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¿Crisis en el PSC-PSOE?

El Viejo Topo nº 211, septiembre 2005

Número de páginas: 7
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El discurso oficial del PSC no acepta que la identidad de Cataluña no es otra cosa que la suma de las identidades de los catalanes. El catalanismo del PSC sí acepta, en cambio, el modelo nacionalista de país y sigue gobernando para una Cataluña que tiene más que ver con la ficción normalizada que representan las series de TV3 -donde todos los personajes, desde una portera hasta un director de multinacional, pasando por un camarero o un taxista, hablan un catalán fabriano- que con la Cataluña real. Con su empeño por privilegiar todo hecho diferencial, el catalanismo ha pretendido hacernos creer que lo que nos diferencia -con frecuencia interesadamente exagerado, incluso inventado- es lo "único" que nos caracteriza. Por el contrario, los estudios sociológicos demuestran, por ejemplo, que Barcelona es, inmediatamente después de Madrid, la provincia con menor "hecho diferencial" de España, o dicho de otro modo: los barceloneses somos, tras los madrileños, lo más parecido que existe a un "español tipo". ¿Acaso El cor de la ciutat es más catalán que la película Tapas ? ¿Isabel Clara-Simó es más catalana que Juan Marsé? ¿Els Pets son más catalanes que Estopa?... Los catalanes que han sido ignorados durante más dos décadas por el nacionalismo conservador hoy siguen siendo ignorados por el catalanismo. El PSC debe dejar de utilizar la política como elemento compensador de las dinámicas sociales. El PSC no debe seguir dando la espalda a la realidad.
El PSC debe atender al presente de Cataluña
Denunciamos que, con la venia del PSC, en el nuevo Estatuto "el autogobierno de Cataluña se fundamenta en los derechos históricos del pueblo catalán". Desde un socialismo en positivo no puede admitirse otra legitimidad para la acción política que la fundada en el presente. La diversidad de la Cataluña de hoy es fruto de siglos de convivencia, de matrimonios, de millones de desplazamientos e inversiones, de ilusiones y proyectos compartidos... Reflexionar sobre la historia es lícito, emotivo, entretenido... pero de lo ocurrido en el pasado no pueden derivarse responsabilidades políticas que puedan exigirse en el presente. Si existe un sujeto colectivo con "derechos históricos", ¿existe también un sujeto colectivo pasivo con "obligaciones históricas"? Esta tendencia a culpabilizar el presente fue muy grata a Pujol. Para este político el presente de Cataluña era una desviación de su pureza original -el pasado mítico y esencial- que había que corregir, es decir, "normalizar". Palabras suyas fueron, por ejemplo: "El castellano en Cataluña es fruto de una violencia antigua". Pero Pujol era nacionalista y era conservador... En nuestra opinión no es tolerable buscar resultados políticos muy similares desde posiciones de izquierda. Además de injusto, es poco inteligente reclamar para Cataluña el regreso a la identidad del siglo XIV : Cataluña es mucho más que el país provinciano que nos quieren imponer. Los territorios más felices son aquellos que no han tenido que cargar con la pesada losa de su historia. Rectificar el presente de Cataluña para acercarlo a sus mitos del pasado es empobrecer irremediablemente -y en todos los sentidos- su futuro.
El PSC debe garantizar el respeto a la pluralidad
Denunciamos que en Cataluña se está avanzando hacia un modo de organización política que no garantiza el pluralismo y la igualdad de derechos. Las políticas identitarias son muy peligrosas. Hannah Arendt describió tres pasos en el camino hacia el totalitarismo:
1. El primer paso se da cuando se permite que la identidad colectiva del "pueblo" prevalezca sobre la libertad del individuo. Este paso se ha dado ya en Cataluña, donde las políticas de cohesión social tienen como fin la creación de una "nación catalana" religada en torno a una lengua y una cultura únicas. Los catalanistas equiparan el justo reconocimiento de las minorías con la injusta aprobación de todo tipo de restricciones de derechos individuales en el seno de esas minorías.
2. El segundo paso se da cuando a un "pueblo" definido de una manera concreta se le reconocen unos derechos "históricos" en exclusiva sobre un territorio determinado. El resto de personas quedan excluidas de esa relación privilegiada con el territorio donde viven, pues tienen identidades o sentimientos de pertenencia "impropios" y sólo serán consideradas ciudadanas de pleno derecho en la medida en que se "rediman" de su herencia o costumbre y adopten la identidad "propia del país".
3. El tercer paso se da cuando el "pueblo" religado y unido en torno a una identidad cerrada (primer paso) y constituido en nación con derechos en exclusiva sobre un territorio (segundo paso) reclama su derecho de autodeterminación, que no es otra cosa que la voluntad de secesión de un "pueblo" para hacer coincidir "nación" (comunidad identitaria de unos cuantos) y Estado (organización política de todos).
Las entidades políticas con intereses contradictorios -y una comunidad libre de ciudadanos lo es por definición- nunca pueden ser sujetos de derechos colectivos, pues siempre habrá algún "conductor" del pueblo que se sienta capacitado para interpretar rectamente la voluntad general, con la iluminación suficente para decidir cuál es el genuino interés de ese pueblo, su inalienable "derecho histórico".
Queremos que el Estatuto sume al conjunto de sus ciudadanos y reconozca expresamente la realidad plural de Cataluña. La pretendida "identidad" de Cataluña no es otra cosa que la suma de las identidades de los catalanes. Exigimos al PSC que lleve a cabo una política de reconocimiento de la diversidad cultural catalana: las personas tienen identidades múltiples y todas son acreedoras de iguales derechos de ciudadanía. Una idea de ciudadanía que se vincula a la identidad oficial del "pueblo" es, por definición, excluyente y reaccionaria, contraria a las identidades de sus ciudadanos.
El PSC debe renunciar a institucionalizar el concepto de "nación"
Denunciamos que la voluntad de constituirse como "nación" es la clave de bóveda del nacionalismo. El nacionalismo nunca nombra la "nación" en vano. Introducir este término en el Estatuto no es en absoluto una trivialidad, sino que está en la base de la estrategia nacionalista diseñada hace años y que sigue avanzando con éxito: pasito a pasito, alcanzar pequeños hitos graduales que logran no ser rechazados gracias a su aparente intrascendencia, pero que propician la consecución del siguiente hito. Detener el avance nacionalista en el tercer paso del punto anterior (o sea, no conceder la autodeterminación, como desea ERC), concediendo el segundo (o sea, aceptar la existencia de una nación de identidad homogénea, con privilegios sobre un territorio, como desea el PSC), es un grave error, porque no sólo no frena el avance del nacionalismo, sino que lo fortalece al legitimar las inevitables reivindicaciones de futuro: "¿Si somos nación, por qué no tenemos Estado?", empezaremos a oír en pocos años.
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