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El Viejo Topo 207 El Viejo Topo

Juan Pablo II, ¿icono efímero de la postmodernidad? Balance de un pontificado

por Jaume Botey
El Viejo Topo nº 207, mayo 2005

Número de páginas: 4
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El sindicato Solidarnosc se financió con fondos de la santa sede, del banco del Espíritu Santo y con la mediación del banco Ambrosiano. A raíz de esto salió a la luz pública una larga serie de escándalos de los que será difícil que algún día se llegue a conocer la verdad. Estuvieron involucrados el cardenal Marcinkus, responsable del Instituto de las Obras de la Religión, IOR, desde el cual llegaban los fondos a Solidarnosc, los banqueros Roberto Calvi y Michele Sindona, que aparecieron suicidados o asesinados, la Logia masónica P2 de Licio Gelli entre otros. Cuando la justicia italiana intentó juzgar a Marcinkus el papa le concedió inmunidad como ciudadano de un país extranjero, el Vaticano, y no se pudo ir más allá. Parece que cuando en determinados acontecimientos se pone en cuestión la honorabilidad de una instancia considerada como garantía del orden social los poderes fácticos políticos, económicos, judiciales o mediáticos se pongan de acuerdo para tapar el asunto.
La lucha anticomunista exigía hacia dentro una iglesia fuerte y disciplinada y hacia afuera una amplia alianza con otras fuerzas económicas y políticas. De ahí los compromisos con los EUA, las organizaciones norteamericanas que canalizaban los fondos hacia Solidarnosc y las mismas visitas de Reagan al Vaticano. Y de ahí asimismo la tolerancia con los regímenes dictatoriales de derecha como los de Chile, Argentina o Filipinas. Todos estos escándalos se ponen de manifiesto, entre otros, en el libro A la sombra del papa enfermo , del colectivo anónimo "Discípulos de la verdad".
Era necesaria también la lucha contra la secularización de la sociedad, la laicidad, el hedonismo, la recristianización de la moral en un mundo laico y progresivamente autónomo de los criterios de la Iglesia. Esto se llevó a cabo desde innumerables llamadas en sus grandes concentraciones de masas.
Esta "nueva evangelización" ha impulsado un tipo de espiritualidad, a menudo exigente en cuanto a comportamientos personales, pero desencarnada y alejada de los compromisos sociales, valorando fundamentalmente lo afectivo e interpersonal y que se ha desarrollado sobre todo en los movimientos carismáticos. Fuera de esto, importante pero minoritario, el resultado de los mensajes del papa en este aspecto ha sido tan efímero como todo lo mediático. Eso no significa necesariamente rechazo social al mensaje o al mensajero. En un mundo en el que prima lo inmediato, la emoción fuerte pero pasajera, hasta puede quedar bien la proclama de los valores de siempre. Pero si no hay nada más, después del espectáculo queda poco.
En el contexto de las relaciones internacionales es cierto que Juan Pablo II manifestó en repetidas ocasiones su sincera preocupación por la paz. Se opuso a la guerra del golfo, alertó contra la de Kosovo y mantuvo serias reservas en la invasión de Afganistán, reivindicó el derecho de los palestinos a tener un estado, se opuso al embargo de Iraq y últimamente y de manera decidida estuvo contra la invasión. La paz entre los pueblos fue uno de sus leitmotivs constante. Pero por desgracia en la mayoría de las ocasiones esta llamada a la paz quedaba en referencias abstractas. Hizo pocas referencias a las causas de las guerras o a los lazos entre guerra e imperialismo económico y militar. Hubiera sido de desear en este tema tan central poder escuchar una voz más decididamente profética, al margen de prudencias internacionales, al margen de las posibilidades posteriores de que los cristianos fueran mal vistos en algunos estados. De hecho no pidió una conferencia extraordinaria de las Naciones Unidas, no condenó expresamente la invasión, no animó directamente a las movilizaciones por la paz, invitando sólo a orar por la paz que viene de Dios, no condenó expresamente a los agresores. En su visita a España poco tiempo después de la invasión no incriminó a Aznar, sino que recibió con ostentación mediática a toda su familia perdiendo una ocasión de oro ante el fuerte movimiento por la paz que había en España. Parece ser que el silencio estaba negociado con el PP a cambio de la concesión del estatuto a la asignatura de religión como materia obligatoria y evaluable. Quedaba claro que, aun en su tema querido de la paz, cuando se trata de enfrentarse a los poderosos es más prudente hacer retórica que ser profeta.
