En los noventa, no será la apertura política del país
la que dé esperanzas y motivos de intervención positiva antes
al contrario, Sabotaje y Roldán son dos de las más
sombrías crónicas sobre el fin del gobierno socialista y la
ausencia de alternativas políticas de progreso en España
sino la búsqueda de nuevos sujetos históricos. La caída
del muro de Berlín, el fin de la guerra fría y la desaparición
de los bloques, la expansión urbi et orbe del capitalismo
y el decreto triunfalista e inapelable del fin de la historia como lucha
por un futuro mejor son, en la última década del siglo XX,
los marcadores más visibles y obvios del cambio planetario de coordenadas
que se ha dado en llamar globalización, cambio al que MVM es inmediatamente
sensible. Esta nueva coyuntura no coge al intelectual desprevenido porque
no aparece de la noche a la mañana. Primero, la crisis de la izquierda
y de las ideologías de transformación social en los países
del Primer Mundo se remonta por lo menos a 1968, y ha caracterizado toda
la transición española a la democracia, tema del que MVM se
ha ocupado largamente; segundo, la mundialización y ubicuidad del
capitalismo es una tendencia que se puede argumentar existe desde sus comienzos
y que tiene en el imperialismo el precedente más inmediato a la situación
actual. Tercero, ideológicamente, el discurso dominante que nos instala
en un presente perpetuo, argumentando que todo pasado fue peor, es precisamente
el caballo de batalla que Vázquez Montalbán ha estado combatiendo
en el territorio español durante toda la transición y el periodo
socialista, donde florece una versión de esa misma narrativa aplicada
a un país que por fin realiza con éxito su anhelo secular
de incorporarse a la modernidad y a Europa, y quiere distanciarse lo más
posible de un pasado de subdesarrollo, dictadura y aislamiento europeo.
De ahí, precisamente, el sentido crítico de la estructura
de indagación en el pasado para clarificar el presente, de la que
es paradigma la serie Carvalho. Se trata de desenterrar, a través
de la investigación, la significación del pasado de forma
que revele, no sólo lo muy imperfecto o perfectible que es aún
el presente, sino también lo mucho que depende su sentido del pasado,
razón por la cual quiere reprimirse.
No se trata de que en los noventa ya no se lamente y critique la deshistorificación
del presente, que condena al olvido a los perdedores de la Historia y garantiza
el poder a sus vencedores, o que el tema se considere irrelevante. Pero
el pasado, la memoria histórica, han dejado de ser los mecanismos
privilegiados de intervención política en el presente. La
lucha política por la historia que se considera más urgente
en el nuevo momento sigue siendo la que concierne a la imposición
dominante de una lectura ultraliberal del fin de la historia que hace coincidir
el presente momento histórico con la meta de todas las aspiraciones
humanas y sociales, y que, por tanto, sanciona como periclitada y fuera
de lugar toda aspiración a un mundo mejor. Pero esa batalla va a
concentrarse en ubicar un nuevo sujeto histórico de transformación
para que sea la mejor réplica a la sanción finalista dominante
en la historia.
Ya desde la constitución de Izquierda Unida en 1986 estaba MVM
hablando de la sociedad civil y de los nuevos movimientos sociales como
el nuevo sujeto histórico, pero sin que éstos tomaran ninguna
forma histórica concreta en su literatura. Las mismas dificultades
de Izquierda Unida para reivindicar su papel aglutinador de movimientos
sociales, sus sucesivos fracasos electorales y finalmente la escisión,
primero de Nueva Izquierda y luego entre Iniciativa per Catalunya y Esquerra
Unida y Alternativa, hablaban a las claras de la dificultad que en el marco
español y catalán estaba encontrando la materialización
de este nuevo proyecto de transformación social que MVM suscribía.
Si a esto le unimos el complemento de los escándalos socialistas
de sus últimos años de gobierno, y la subida al poder de la
derecha en 1996, el panorama español no aparecía precisamente
como el más inspirador de revoluciones. Si a este panorama decepcionante
le unimos la inmediata sintonización del autor con el proceso de
globalización que se hace evidente en los noventa, no es de extrañar
que desplazara la problemática del sujeto de cambio histórico
a un nivel global, ni que la separara de su relación histórica
con los partidos políticos.
En este sentido, Panfleto desde el planeta de los simios (1995)
es un texto clave para aclarar el diagnóstico y las propuestas políticas
de MVM en la mitad de los noventa, donde se planteaba la figura del intelectual
como el mejor dotado para el análisis y el diagnóstico histórico,
traductor/intérprete de su situación histórica contemporánea
y buscador de sujetos históricos capaces de responder a las necesidades
de cambio de su tiempo. Pero es, a mi entender, en O César o nada
(1998), donde mejor se textualizó la compleja relación e interacción
entre la intervención histórica del intelectual (encarnado
por Maquiavelo) y la más directa que ejerce el sujeto con poder (en
la figura novelada de César Borja). Vázquez Montalbán
se mantenía fiel en su novela a la conocida imagen del filósofo
florentino como inteligencia privilegiada y que no hace concesiones a las
ideas establecidas de su época. Así es como la novela subrayaba
lo más revolucionario del pensamiento de Maquiavelo, en su capacidad
de pensar por su cuenta frente a la historia, rebatiendo y rechazando la
autoridad y el peso de toda una tradición para proponer una visión
nueva. Manuel Vázquez Montalbán no era el primer pensador
de izquierdas en reparar en la importancia de la figura histórica
como intelectual de Nicolás Maquiavelo. Desde la filosofía
y la teoría políticas, Louis Althusser y, sobre todo, Antonio
Gramsci (a quien, no por casualidad, va dedicado uno de los epígrafes
de O César o nada), habían analizado El Príncipe
como la obra de un pensador político revolucionario, un hombre de
acción (y no un politólogo) quien, basándose en la
realidad efectiva, en las fuerzas existentes, es capaz de proponer un nuevo
orden, un nuevo equilibrio, mostrando en términos concretos cómo
deberían funcionar las fuerzas históricas para ser efectivas.
En definitiva, un visionario cuya capacidad para definir al sujeto de cambio
en su momento histórico, el Príncipe, es ejemplo aprovechable
para quienes en el siglo XX siguen buscando a sujetos (colectivos) capaces
de transformar su sociedad. Ese mismo tipo de intelectual político,
y no académico, es el que se diría que aspiraba a ser MVM,