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LÁPIZ Revista Internacional de Arte

La simpleza / Simplicity

por Vivianne Loría

LÁPIZ Revista Internacional de Arte nº 235, Julio 2007

Éste ha sido un fin de temporada muy movido en el mundo del arte. En nuestro caso, después de descubrir que el peor pabellón nacional de I Giardini en la Biennale di Venezia era el de España –apenas alcanzado por Canadá en su exasperante mediocridad–, hemos padecido una travesía del desierto en la deplorable Documenta 12 de Kassel, donde la ausencia de buen arte y buen hacer curatorial amenaza con socavar ir reme diablemente la buena fama de este evento.

En ambos casos, el arte español ha salido muy mal parado. En el Pabellón de España en Venecia, encontramos una difícil amalgama de obras del fotógrafo Manuel Vilariño, del inexperimentado Rubén Ramos Balsa, del cineasta José Luis Guerín y de una pareja de malos comediantes llamados “Los Torreznos” (nombre a primera vista más apropiado para una taberna de mala muerte en una calleja olvidada de la España profunda, pero que se revela perfectamente adecuado a la calaña de lo que proponen sus portadores). Éstos últimos dieron la nota la noche de la desorganizada fiesta del Pabellón de España en el Palazzo Zenobio, en Venecia, en donde presentaron una infame pseudo performance (que dio paso a un bufet al que se lanzaban los hambrientos asistentes como una jauría). Resultaba imposible no sentirse soliviantado ante el indignante espectáculo elevado al nivel del arte gracias a la esclavitud de la promoción de las comunidades autónomas llevada a sus más absurdas consecuencias.

En lo que atañe a la Documenta 12, en España se ha mostrado desde el principio una tibia reacción a un oprobio de los más crispantes que pueda haber urdido la cabeza de un memo: la selección de un cocinero como si fuera lo mejor que ofrece el medio artístico español. Recordemos la aseveración, hace unos meses, del director de la Documenta 12 sobre su decisión de incluir al chef Ferran Adrià en la exposición: “Hoy no hay nadie en España, de esa generación, que se pueda comparar con su nivel de inteligencia formal”. Roger M. Buergel invitó a Adrià a participar en la Documenta pensando que había tenido una genial idea. Al parecer, también los acólitos de Adrià creyeron que sería una brillante idea que la cabeza visible de ese entramado de negocios que representa el cocinero tomara parte en un evento artístico, aunque hasta hoy todos ellos han demostrado no tener ni idea de qué es eso de la Documenta. No se cansan de hablar de la “feria” Documenta, al igual que los desinformados periodistas de la prensa generalista. Muy mal ha desempeñado Buergel su papel si ni siquiera ha conseguido explicarle a Adrià y a su cohorte que la Documenta no es una feria de arte. Precisamente el detalle del séquito que siguió a Adrià hasta Kassel es uno de los más curiosos de cuanto rodea a esta triste ocurrencia. Colaboradores, colegas (Juan Mari Arzak y sus hijas, Andoni Luis Aduriz...) viajaron todos juntos a Kassel para los días del preview . ¿Será ese multitudinario viaje el destino que han tenido las “ayudas” que la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior ( seacex ), el Ayuntamiento de Roses y el Patronato de Turismo Costa Brava Pirineu, además de Caixa Girona, han aportado para la participación fantasma de Adrià en la Documenta? Eso, aparte de la bobada, que algunas de estas entidades están costeando, de invitar desde Kassel a dos personas a comer al restaurante de Adrià en lo que dure la Documenta. Así, el restaurante de Adrià será durante los tres meses de la Documenta un “pabellón” deslocalizado de la muestra, lo que Buergel se ha creído que es un invento suyo muy original, como también se cree que lo es el pintar las paredes de las sedes de exposición de colores o disponer arte moderno y contemporáneo junto a piezas históricas...

