La propia puesta en escena de la última asamblea de Izquierda Unida, con la absurda preeminencia otorgada a Santiago Carrillo, el acercamiento a algunos de los planteamientos de los falsamente considerados renovadores en el pasado, y el deliberado olvido de la etapa de Anguita al frente de la organización, era algo más que un error, máxime cuando, un cuarto de siglo después del abandono de la aspiración republicana por Carrillo, y superadas con esfuerzo las hipotecas de la transición, han sido los actuales militantes comunistas y de Izquierda Unida quienes han impulsado de nuevo esa reivindicación, que ya inició Anguita y que concitó -recuerden- la increíble denuncia pública, con acusaciones de irresponsabilidad, del hoy olvidado Rafael Ribó hacia la Izquierda Unida dirigida por Julio Anguita. Sin duda, al lector que desconozca los usos internos de Izquierda Unida puede parecerle una cuestión menor, pero ese gesto de la actual dirección era una calculada apuesta por la mudanza ideológica.
Cuatro años después del recambio en la dirección de Izquierda Unida no se ha conseguido crear un grupo dirigente capaz, ni aumentar la presencia entre la clase obrera, ni articular el esfuerzo de medios intelectuales y profesionales que, si bien tienen simpatía por lo que Izquierda Unida ha representado, no han visto en la apuesta de Llamazares la definición de un proyecto político que empezara a dinamizar, con vocación de cambio, el bloqueado y anquilosado sistema de poder del país. El excesivo protagonismo de Llamazares, en detrimento de otros dirigentes, renunciando además al prestigio acumulado por figuras como Julio Anguita y otros, ha ido configurando así una Izquierda Unida centrada en la figura de su coordinador y en la actuación institucional. No hay más que ver las páginas de Internet de Izquierda Unida, con la obsesiva presencia de Llamazares y la casi total ausencia de otros dirigentes. No resulta sorprendente -aunque, en general, la militancia haya sido prudente en la crítica, hasta extremos incomprensibles en una organización democrática-, así, la improvisación política de la dirección de IU, la pérdida de contacto con la clase obrera, el recurso a un estilo autoritario, la difícil situación financiera, el protagonismo de los "profesionales" de la política, y los continuos enfrentamientos entre familias y grupos que han creado una situación de emergencia que, sin embargo, la actual dirección se niega a constatar.
En algunos medios se ha hablado de la fatiga del proyecto político, pero es más adecuado hablar de la ausencia de un proyecto concreto, al margen de la improvisación y del acercamiento a lo que algunos ven como una tabla de salvación -el espacio verde -, y que, en mi opinión, no es más que un pasajero espejismo. Esa fatiga se constata en la tardía definición sobre la Constitución Europea, en la confusión sobre el papel que la Unión Europea debe jugar; en la subordinación al PSOE, en el temor ante el debate sobre la organización federal de España, con el asunto vasco en el fondo -que la ilegalización de Batasuna, la clausura de periódicos, las torturas a ciudadanos, como en el caso de Marcelo Otamendi, y el escándalo de la anulación de la candidatura de Herritarren Zerrenda, HZ, al Parlamento Europeo, hacen más evidente y más urgente, si cabe-; también en la pérdida de relación con las fábricas, en el olvido de que los resortes institucionales que se ocupen deben estar al servicio del movimiento social, y no al revés; en el temor ante una clara reivindicación republicana que vaya más allá de las retóricas menciones en actos públicos que ha hecho Llamazares; en la ambición de asociarse con el gobierno de Rodríguez Zapatero, en lugar de encabezar los deseos de cambio que se expresan en los movimientos sociales, y que el PSOE está lejos de atender. La fatiga se expresa, también, en la progresiva conversión de Izquierda Unida en una fuerza que no pone en cuestión el Estado liberal.
2
Sin embargo, pese a todas las prolijas precisiones anteriores, la cuestión de los resultados electorales, aunque grave, no es la más importante. El último giro impulsado por Llamazares, fruto de un supuesto realismo político, agarrándose al clavo ardiente de una supuesta renovación representada por la matriz ecologista y verde , en realidad aspira a poco más que a conservar espacios de poder institucionales: las refriegas por puestos remunerados que hemos visto en las últimas semanas son ilustrativas. Se insiste, así, en primar los contenidos alternativos, denominados rojos, verdes y violetas , creando un arco iris de la confusión, que convive con esa sorprendente -y, a estas alturas de la historia, penosa- obsesión por el PCE, cuando, al mismo tiempo, se difunde con aparente pasión una retórica que habla de "integrar la pluralidad". Tampoco me satisface decirlo, pero, de hecho, se está cerca de correr hacia una identidad de tránsfugas, como ocurrió en Cataluña con el tránsito hacia ICV, proyecto cuya fundación -se recordará- se inició con una jura de Santa Gadea sobre la historia del PSUC, para culminar arteramente, después, en un enternecedor ecosocialismo . En Cataluña, el secuestro, primero, y, después, el asesinato furtivo del PSUC, todavía se está pagando, aunque hoy se haya recuperado parcialmente ese partido, partiendo de una casi absoluta falta de recursos: todo el patrimonio histórico del PSUC se utilizó para crear esa organización verde que hoy es ICV.
Llegar a acuerdos con otras fuerzas, más o menos afines, no debe limitar la discusión y la confrontación de posiciones políticas. Por eso, en rigor, hay que señalar que el propio éxito de esa organización de tránsfugas que es ICV -debe recordarse que casi todos los miembros de su dirección eran militantes del PSUC y se declaraban comunistas hasta no hace mucho tiempo- es una entelequia más: consolidar un limitado espacio electoral, haber conseguido sobrevivir no como lo que se era, sino como otra cosa, ¿acaso puede considerarse un éxito? Claro que ¿qué iban a decirnos los dirigentes de ICV? ¿Que en el viaje de tránsfugas hacia la supervivencia política a cualquier precio han adoptado el traje ideológico que han creído más adecuado? Porque lo cierto es que, más de diez años después del inicio del viaje propuesto por Rafael Ribó, ni siquiera ellos mismos se reconocen. Aunque deban componer la figura, qué remedio. Entiéndaseme: no reprocho a Ribó que pasase de ser comunista a ser ecosocialista , como no le reprocharía que se convirtiera en liberal, en budista o musulmán: el derecho a la evolución personal es irrenunciable. Le reprocho, a él y a sus continuadores, la mentira, la falsificación, la vulneración de las normas democráticas (¡diez años sin convocar el congreso del PSUC!), el engaño en cuanto a los objetivos que decía perseguir. Pero, ¿quién recuerda hoy a Ribó?
Es bien cierto que, entre algunos críticos de Llamazares, como Rejón, su respuesta no ha sido muy edificante. Pero que, personalmente, su opción me parezca un disparate, no quita para que su marcha sea una demostración más, reveladora, del estado de agotamiento del proyecto de Izquierda Unida, y esa responsabilidad no puede ser eludida por la actual dirección de Izquierda Unida, por mucho que las palabras de algunos recuerden la actitud de Carlos Carnero, quien fue responsable de relaciones internacionales de Izquierda Unida y uno de los inspiradores de la política europea e internacional de la organización, y que la abandonó ¡declarando su desacuerdo con la política que él mismo había elaborado! En la trastienda, como tantas veces, su temor a no seguir siendo diputado en el Parlamento europeo: su marcha al PSOE fue recompensada con su continuidad en un escaño en Estrasburgo.