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Lápiz. Revista Internacional de Arte 237-238 Lápiz. Revista Internacional de Arte

En la cuerda de la mercancía

por Piedad Solans
Lápiz. Revista Internacional de Arte nº 237-238, Noviembre / Diciembre 2007

Número de páginas: 8
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Sin embargo, un artista que no participa en los mecanismos visibles del mercado, simplemente no existe. Su existencia es precaria; el alcance de su obra, limitado, y la publicidad de su imagen, circunscrita a ámbitos reducidos, es utilizada como aglutinante para dotar a la ciudad de una marca artística que atrae el capital, mientras que en realidad se les provee de escasos medios para su mantenimiento o para la producción de obra, se recortan o eliminan presupuestos que los apoyen o se les abandona a su suerte. En estos casos, la imagen sociocultural del artista es manipulada sin escrúpulos para afirmar la imagen de la institución política, que se remite a una inversión de propaganda y prestigio (en las dictaduras, de exaltación del dictador; en las democracias, de votos para las elecciones y publicidad en los media ), magnificando al partido de turno y a las empresas financiadoras. Lo mismo ocurre en ferias, bienales y macroexposiciones, donde una larga lista de nombres de artistas, conocidos y desconocidos, engruesan los catálogos y folletos publicitarios con vistas a atraer, en competencia con otros eventos de masas de la sociedad del espectáculo, el mayor número de visitantes. Sin embargo, una vez realizada la inauguración -con asistencia de autoridades y numeroso público-, la capacidad crítica de los artistas es ignorada o silenciada, evidenciándose su ausencia en debates colectivos en los que se dirimen problemas artísticos, urbanos, políticos y socioculturales. La fuerza crítica de los artistas queda paralizada por el contexto y por un espacio normativo, cuyo significado, si bien la obra rompe, es simultáneamente silenciado o neutralizado por el aparato burocrático y didáctico. La serie de huelgas secretas, Secret Strikes , realizada por Alicia Framis en diversas empresas e instituciones públicas como la Tate Modern de Londres, la empresa Inditex, el cap de Burdeos o la sede de un banco en Utrecht, en las que trabajadores y público quedan detenidos, interrumpiendo toda acción, mientras la maquinaria productiva y la cámara siguen trabajando, evidencian la parálisis interna que la técnica y la economía producen en sus propios operarios, así como el secreto deseo de éstos de boicotearla con la inacción.
Los artistas, a lo largo del siglo xx , han adoptado diferentes posturas, críticas o afirmativas, con respecto a su posición en la sociedad, bien con la supresión de la figura del artista como productor -poniendo, desde el Dadaísmo al Minimalismo y el land art , el énfasis en la ejecución impersonal de la obra-, bien confirmando el mito, como Picasso, Warhol o los neoexpresionistas alemanes, en el culto a la personalidad, el narcisismo y la genialidad del creador. Ambas posiciones son hoy evidentes en numerosos artistas que luchan por sobresalir y adquirir una identidad entre la masa que en diversos niveles competitivos puebla la escena artística tanto como en aquellos artistas que están ya consagrados. En cualquier caso, participan de una cultura de masas que les beneficia. Ya a finales de los sesenta, Pierre Restany advirtió: "Abandonando el viejo concepto del objeto único, del ‘producto de lujo' para uso individual, el artista está ahora inventando un lenguaje nuevo de comunicación entre los seres humanos. Renunciando a su papel ambiguo de aventurero marginal y productor independiente, el artista está preparado para su papel dominante: la organización del ocio". Lo que Adorno llamó "un mundo administrado", evidenciando la dominación de la economía capitalista sobre la naturaleza y la conversión de la cultura en industria y mercado cultural, incluye la producción del artista, que deviene empresario para gestionar su obra. Como dicen Joost Smiers y Marieke van Schijndel en un artículo titulado "Imaginando un mundo sin copyright", "debemos admitir que los artistas son empresarios. Ellos son los que toman la iniciativa de moldear unos trabajos determinados y ofrecerlos a un mercado". Como cualquier trabajador, el mercado obliga al artista a entrar en un circuito administrativo y fiscal de pagos de facturas, impuestos, cálculo de ganancias, derechos de autor y Seguridad Social, al tiempo que la financiación de su obra por las instituciones y el cobro o fee por su trabajo le permiten desarrollar proyectos para museos y espacios públicos de gran envergadura, como en el caso de Richard Serra en el Guggenheim de Bilbao, el de Bill Viola con la producción de Tristán e Isolda para la Ópera de París o el de Anish Kapoor en la Tate Modern de Londres. Requieren asistentes, viajan incesantemente, editan catálogos de su obra, vídeos, imágenes digitales y páginas web ; redactan sus currículos y trabajan con equipos formados por arquitectos, ingenieros, curadores, técnicos de iluminación, sonido y montaje, etc. Utilizan como herramientas los instrumentos tecnológicos creados por los ingenieros y proyectan obras y exposiciones por ordenador, al tiempo que son usuarios y consumidores de programas informáticos. Su visualidad y su sintaxis se identifican, con una distancia crítica e irónica en el mejor de los casos, con la televisión, el cine, la publicidad fotográfica, el diseño y las páginas web . A través de la técnica, se introducen en la estética de mundos virtuales, en la fábrica de imágenes y en la industria del espectáculo, produciendo, en el peor de los casos, un arte de efectos ambientales, a juego con el entorno. Sus identidades son múltiples: del artista "filósofo", inspirado en unas cuantas citas de Platón, Foucault y Deleuze, al que participa en el complot del arte y la pornografía de las imágenes; del que sigue la cultura del amusement y de la fiesta, del artista que reivindica el deseo y la sexualidad gay, lesbiana o queer , al que asume la defensa de colectivos marginales, denunciando la violencia, atribuyéndose el papel de una ong o relatando la crónica de la catástrofe. Las posiciones que adoptan los artistas de hoy están imbricadas en una sociedad que permite su presencia como un residuo del sentido.
On the merchandise tight rope
Tennis player Rafael Nadal stares out at us from a book cover. Young, strong, handsome. The title: Rafael Nadal. A biography. Other covers bear portraits of Picasso, Joan Miró and Andy Warhol, who are neither young, nor strong nor handsome. They are artists.
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