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El Viejo Topo 198 El Viejo Topo

El Referéndum sobre la "Constitución" Europea: ¿Quién teme al no?

por Xavier Pedrol y Gerardo Pisarello
El Viejo Topo nº 198, octubre 2004

Número de páginas: 4
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Intentar extraer -incluso contra la literalidad de los preceptos o de las intenciones de sus impulsores- la interpretación más garantista del Proyecto Constitucional, con la esperanza de poder imponerla políticamente en el corto plazo, supone situarse en un escenario de hechos consumados en el que quienes se beneficiarían y liderarían el proceso serían otros. Parece un peligroso engaño amplificar la presencia nominal de objetivos y principios sociales y ecológicos en la Constitución cuando se sabe que su incorporación en Tratados como el de Ámsterdam poco alteró el rumbo monetarista y productivista de la Unión. O lo que es peor, cuando se sabe que ha sido el mantenimiento de otros, como la consecución de un "mercado libre no falseado" o de una "economía altamente competitiva" los que han permitido a los principales grupos económicos y a las elites políticas europeas llegar hasta donde están. De poco sirve adelantar la mejor lectura posible de la Carta de Niza cuando su contenido -de por sí vacilante en muchas cuestiones, especialmente en materia de derechos sociales- ha venido devaluándose en cada Cumbre intergubernamental y cuyo custodio real, en última instancia, sería un órgano de clara inclinación neoliberal como es el Tribunal de Justicia de la Unión. Tras cincuenta años de integración, es políticamente desmovilizador resignarse a combatir un entramado oligárquico que aleja más y más a los ciudadanos mediante el simple aumento de competencias codecisorias del Parlamento o a través de la incorporación de un derecho de propuesta ciudadana de alcances deliberadamente restrictivos.
El argumento que llama a votar la Constitución, aunque no guste, para luego luchar para cambiarla, resulta endeble desde una perspectiva lógica y suicida desde un punto de vista político. Un texto que se llama a sí mismo Constitución y que exige el acuerdo de 25 países en caso de se que quieran introducir modificaciones sustanciales no puede considerarse un simple Tratado más (¿si así fuera, por qué tanto revuelo frente a la posibilidad de su rechazo?).
Lo que se propone, en efecto, es un texto destinado a perdurar (durante 50 años, según las palabras de Giscard d'Estaing), cuya revisión jurídica, pero sobre todo política, será muy complicada una vez aprobado. ¿Qué sugieren los defensores del "sí crítico"? ¿Que es menester suscribir la constitucionalización de la independencia absoluta del Banco Central para exigir inmediatamente su modificación? Difícil. ¿Que hay que apoyar un texto que consagra las políticas productivistas y neoliberales de los últimos veinte años para luego exigir frenos ecológicos y criterios de convergencia sociales y laborales? Espinosa tarea ¿Que se debe aceptar la constitucionalización del rearme europeo y el respeto de los compromisos adquiridos con la OTAN para manifestarse al día siguiente contra la guerra y por una Europa pacífica? Ingenuo, o simplemente cínico.
Acompañar a la derecha conservadora y a una socialdemocracia desvaída en la aprobación de un texto de esta índole, sería para las izquierdas alternativas un camino sin retorno. El apoyo de Joshka Fischer a la guerra en Afganistán, o ahora, a las maniobras de Shröeder para evitar un referéndum sobre el Proyecto Constitución amparándose en dificultades "técnicas" propias de la Ley Fundamental de Bonn, es una muestra más de los límites de la estrategia verde consistente en arrastrar consigo a una socialdemocracia inmersa de lleno en el vértigo del electoralismo y en las coordenadas impuestas por el discurso neoliberal.
Por otro lado, si se apoya un texto que Aznar, Chirac, Berlusconi o Blair suscribirían sin reticencia alguna de fondo, ¿con qué autoridad actuar luego en los movimientos sociales que reivindican una globalización alternativa, comenzando por los que, ya en el Foro Social Europeo celebrado el año pasado en París, se pronunciaron en contra de este texto? ¿Cómo avalar un Proyecto que consiente la deriva productivista y ecocida de la Unión para pedir, al día siguiente, la urgente aplicación de frenos de emergencia ecológicos? ¿Cómo explicar el "sí crítico" ante los más de 20 millones de trabajadores y trabajadoras emigrantes que el Proyecto condena prácticamente al olvido, cuando no a un tratamiento de tipo básicamente policial? ¿Se puede, de manera creíble, apoyar una campaña a favor de una ciudadanía de residencia, al tiempo que se apoya, todo lo críticamente que se quiera, la constitucionalización de la Europa fortaleza?
La tarea de los movimientos y de la izquierda alternativa: construir un "no" altereuropeísta