Algo parecido ha ocurrido con el famoso gesto con ocasión del jubileo 2000 de pedir perdón en nombre de la iglesia por sus actuaciones pasadas: cruzadas, inquisición, esclavitud, modelo de la conquista de América Latina, condena de Galileo, silencios de la época nazi etc. Sin querer darse cuenta de que con algunos de sus comportamientos autoritarios, restauracionistas o de rigidismo moral está reproduciendo hoy los comportamientos del pasado por los que pide perdón. Ha rehabilitado a algunos "herejes" del pasado y ha condenado a cientos de teólogos y teólogas de hoy acusados de herejía. O con las famosas canonizaciones de los mártires de la guerra civil. ¿Porqué sólo los de un bando? ¿Porqué ninguna alusión, ningún respeto a los más de 200.000 que según las estadísticas fueron fusilados por Franco por los ideales de la justicia? ¿No sabian el papa y los obispos españoles que con esto en lugar de reconciliar ofendían, mantenían el sentimiento de cruzada, dividían y se distanciaban de la sociedad española?
Para proceder a la restauración doctrinal y moral y a la proyección política de la iglesia en el campo de las relaciones internacionales era necesaria una reforma institucional que acabara de una vez con lo que él mismo y sobre todo la curia romana consideraba excesiva contestación a la jerarquía y peligro de desmembración. La curia había sido relativamente apartada de los espacios de decisión de cuestiones importantes durante el concilio y había mantenido una situación de impasse durante el mandato de Pablo VI. Era necesario reforzar la unidad, los mecanismos de control, la verticalidad. Debía quedar claro que aunque el concilio dice que la Iglesia es un pueblo, no es una democracia. En este sentido la figura de Juan Pablo II era providencial para las aspiraciones de la curia. De ahí que Hans Küng cite como una contradicción suya fundamental que el mismo hombre que defiende los derechos humanos en la sociedad y trabajó por la libertad en su Polonia natal, los niegue de puertas adentro a obispos y teólogos y sobre todo a mujeres.
Quienes le conocieron de cerca hablan de la concepción mesiánica que tenía de si mismo y de la función que estaba llamado a hacer en la iglesia. Si a un talante autoritario e intransigente se le une el convencimiento que habla en el nombre de Dios o que es la misma encarnación de Dios poco espacio puede quedar al debate o a la participación. Contrastaba en este sentido con la figura humilde y campesina de Juan XXIII o a la del intelectual y dubitativo Pablo VI. Juan Pablo II actuó como un cruzado, con mano de hierro hacia dentro y hacia fuera de la iglesia, como hombre de estado, diplomático, sabio, organizador. Exactamente la imagen que Juan XXIII quiso evitar.
Especialmente dura ha sido, aunque menos visible hacia el público, la política de nombramientos episcopales al margen de las aspiraciones de las diócesis. Se han escogido obispos dóciles que no crearan problemas y poco a poco el nivel profético de las comunidades y de sus obispos ha dejado paso a que fueran simplemente gestores de los mandatos de la santa sede. La iglesia llega al final de este mandato con un problema real de cuadros que tengan, junto al espíritu evangélico, imaginación profética, inteligencia, creatividad y audacia suficiente para afrontar los retos de su presencia en el mundo. Se ha convertido en una iglesia chata. En España y en concreto en Catalunya sabemos bastante de esto.
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