La Bienal de Berlín no intenta ofrecer una perspectiva neutral y plural del panorama artístico actual, sino que se presenta más bien como una actitud y una predilección estética. En el Kunst-Werke Berlin, la personalidad de los comisarios, Adam Szymczyk y Elena Filipovic, no se deja sentir muy directamente, marcando tan solo unas líneas estéticas, pero permitiendo que las obras hablen más por sí mismas. Sin embargo, la elección de los otros tres espacios expositivos, la Neue Nationalgalerie, el Skulpturen Park y el Schinkel Pavilion, con su historia y su carga simbólica, define un contexto que orienta intensamente el sentido de las obras.
Inaugurada en 1968 a cuatro pasos de la, por aquel entonces, devastada zona de la Potsdamer Platz y del muro, la Neue Nationalgalerie de Mies Van der Rohe se erigía como uno de los últimos hitos de la modernidad y como una arma simbólica de la cultura democrática occidental frente a la dictadura. Justo cuarenta años después, las obras expuestas parecen querer reaccionar frente a este símbolo ideo- lógico. De este modo, el conjunto de obras aquí presentado se muestra, más que como una disposición armoniosa con respecto al espacio, como el "mobiliario" que Mies nunca podría haber deseado. Obviando algunas obras irónicamente kitsch, en general, se trata de piezas secas, fragmentadas, muy opacas.
En la entrada, al lado del puño comunista del polaco Piotr Uklański, el francés Cyprien Gaillard ha plantado la escultura de un gran pato de bronce que ha rescatado de las ruinas de un barrio parisino de viviendas sociales en demolición, señalando, así, el contraste entre los valores que desaparecen (la vivienda) y los que sobreviven (el museo) en una misma época. La iraní Nairy Baghramian, en la obra La colonne cassée (2008), sitúa dentro y fuera del edificio dos superficies enfrentadas en forma de "l". Parecen simétricas, pero los orificios practicados en cada una de ellas no encajan con los que muestra su pareja, y rompen así la idea de transparencia entre interior y exterior. La suiza Pamela Rosenkranz pone una nota siniestra con Im Widerstand gegen die Gegenwart (En oposición al presente, 2008): cuatro mamparas llenas de imperdibles y, frente a una de ellas, una peluca de mujer de ridículas dimensiones. El norteamericano Paul Sietsema se dedica a mostrar la pérdida de actualidad de figuras míticas de la historia, en un vídeo donde éstas aparecen representadas mediante mudas piezas arqueológicas. La también estadounidense Susan Hiller, en una de las mejores obras que pueden verse aquí, reproduce fragmentos sonoros de canciones, charlas, monólogos, listas de nombres, etc. de hablantes de algunas de las tantas lenguas en extinción o ya desaparecidas. Sobre una pantalla negra, el único elemento visual que se ofrece es el subtítulo de la traducción al inglés. Estas lenguas son también sometidas así a la colonización de la cultura occidental moderna.
El Skulpturen Park consiste, en realidad, en algunas parcelas bastante céntricas, en el barrio de Kreuzberg, que algunos artistas llevan interviniendo desde hace unos años y que nadie sabe exactamente cuándo van a desaparecer bajo el hormigón. Por ahí en medio pasó el muro y actualmente solo quedan ruinas, malas hierbas y las sendas de los centinelas. Es un lugar con historia, pero no se erige como simbología de nada; es más bien un lugar vacío o, mejor, abierto y potencialmente rico en sentidos. De modo análogo a como sucede con las obras mostradas en la Neue Nationalgalerie, aquí los artistas también han simpatizado con este entorno, lo han intervenido y han integrado en él obras de land art o bio-art , han utilizado andamios, escombros y residuos, han trabajado sobre el muro, etc. Por lo general, como resultado pueden verse obras poco o nada atractivas, experimentales y sin resolver. Pero la excursión merece la pena y, después de haber pasado todo un día en el interior de las salas de exposición, casi se agradece su carácter ambiguo, descentrado, potenciador de espacios donde reflexionar sobre el pasado del sitio y su incierto futuro.
Kilian Rüthemann, de Suiza, ha cavado en Stripping cerca de 300 agujeros semicirculares de 30 centímetros de profundidad en un área de 10 metros por 30, convirtiendo esta parte del descampado en una retícula geométrica con presencia propia que se opone oblicuamente a una de las antiguas sendas de vigilancia. Para la obra titulada Steelkill , la argentina Luciana Lamothe ha construido un andamio del que cuelga un cartel con la foto del mítico Palast der Republik socialista, edificio central de la República Democrática Alemana, en su actual estado de demolición (en su lugar, construirán un centro comercial que utilizará las fachadas del antiguo palacio prusiano). En un cartel superior se lee: "Panel de anuncios". Irónico, pero también previsible. En una caseta se puede encontrar una de las obras más elocuentes y, sin duda, la más tragicómica. El noruego Lars Laumann ha realizado un documental sobre fetichistas del muro de Berlín, personas que confiesan abiertamente amar esas piedras y explican su relación amorosa con ellas.
Finalmente, la pequeña exposición del Schinkel Pavilion, incomprensible invención neoclásica construida durante la existencia de la rda, cambia cada dos semanas. La muestra presentada actualmente, de poco interés, incluye piezas de decoración y diseño que contrastan con el estilo arquitectónico de la sede. Considerando la bienal globalmente, se ha apostado de modo evidente por artistas poco establecidos y por una estética gris, desapacible y con cierto regusto amargo. Estas obras muestran la trágica y enfermiza historia berlinesa, y entran en diálogo con ella.
Pol Capdevila
The Berlin Biennale does not attempt to offer a neutral and plural perspective of the contemporary artistic panorama. Rather, it demonstrates an attitude and an aesthetic predilection. At the Kunst-Werke Berlin, the personality of curators Adam Szymczyk and Elena Filipovic cannot be perceived directly; they have merely marked a few aesthetic lines and let the works speak for themselves. Nevertheless, the choice of the other three exhibition venues, the Neue Nationalgalerie, the Skulpturen Park and the Schinkel Pavilion, with their history and symbolic load, intensely orients the meaning of the works.
Opened in 1968, a stone's throw from the, then, devastated area of the Potsdamer Platz and the Wall, Mies Van der Rohe's Neue Nationalgalerie emerged as one of the last landmarks of modernity and as a symbolic weapon of the western democratic culture that defied the dictatorship. Exactly forty years later, the works on show seem to attempt to react to this ideological symbol. Thus, the ensemble of works on show within move away from a harmonious structure that interacts with the space, to appear as the "furniture" that Mies could never have desired. Apart from several ironically kitsch works, in general, these are dry, fragmented and very opaque pieces.