Desde la convocatoria de la Convención presidida por Giscard hasta hoy, las iniciativas y propuestas más garantistas relacionadas con la Constitución han sido rechazadas. Prácticamente todas las enmiendas introducidas a instancias de los ejecutivos estatales -salvo algún ligero retoque en materia de igualdad entre hombres y mujeres- han sido revisiones a la baja desde el punto de vista social y democrático. Incluso la cita de Tucídides sobre la democracia («Nuestra Constitución... se llama democracia porque el poder no está en manos de unos pocos sino de la mayoría») ha sido suprimida del Preámbulo por demasiado radical. ¿Hasta dónde habría que retroceder para que los partidarios del "sí" a cualquier precio y del "paso adelante" dijeran que "no" a esta Constitución y volcaran sus energías al impulso de un proceso constituyente alternativo?
En ciertos sectores de la izquierda, el temor a quedar identificados con el antieuropeísmo de Le Pen o de los conservadores británicos actúa como una mordaza que desactiva hasta el más mínimo amago de objeción de fondo al Proyecto y que conduce inexorablemente a la claudicación. Sin embargo, a la luz de lo ocurrido ya con el Tratado de Maastricht, es menester oponerse de plano a la lógica simplista y manipuladora según la cual se está con esta Europa y con esta Constitución o se está contra Europa y contra toda idea de Constitución. En realidad, sólo desde el sofisma interesado se puede identificar el rechazo de un texto que ni siquiera es más europeo que los Tratados existentes con la adhesión a las tesis conservadoras del repliegue nacional-estatalista. Sobre todo cuando han sido los críticos más radicales de este Proyecto -comenzando por las Asambleas de Mujeres, por las plataformas pacifistas y por los colectivos de apoyo a los sin papeles- los primeros en defender, en la teoría y en la práctica, la necesidad de más Europa, pero de una Europa alternativa.
El problema, aseguran algunos partidarios de izquierdas del Proyecto, es la gestión del "no". Si la Constitución no prosperara, dicen, Europa permanecería empantanada en el lodazal más tecnocrático y neoliberal aún del Tratado de Niza. Pero el argumento es en exceso juridicista. Si el Proyecto se rechazara, se abriría una crisis de legitimidad que tan honda que resulta muy difícil pensar en una vuelta sin traumas al viejo status quo , con el Tratado de Niza reinando mansamente en una Europa de 25 países. Por el contrario, sólo un "no" claro al actual Proyecto de Constitución permitiría, llegados a este punto, detener la deriva anti-social, elitista y militarista del actual modelo de integración para reorientarlo en un sentido genuinamente democrático.
Precisamente, el auténtico desafío para una izquierda transformadora es impedir que sea el populismo conservador y de extrema derecha quien capitalice el desencanto y la desafección que esta Europa de tecnócratas y especialistas genera en buena parte de sus pueblos y habitantes. Y para ello no le queda otra que sumarse a los colectivos más activos del movimiento altermundista, incluidos los sectores sindicalistas más críticos, con el objeto de crear un amplio espacio socio-político, plural y pedagógico, de oposición alter-europeísta al actual Proyecto de Constitución.
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