En el caso de la "Europa" comunitaria la crisis de identidad y legitimidad, como ya hemos apuntado, es aún más palmaria. Y será todavía más aguda cuando funcione la "Europa" cada vez más amplia y a distintas velocidades, y eso sin que medie un gran
shock económico y financiero, que puede agravar mucho más estos escenarios. Y un
shock de esa naturaleza puede estar a la vuelta de la esquina, como intentaremos resaltar en el libro en preparación
[ 1 ] . Además, no es lo mismo, p.e., como se ha intentado erróneamente comparar, la ausencia de participación en las elecciones estadounidenses, que en los comicios "europeos", intentando restarle importancia a este hecho en el caso de la Unión. En EEUU el Estado federal es una estructura legitimada (hasta ahora) y potente, y además se promueve un patriotismo político hacia aquél que tiene hasta un componente religioso. "América" se puede decir que vibra en el corazón de prácticamente todos los estadounidenses. Es el mito que permite la cohesión de una sociedad enormemente fragmentada y tensionada. Ese no es para nada el caso de la Unión Europea, en donde la desafección hacia esta estructura supraestatal (postmoderna) es galopante y en donde su ausencia de legitimidad es muy considerable, y va en aumento. Las consecuencias de una participación electoral cada vez más exigua son muy distintas. A ello se suma el hecho de que no existe una verdadera estructura comunitaria de partidos políticos que ayude a impulsar una actividad institucional coordinada a escala de la Unión. La cacofonía es evidente. Sobre todo ahora que han ingresado los países del Este. La distinción entre "izquierda" y "derecha" a nivel comunitario ha dejado de tener, en general, significado
[ 2 ] . Y su "confrontación" reglada era algo que había ayudado a legitimar a lo largo del siglo XX las democracias occidentales. Hay partidos provenientes de la descomposición de los antiguos partidos comunistas del Este que preconizan la alianza con EEUU. Mientras, la derecha francesa la rechaza, seguida de cerca por la socialdemocracia alemana. Y la "nueva izquierda" de Tony Blair se alía con Aznar (en su día) y Berlusconi para imponer sus tesis pro-mercado y atlantistas en la UE. Todo ello dificulta aún más el que pueda existir una práctica política partidaria común a escala de la Unión, que posibilite un mínimo de visualización y legitimidad de las fuerzas políticas "paneuropeas" en las instituciones comunitarias. Y por último, el hecho de la ausencia de división de poderes en el funcionamiento de la Unión, y el confusionismo acerca de quién, o quiénes, son los que verdaderamente toman las decisiones en la UE, es un elemento más, de gran trascendencia, que echa aún más leña al fuego en esta falta de arraigo de sus instituciones.
En estas circunstancias: ¿cómo se podrá mantener mucho tiempo más la ilusión "democrática"? Sobre todo a escala comunitaria, especialmente si la Constitución Europea resulta de muy complicada aprobación y ejecución
[ 3 ] , y se vuelve perentorio el construir (como sea, es decir, de forma autoritaria) una "Europa" política y militar que haga frente a los nuevos desafíos que se le planteen a la Unión, en un mundo cada vez día más convulso. ¿Será entonces preciso pasar a nuevas formas de organización estatal y supraestatal que hoy tan sólo podemos barruntar? Quizás, desde algo parecido a eso que se ha venido a llamar por algunos autores el "Estado-guerra"
[ 4 ] a su articulación a escala "europea" en un entramado cada vez más militarizado y policial, del que irían desapareciendo poco a poco hasta los últimos vestigios formalmente democráticos, o bien donde éstos se habrían limitado al máximo. Por otro lado, este escenario entraría en funcionamiento, sin duda, si (por distintas circunstancias) se activa una contestación social masiva que pueda poner en peligro las actuales relaciones de dominio, pues los instrumentos para este tipo de ejercicio de poder, si es necesario, ya se están perfilando. Otra cosa sería su viabilidad para garantizar su permanencia en el tiempo.
¿Caminando hacia algo así como el "Estado-guerra"? Sus límites claros en el caso de "Europa"
El "Estado-guerra", de acuerdo con estas reflexiones, sería una nueva organización estatal de producción de orden, que tiene como horizonte el "enfrentamiento armado" (externo e interno). En él se produce un gran relato unificador frente al "Mal", que complementa a todos los anteriores de la globalización. El "Estado-guerra" supone un salto adelante en relación con el "Estado-crisis", aquel encargado de gestionar la primera etapa de la "globalización". En el "Estado-crisis" todavía existía la ilusión de un espacio público protagonizado por el sistema de partidos. Ahora es la "guerra" la que actúa como reductor de complejidad, estableciéndose una creciente polarización social amigo/enemigo, que simplifica el mundo y que sirve para apuntalar (¿momentáneamente?) el statu quo . En este sentido, no es que desaparezca la política, sino que la política pasa a un primer plano pero como "guerra". El miedo, y en especial el miedo al "otro", que es el sentimiento medular sobre el que asienta el funcionamiento del "Estado-guerra" (y que se promueve activamente desde el mismo), se convierte en un factor de producción de orden primordial de cuya administración depende, en gran medida, la neutralización de la acción política. El miedo, socialmente construido y políticamente manipulado, y no tanto la esperanza, será el que lubricará la nueva adhesión ciudadana a las estructuras de poder. Una ciudadanía basada en individuos aislados, divididos y en guerra también unos con otros ("guerra civil molecular"), de los que se quiere un repliegue absoluto sobre sí mismos, destruyendo cualquier tipo de vínculo social, y a los que se les pretende suprimir igualmente cualquier capacidad de posicionamiento propio, al procurar anular y neutralizar la más mínima distinción entre verdad y mentira. Todo ello conseguido a partir de la degradación moral inducida y la industrialización masiva de la mentira. A esta capa de producción de nueva subjetividad desde las estructuras del poder (político y mediático), se sumaría al atontamiento ciudadano producido por el bombardeo publicitario para fomentar el consumo desenfrenado, una de las características de la etapa previa que se mantiene, mientras se pueda (es decir, hasta que estalle una crisis global). Sería, pues, una especie de readecuación al "totalitarismo democrático" en el que vivimos. Un paso más. Sin embargo, el "Estado-guerra", aparte de su tremendo coste de funcionamiento interno y externo, y su más que probable dificultad para legitimarse y garantizar su permanencia a medio plazo (a pesar de toda su potencia), implica un serio problema para la creatividad postmoderna en la que está basado el nuevo capitalismo (financiero) global. Quizás su ejemplo más cercano sería el tipo de Estado impulsado por los "neocons" de la presidencia Bush, que está contaminando poco a poco las nuevas formas de gobierno mundial.