Una vez despejada, tras las elecciones generales, la incógnita sobre el próximo Gobierno de España, y dado que es previsible la continuidad de los ministros de Cultura y de Asuntos Exteriores y Cooperación en sus respectivas carteras, es de esperar que muchos de los temas que quedaron momentáneamente pospuestos por las elecciones se retomen. Uno de ellos, que afecta a ambos ministerios, es el de la promoción de la cultura española en el exterior, asunto que preocupa especialmente al mundo del arte, un sector desconcertado por la poca presencia y consideración que se tiene del arte español a nivel internacional y que considera que el problema radica fundamentalmente en una estructura estatal administrativa mal articulada y poco eficaz. Sin embargo, la raíz del problema no reside exclusivamente ahí. Otros ámbitos culturales, como el cine, la literatura o la música, viven aquejados de un mal similar, pero reaccionan con el ejercicio de la autocrítica y con el examen de la calidad de sus propias producciones con respecto a las de otros países. Esta actitud, como todos sabemos, no se da en el mundo del arte español, donde nadie osa poner en duda las excelencias de lo que se produce, se expone y se vende en España. Además, la expresión "proyección exterior del arte español" enmascara un sentido último al que nadie quiere hacer referencia de forma explícita, y que es el de "mercado exterior". Pero es que a ese mercado, necesario, no se accederá nunca con meros cambios en la estructura administrativa del Estado, ni con la creación de instituciones a imagen y semejanza de las que poseen otros países, aquejados, paradójicamente, del mismo complejo. Hace falta, también, calidad.
Gracias a su nivel de calidad, se da la curiosa circunstancia de que el arte brasileño, al igual que su música, traspasan fronteras sin contar con apoyo político ni institucional. Basta observar cómo en la última Bienal de Venecia, frente a la muy escasa presencia española -solo participó un artista español-, se alzó la numerosa presencia brasileña: Waltercio Caldas, Iran do Espírito Santo, el grupo Morrinho, Elaine Tedesco, Paula Trope y el desaparecido Leonilson. En la Documenta de Kassel ocurrió algo parecido. Sin contar con la tonta inclusión de Ferran Adrià haciéndose pasar por artista -ni con la de Íñigo Manglano-Ovalle, que se presenta a sí mismo como estadounidense, o la de la artista argentina radicada en Barcelona Sonia Abián-, la representación española quedó reducida al desaparecido Jorge Oteiza y a Ibon Aranberri. Pudo verse, en cambio, obra de los fallecidos Luis Saciloto, Mira Schendel y Mauricio Dias (del dúo Dias & Riedweg), y también de Ricardo Basbaum, Jorge Mario Jáuregui e Iole de Freitas. La presencia brasileña triplicó, así, a la española.
Estos hechos se repiten sistemáticamente en diferentes eventos, ferias y publicaciones de alcance internacional, y deberían hacernos reflexionar desde otra perspectiva sobre el origen de las dificultades que encuentra el arte español para saltar a la arena de los eventos internacionales.
Promoting art abroad
Now that the general elections have cleared the mystery regarding the next Spanish Government, and given that the Ministers of Culture and of Foreign Affairs and Cooperation will most likely continue in their respective positions, many of the topics that were momentarily postponed by the elections will supposedly be taken up again. One of them, which concerns both ministries, is the promotion of Spanish culture abroad, an issue that particularly worries the art world, a sector that is nonplussed by the scarce presence and consideration given to Spanish art on an international level, and which considers that the problem lies mainly in the administrative structure of the State which has a flawed configuration and is barely effective. However, the root of the problem goes beyond that. Other cultural spheres, like cinema, literature or music, suffer from a similar illness, but react using self-criticism and by examining the quality of their own productions compared to foreign creations. As we all know, this attitude does not apply to the Spanish art world, where no one dares question the excellent qualities of what is produced, shown and sold in Spain. Furthermore, the expression "promoting Spanish art abroad" conceals an ultimate sense which nobody wants to refer to explicitly, namely the "foreign market." In
fact, that (necessary) market will never be accessed by merely enacting changes in the administrative structure of the State, or by creating institutions that mirror those existing in other countries, which, paradoxically, suffer from the same complex. Quality is, also, needed.
Funnily enough, given their quality, Brazilian art, and music, have been able to go beyond borders without relying on political or institutional support. For instance, take the scarce Spanish presence at the last Venice Biennial -only one Spanish artist was invited- and compare it to the vast number of Brazilian creators: Waltercio Caldas, Iran do Espírito Santo, the Morrinho group, Elaine Tedesco, Paula Trope and the late Leonilson. Similarly, without the silly incorporation of Ferran Adrià pretending to be an artist -or Íñigo Manglano-Ovalle, who considers himself American, or Argentinean artist living in Barcelona Sonia Abián-, Spain was only represented at the Kassel Documenta by the late Jorge Oteiza and Ibon Aranberri. However, Brazil was represented by the late Luis Saciloto, Mira Schendel and Mauricio Dias (from the duo Dias & Riedweg), and by Ricardo Basbaum, Jorge Mario Jáuregui and Iole de Freitas. Thus, there were triple the amount of Brazilian artists compared to Spanish creators.
These figures are repeated systematically in different events, fairs and publications with an international circulation, and should make us take a different perspective to consider the origin of the difficulties that Spanish art encounters when it comes to taking the leap into the arena of international events.
Translation: Laura F. Farhall