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El Viejo Topo 207 El Viejo Topo

Juan Pablo II, ¿icono efímero de la postmodernidad? Balance de un pontificado

por Jaume Botey
El Viejo Topo nº 207, mayo 2005

Número de páginas: 4
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Pero la reacción de Roma fue fulminante. Se condenó a teólogos, se trasladaron obispos, se partieron diócesis, se cerraron seminarios, se amenazó a editoriales, se hicieron desaparecer las comunidades de base. La misma iglesia reconoce ahora que esta condena se está pagando cara en América Latina: hoy el catolicismo está allí en clara regresión frente a la proliferación de las sectas. Los entendidos dicen que cada día son 12.000 los latinoamericanos que abandonan el catolicismo para ir a las sectas y después hacia la nada. Por otra parte tal condena no se hacía desde la fe sino desde la política, y más en concreto desde la política que gusta oír a los ricos. La teología de la liberación, avalada con tantos mártires, hubiera deseado escuchar más una palabra profética y de aliento que una palabra política.
Lo ocurrido en Nicaragua en la famosa visita de 1983 (recordemos el dedo acusador dirigido a Ernesto Cardenal, su homilía innecesariamente agresiva contra la iglesia de base y su grito contra la multitud que le pedía oraciones para sus muertos), lo ocurrido en El Salvador casi responsabilizando a Monseñor Romero o a los jesuitas de la UCA de su propia muerte, lo ocurrido en Argentina y Chile o en Bolivia y Perú dando soporte a las dictaduras y disculpando a los responsables de los asesinatos etc., además de falta de misericordia con las víctimas, son ejemplos de una actuación política a favor de los ricos y de un determinado modelo doctrinal, de una determinada teología, de una determinada imagen de Dios, y de una pastoral: la conciencia que se evangeliza desde el poder, sea como sea que éste se ejerza, mientras se autodenomine cristiano y pague los silencios de la iglesia con poder, dinero, o presencia en la TV.
Y ello independientemente que Juan Pablo II, sobre todo en la segunda fase de su pontificado, tuviera mensajes socialmente avanzados. Pero así como en repetidas ocasiones condenó al marxismo "en su esencia", el capitalismo o neoliberalismo fue condenado sólo "en sus excesos", en sus aplicaciones. Uno de los instrumentos de elaboración y difusión de la doctrina social de la iglesia es la Comisión de Justicia y Paz creada por el Concilio Vaticano II. Pues bien, en el 2000 Michel Camdesús, cuando cesó de director del FMI, fue nombrado consejero del mismo, poniendo así de manifiesto la falta de credibilidad de la santa sede como portavoz de los oprimidos
Pero no sólo se condenó la Teología de la Liberación. En veinticinco años no ha quedado aspecto, por nimio que fuera, que no haya sido objeto de sospecha, de vigilancia por la intransigencia doctrinal. También se condenaron la teología política europea, la teología del diálogo interreligioso, la teología feminista, la cristología que pretendiera interpretar los textos de manera diferente, la eclesiología que pusiera en cuestión la organización piramidal o hablara de tímidos intentos de democratización o de derechos humanos en la iglesia. Se dio marcha atrás en aspectos fundamentales alcanzados por el concilio, por ejemplo negando la colegialidad episcopal con el nuevo código de derecho canónico, redefiniendo algunos de sus textos fundamentales con el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, o negando de hecho la posibilidad del diálogo interreligioso con el reciente texto Dominus Iesus en el que, más allá de la escenificación de los encuentros, se afirma que la iglesia católica es "la única" posible administradora de la salvación. Las demás no valen.
En el plano de la moral es conocida la insistencia de Juan Pablo II en la defensa del modelo tradicional de familia, a favor del respeto a la vida, contra el aborto, la contracepción, la eutanasia y su obsesión por lo sexual en todas sus manifestaciones. Es cierto que algunos valores pueden ponerse en peligro con el relativismo de una sociedad postmoderna. Pero la falta de consideración de las condiciones sociales o psicológicas en la que viven millones de personas y las dramáticas consecuencias de sus posiciones ultra ortodoxas pueden conducir, como en el caso del Sida en África, a una catástrofe social y humanitaria y en consecuencia a la falta de credibilidad del mensaje. Sólo el fanatismo puede conducir a la despiadada actitud que significa condenar a muerte a millones de personas a partir de criterios supuestamente evangélicos y que nada tienen que ver con la piedad puesta de manifiesto en los mismos relatos evangélicos. Algún día la iglesia deberá también pedir solemnemente perdón a los homosexuales o por el genocidio causado con su doctrina entre los pobres de África.
Por otra parte es obvio que, a la vez que la sociedad va elaborando su propio código moral acerca de estas cuestiones, en el mundo occidental y económicamente desarrollado tales recomendaciones tienen poco eco incluso entre sus mismos fieles. En una sociedad progresivamente laica, ya no es la iglesia la única fuente de moralidad.
La restauración del Dios distante y el rigorismo moral son dos componentes fundamentales que determinan el pesimismo antropológico y cultural de la teología de Juan Pablo II, paradójicamente en tantos aspectos cercana a la teología del poder del neoconservadurismo de EUA de herencia protestante y que domina la actual administración Bush.
Parece como que el criterio fundamental que guiaba a Juan Pablo II era que la evangelización se ejerce desde el poder. Quizá influyó en esto la concepción mesiánica que tenía de su propia función. De nuevo esto significaba dejar de lado el espíritu del concilio que afirmaba que la evangelización sólo será posible desde los pobres y con medios pobres.
En su documento fundamental sobre la iglesia (la constitución Gaudium et Spes ) el Concilio veía el papel de ésta en el mundo "compartiendo las alegrías y esperanzas de la humanidad", cumpliendo un rol de inspiración moral, nunca como el ejercicio de un poder. Sin embargo pronto se puso de manifiesto que el proyecto del nuevo papa era la recristianización del mundo y una cierta concepción teocrática de la sociedad y del ejercicio del poder. Se trataba de poner al mundo y en primer lugar a Europa bajo la autoridad de Dios y a la iglesia en un sitio de privilegio entre las potencias de este mundo. Gráficamente, sería como la restauración en el siglo XX del medieval Sacro Imperio Romano Germánico.
Ello significaba un proyecto político de largo alcance con dos frentes: la lucha contra el comunismo ateo y la lucha contra la laicidad del mundo occidental. Sin lugar a dudas se puede decir que éstos han sido los dos objetivos explícitos en política exterior de su pontificado. A pesar de que reiteradamente condenó la intervención de los sacerdotes en política, probablemente él ha sido el pontífice del siglo XX con la más decisiva intervención política, la caída de los regímenes del este. Con la sutil diferencia de que cuando los sacerdotes de la teología de la liberación luchaban a favor de los pobres su intervención era condenada "porque intervenían en política", pero cuando él intervenía a favor del sistema o se exigían privilegios económicos o políticos para a iglesia, todo esto se hacía "por exigencias pastorales de los fieles".
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