construir una nación a partir de elementos identitarios culturales. En cuanto a la idea de la "voluntad de autogobierno expresada a lo largo de la historia" -lo que los catalanistas llaman la "conciencia nacional"-, desde el más puro respeto a la democracia sólo podemos afirmar que ese plebiscito popular no se ha producido: aunque nuestros representantes parlamentarios defiendan de manera unánime que Cataluña es una nación, en la calle esa opinión es respaldada por una minoría (según una reciente encuesta de La Vanguardia , por un 21% de los catalanes). Cada ciudadano puede denominar a Cataluña como quiera; jurídicamente, en cambio, la cuestión es distinta: que la palabra "nación" figure en un texto jurídico la convierte en un término gramatical con valor normativo, con fuerza jurídica y con importantes consecuencias políticas. Defender en estas circunstancias que el Estatut consagre a Cataluña como una nación, pretendiendo ocultar todo lo que se esconde tras este término, es asumir el credo nacionalista.
El PSC debe llevar la iniciativa política
Denunciamos el seguidismo de nuestro partido del discurso de ERC. Somos conscientes de que también entre los dirigentes del PSC hay quienes se sienten muy incómodos compartiendo la acción de gobierno con estos defensores de la exclusión. Conocemos su análisis: "Pactar con los fanáticos de ERC -se justifican- es necesario para evitar un frente soberanista CiU-ERC en Cataluña"; pero no compartimos su estrategia. En primer lugar, porque reducir el terreno de juego político al ámbito nacionalista implica disminuir nuestras posibilidades de obtener una mayoría real en Cataluña: no podemos renunciar a que el PSC dé respuesta a todo su electorado y represente también al voto tradicionalmente desatendido; el PSC tiene la obligación de evitar que otras iniciativas al margen del socialismo puedan recoger parte de este voto.
En segundo lugar, porque ninguna razón estratégica para obtener poder político justifica la traición a los principios del socialismo. Pedimos que el PSC marque nítidamente las distancias con el discurso de ERC, hegemónico en el tripartito. Si esto no es posible, mejor será mantener la dignidad desde la oposición que envilecerse desde el poder. El pensamiento y la acción política de ERC son progresistas sólo de nombre: su compañía nos deslegitima. En el resto de Europa sus planteamientos políticos son asumidos únicamente por partidos ultranacionalistas y derechistas que defienden modelos de sociedades de privilegio, cerradas en sí mismas y en las que no todos sus integrantes tienen derecho al mismo reconocimiento oficial.
El PSC debe tener una relación federal con el PSOE
Denunciamos que la relación entre PSC y PSOE no atiende al significado de la palabra federal . El PSC se ha construido como partido marcando las distancias con el PSOE y configurando su relación como confederal. Este tipo de relación limita los derechos de sus militantes, ya que la participación en la conformación de la voluntad del PSOE no resulta de su voluntad, sino de la de sus elites: no existe una relación de militancia directa. Las bases del PSC no ganamos nada con este modelo, al contrario: perdemos la posibilidad de conformar la voluntad del partido resultante de la federación. Este modelo, sin embargo, sí es interesante para la cúpula dirigente, que por un lado puede prescindir de la opinión de sus militantes -que ven así secuestrada su posibilidad de intervenir en asuntos del partido federal que le conciernen- y por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, puede actuar ante el PSOE como una voz única territorial, que no transmite adecuadamente el pluralismo interno existente en el PSC. Con este modelo, toda "distancia" entre el partido federal y el partido federado redunda siempre en beneficio de la cúpula dirigente, que ve aumentado su poder. Por ello no es de extrañar que incluso las siglas PSOE hayan desaparecido de nuestro anagrama. Además, no deja de ser una incongruencia decir que España es un estado federal y al mismo tiempo propiciar una estructura de partidos cuyos lazos sean confederales. A no ser que lo que se pretenda sea exportar el modelo "federal" descrito a la relación entre Cataluña y España. Esto sería muy preocupante, ya que supondría una limitación de los derechos de los ciudadanos catalanes, cuya voluntad ya no tendría una representación directa en la conformación de la voluntad federal, sino que estaría siempre mediatizada por la voluntad de la oligarquía local dirigente.
Por otra parte, este modelo de relación confederal, de distanciamiento del PSOE, nos aleja de la realidad de nuestros votantes, que nos votan en cuanto partido federado con el PSOE. Si seguimos considerándonos un partido diferente corremos el riesgo de que, como sucede en las elecciones autonómicas -cuando más claramente se visualiza la diferencia-, parte de nuestro electorado potencial se sienta huérfano de opción política y deje de votarnos.
El PSC debe destapar el oasis catalán
Denunciamos que el catalanismo utiliza la reivindicación nacional para desviar la atención de la acción de gobierno. El PSC ha contribuido a que en el pequeño mundo de la política catalana se consolide una política de falta de transparencia que se traduce en la ausencia de exigencia de responsabilidades políticas. Episodios como el del 3% han generado en nosotros un sentimiento de desconfianza y decepción que va a ser difícil de superar: lo importante no ha sido aclarar si ha habido pago de comisiones ilegales, sino buscar a toda costa el consenso para el Estatut de la nació . El "oasis catalán" es un "hoy por ti mañana por mí", un agradable sentimiento de seguridad para los políticos directamente proporcional al desagradable sentimiento de fraude para el electorado. Por cierto, el auténtico autogobierno no es una cuestión de proximidad, sino de participación y control de la acción del gobierno. De hecho la experiencia nacionalista nos está demostrando que la proximidad puede servir para lo contrario: blindaje de las elites, medios de comunicación acobardados, clientelismo empresarial y políticos que se han socializado juntos y que resuelven en comidas de amigos lo que deberían debatir en el Parlamento.
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