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El Viejo Topo 207 El Viejo Topo

Juan Pablo II, ¿icono efímero de la postmodernidad? Balance de un pontificado

por Jaume Botey
El Viejo Topo nº 207, mayo 2005

Número de páginas: 4
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Juan Pablo II se ha servido del Opus como instrumento privilegiado para sus objetivos de restauración tanto como el mismo Opus se ha servido de él para consolidar su poder en el interior de la iglesia. El Opus ha financiado viajes papales, concentraciones masivas ante las que él podría encontrarse a gusto aclamado por miles de jóvenes, ha moldeado los medios de comunicación a la medida de su personalidad y para mayor engrandecimiento de su personalidad. Y a la vez la concepción de iglesia y espiritualidad que deja Juan Pablo II es la concepción del Opus: evangelizar desde el poder, autoritarismo y centralismo, espiritualidad desencarnada, marginación de la mujer dentro de la iglesia, rigidez moral, paternalismo en lo social, desactivación de la línea renovadora del Vaticano II y condena de la modernidad.
Ello ha significado alentar en el interior de la iglesia un grupo de nuevos movimientos eclesiales (Neocatecumenales, Quikos, Carismáticos, Comunión y liberación, Legionarios de Cristo, Foccolari, etc.), fundamentalmente anti-intelectuales, con una estructura fuertemente jerárquica, integristas en teología y con una espiritualidad que a menudo quiere ser también señal de distinción social. Son ellos en gran parte los que han llenado los estadios en las concentraciones masivas del papa. Los otros movimientos (movimientos especializados, JOC, comunidades de base) han sido prácticamente marginados. Resulta llamativo ver cómo estos grupos crecen, especialmente entre los jóvenes, al mismo tiempo que languidecen de vocaciones las congregaciones religiosas clásicas, decrece la asistencia a las parroquias y, por la edad de sus promotores o la marginación, van desapareciendo las experiencias más comprometidas con lo social o que fueron simplemente el testimonio humilde en los barrios o zonas rurales de los grupos que surgieron a raíz de la espiritualidad del Vaticano II.
Terminado su reinado no es fácil distinguir entre su propio carisma personal y la imagen que de él han transmitido los medios de comunicación inteligentemente manejados por el Opus; difícil distinguir entre el rostro y la máscara, entre la Iglesia, que superdimensionaba su imagen a medida que hacía crecer la del papa, y la iglesia real del mundo pobre, a la que a pesar de todo le gustaba mirar el espectáculo que se le ofrecía. Se ha creado el gran acontecimiento escenográfico a la medida de un gran actor. Difícil por consiguiente de momento distinguir lo que había de sagrado detrás de tan enorme manipulación, entre lo que había de auténtico en el hecho religioso que en sus manos podía convertirse en mitin, entre la íntima y sincera inquietud de lo espiritual que de golpe podía convertirse en propaganda de una potencia espiritual y política, que además lo disfrazaba de nuevo método de evangelización hacia los pobres.
Si creyéramos al Jesús del evangelio cuando decía "mi reino no es de este mundo" el mismo funeral rodeado de todos los poderosos de este mundo tendría muy poco de evangélico. Alguien dijo que por lo que aquel día vimos parecía que a San Pedro el negocio de la barquita que había empezado hacía dos mil años le había ido bastante bien. Sin embargo no era necesario llegar al agotamiento físico del actual pontificado para poder hablar ya hace años del estrepitoso fracaso en las empresas que había emprendido: restauracionismo de la cristiandad medieval, lucha contra la laicidad, rigorismo moral, etc. Creo incluso que a medida que él iba siendo consciente de este fracaso más se empeñaba en la teatralidad de su función y en el uso de los medios, incluso en la retransmisión directa de su propia debilidad física final.
Sin duda Juan Pablo II ha estado por encima de las posibilidades de su propia iglesia. El eslogan que define este hecho reza que "ha llenado los estadios y se han vaciado las iglesias". Es difícil saber qué va a quedar, saber si la gente que ha llenado los estadios pasará de manera estable a las iglesias. Lo más probable es que no. Con la utilización masiva de lo mediático se ha alargado por poco tiempo la evidencia de la crisis fundamental que padece la iglesia y de la que con su personalidad el propio Juan Pablo II tiene una importante parte de responsabilidad. En nuestro mundo de postmodernidad lo normal es lo efímero. Quizá él mismo pronto llegue a ser el icono de la postmodernidad.
Creyó que saciando de respuestas y catecismos a los ciudadanos conseguiría el respeto hacia la autoridad moral de la Iglesia y ha ocurrido exactamente al revés. Creyó que la gente pide recetas concretas para ganar la vida eterna, que se trataba de definir con exactitud el credo y de poner precio a la salvación. Pero parece que nunca como ahora la gente ha estado tan poco interesada por las recetas de la Iglesia, y aun en la Europa oficialmente católica nunca como ahora los pueblos han operado tan al margen de las exigencias eclesiásticas. Ante los ojos de la mayoría la iglesia vive en un mundo de condenas y alejada de sus preocupaciones y los grandes proyectos de transformación colectiva hacia un mundo más justo, incluso los de talante ecuménico, se desarrollan al margen de ella.
Pero la "revolución copernicana" que supuso el Concilio fue de verdadero calado. De la misma forma que después de Copérnico nunca más volvimos a ver al sol dando vueltas a la tierra, después del Vaticano II ya nunca más será posible volver a la Teología anterior. El actual involucionismo de la iglesia, lo mismo que el actual momento en política y economía, pasarán.
Jaume Botey es miembro de Cristianos por el Socialismo
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