
Intelectual, sí, ese era el sustantivo que mejor lo definía.
Hablar de MVM como escritor, novelista, poeta, periodista, ensayista es
abordar parcialmente su labor. Intelectual un término que empieza
a circular en Europa y España alrededor del final del siglo XIX,
y que en los años de la segunda postguerra mundial se calificaría
con el sartriano adjetivo de "comprometido" define una actitud
crítica ante la sociedad de la que se forma parte, una voluntad de
intervenir en los asuntos públicos de una colectividad, un compromiso
cívico y en definitiva político de ser útil a la propia
comunidad. Esta es, precisamente, la actitud que preside toda la prolífica
y diversa obra del autor, la que le da coherencia. El reconocimiento temprano
y la importancia de la magna obra montalbaniana hay que entenderlos en su
capacidad de explorar y articular, en la ficción, en la poesía,
y en el discurso político directo los signos constitutivos de su
tiempo, que consiguieron hacer de su obra una verdadera intervención
social y cultural.
Como hombre indiscutiblemente de izquierdas, Vázquez Montalbán
hizo de la reflexión sobre la crisis de éstas, que marcó
su generación y que continúa viva en la reflexión sobre
la necesidad del cambio histórico, el eje de toda su vida pública.
Su trayectoria se puede entender como una continua rearticulación
crítica de la situación española y global de las izquierdas:
primero, como militante antifranquista; más tarde como voz crítica
de la transición y la socialdemocracia en el poder en España,
y últimamente con la atención dedicada a la exploración
de las propuestas del neozapatismo y los denominados movimientos antiglobalización.
Quienes hasta el último momento buscaron descalificarle reprochándole
su comunismo, sencillamente no le habían leído. Porque el
ciego y sospechoso inmovilismo ideológico que en círculos
dominantes se pretende endosar a quien se le cuelga el sambenito de comunista,
está en las antípodas del espíritu infatigablemente
crítico de Manolo Vázquez. Lo que sí hizo el autor
fue ser coherente con un pensamiento de izquierdas que él como
Edward Said o Noam Chomsky, o Carlos Monsiváis o Antonio Negri
supo tan bien mantener vivo y en marcha. En este artículo pretendo
recorrer ese dinamismo inestimable en la obra montalbaniana, demorándome
algo más en la última década de su vida, que se caracterizó
por la abundancia de ensayos políticos.
Los primeros ensayos de MVM, escritos en el tardofranquismo, revelaban
ya esa doble sintonía que tanto tiene que ver con su lucidez y estatura
intelectual y que hoy se expresaría con el lema de think globally,
act locally. Tal vez se recuerden más de este joven escritor
las recopilaciones de sus colaboraciones en Triunfo en la imprescindible
Crónica sentimental de España (1970), o La Capilla
Sixtina (1974), además de su activa militancia antifranquista.
Pero cualquier seguidor de la producción de MVM desde sus comienzos
sabrá que los primeros ensayos políticodivulgativos del autor
son sobre el imperialismo [¿Qué es el imperialismo?
(1976); La penetración americana en España (1974),
la denuncia del golpe de Estado de Pinochet en La vía chilena
al golpe de Estado (1973)] o la propiedad global de los medios de comunicación
de masas [Informe sobre la información (1963); Historia
y comunicación social (1980)]. Es decir, ya entonces había
en su producción una conciencia y un saber del alcance global de
las problemáticas políticas abordabas que no tenían
parangón con nadie de su generación. Por otra parte, el carácter
metadiscursivo de buena parte de la literatura de este periodo, mucho después
reunida en los Escritos subnormales (1989), reflexionaba sobre los
mecanismos que atrapan al intelectual dentro del sistema, que lo subnormalizan,
en la que era evidente una conciencia cínica post68. La dialéctica
negativa exhibida en esta literatura y la influencia de Adorno la explicita
más de una vez Vázquez Montalbán en sus escritos de
la época encuentra la única posibilidad de refugio crítico
en una continua peripecia dialéctica, a sabiendas de que en cuanto
se formule será neutralizada inmediatamente por el sistema. En los
años noventa, ese mismo mecanismo de dialéctica negativa se
pondrá al servicio de representar una sociedad de máscaras
y esperpentos (la española en el caso de Sabotaje olímpico
(1992) y Roldán, ni vivo ni muerto (1994), corrompida en todas
sus formas políticas, que no deja espacio a la diferencia, la utopía,
la memoria, y que, para conseguir estar "siempre a salvo de la SUBVERSIÓN"
(p. 267, mayúsculas en el original) frase con que termina El
estrangulador (1994) encierra en manicomios a quienes las practican.
La fase subnormal de los años setenta termina con el advenimiento
de la transición y el fin de la dictadura. Entonces se inaugura en
su literatura un periodo de intervención positiva (por oposición
a la negatividad que ya he definido de la subnormalidad) formalmente realista
y espacialmente centrada en España, donde Vázquez Montalbán
intervendrá críticamente como una constante voz opositora
al rumbo que adopta la democratización del país. En los primeros
quince años de la democracia, durante el proceso español de
transición políticosocial y económica de la dictadura
a la democracia liberal, de una modernidad periférica y dependiente
a la postmodernidad experiférica e igualmente dependiente y
de integración europea que termina con la década de los noventa,
la producción y el pensamiento de Vázquez Montalbán
están marcados por la reivindicación y recuperación
de la memoria de la Guerra Civil y la dictadura [El pianista (1985),
Galíndez (1990)]. De ahí la obvia lectura de la producción
montalbaniana desde 1975 como crónica crítica y voz opositora
al rumbo que adoptan las transformaciones políticosociales y culturales
desde la transición y durante todo el periodo de gobierno socialdemócrata.
Son tiempos de acentuado pesimismo en la izquierda con respecto a la concepción
misma de la historia, un pesimismo derivado de presenciar la destrucción
de las coordenadas del marco de transformación social construidos
por la izquierda tradicional a lo largo del franquismo. Toda esta problemática
se puede relacionar con un momento supranacional de crisis de la izquierda,
y se ubica dentro de otros grandes discursos de crisis, como el del fin
de la modernidad y el discutible advenimiento de la postmodernidad.