En lo que refiere a Adrià, es evidente que lo mucho que sabe de cocina lo ignora sobre el arte, y seguramente sobre la alta cultura en general. De lo contrario, habría desconfiado de la necia propuesta de Buergel. En cambio, Adrià se ha querido autoconvencer de que un documental sobre su restaurante en la cadena Arte y unas cuantas iniciativas interesadas –como la exposición de obras de segunda relacionadas con sus platos que se puede ver hoy en Barcelona en una galería desconocida– son ya aval suficiente para ingresar en la historia del arte. Ni Buergel ni Adrià ni los colaboradores del cocinero se dan cuenta de que la historia del arte de estos tiempos no se escribirá con lo que publican los rotativos. Como buen ídolo de pies de barro, Adrià se ha dejado atrapar por el torbellino de su propia fama. Y Buergel, jactándose, ingenuo, de lo que ha conseguido aprender del arte, se ha limitado a proferir la frase –reproducida hasta la saciedad en los grandes medios de comunicación–: “La pregunta de qué es arte y qué no lo es dejó de tener importancia hace tiempo”... No se ha enterado Buergel de que esa pregunta sigue tan fresca como en los primeros tiempos en que el arte plástico entró en el Olimpo de las grandes manifestaciones artísticas, allá por las postrimerías del siglo xv . Es, de hecho, la cuestión que alimenta los más ricos debates de la teoría del arte desde mediados del siglo xx . Pero Buergel ha decidido hablar para los medios de gran tirada y ha aspirado a atraer a Kassel a la televisión y los medios especializados en turismo y gastronomía gracias a la maniobra mediática de poner el nombre de un cocinero estrella entre nombres de artistas. ¿Qué le puede importar que esta Documenta 12 pase a la historia del arte como un peligroso síntoma de la precipitación al abismo de ese gran evento? Por su parte, Adrià se ha creído que con esta estratagema le coronarían con los laureles de haber llevado la cocina al altar de la más elevada cultura. ¿Existe un arte culinario ? Quizás. Pero, ¿es asimilable a las artes visuales? Da vergüenza que siquiera se haya pretendido plantear tan barato argumento en un evento que, como Documenta, se había convertido en los últimos treinta años en el escaparate por excelencia de las soluciones y discursos estéticos más sofisticados del mundo del arte occidental.

Simplicity

The season went out with a bang for the art world. In our case, after discovering that the worst national pavilion at I Giardini in the Venice Biennale was the Spanish proposal –with the Canadian Pavilion coming in at a close second with its exasperating mediocrity– we then endured a desert crossing during the deplorable Documenta 12 in Kassel, where the absence of good art and good curatorial work threatens to inevitably undermine the event's good fame.

In both cases, Spanish art is left in a very bad place. The Spanish Pavilion in Venice accommodates a difficult amalgam including works by photographer Manuel Vilariño, an inexperienced Rubén Ramos Balsa, filmmaker José Luis Guerín and a duo of bad comedians called “Los Torreznos” (in Spanish the name means “rashers of bacon” and would seemingly be more suited to a grotty canteen in a long-forgotten street in the heart of Spain, although it actually goes perfectly with the duo's horrible proposals). The latter made a spectacle during the unorganised party staged by the Spanish Pavilion at the Palazzo Zenobio, in Venice, where they presented a loathsome pseudo performance (which gave way to a buffet that the starved attendants jumped on like a pack of hounds). It was impossible to not feel rebellious after watching that outrageous show elevated to the level of art by the slavery of promoting autonomous regions taken to its most absurd consequences.

As regards Documenta 12, from the outset Spain showed a lukewarm reaction to one of the most annoying dishonours to be concocted by an idiot: the selection of a chef as the best option from the Spanish artistic medium. It is important to recall the affirmation made, a few months ago, by the director of Documenta 12 regarding his decision to include chef Ferran Adrià in the show: “Currently, no one in Spain, from that generation, can compare to his level of formal intelligence.” Roger M. Buergel invited Adrià to take part in Documenta thinking that he had had a brilliant idea. It seems that Adrià's acolytes also thought it would be a great idea for the visible head of the business fabric that the chef represents to take part in an artistic event, although to date none of them have proven they have any idea of what that Documenta is. They incessantly talk about the Documenta “fair,” as do the uninformed journalists from the general media. Buergel has done a very bad job if he has not even been able to tell Adrià and his cohorts that Documenta is not an art fair. Precisely the detail of the entourage that followed Adrià to Kassel is one of the most curious among all the incidents that surround this sad event. Contributors, colleagues (Juan Mari Arzak and his daughters, Andoni Luis Aduriz...) all travelled to Kassel for the days of the preview . Was this multitudinous trip paid for by the “grants” that the State Society for Foreign Cultural Action ( seacex ), the Council of Roses and the Costa Brava Pirineu Tourist Board, as well as Caixa Girona, provided for Adrià's ghost participation in Documenta? Not to mention the foolishness, which some of these institutions are paying for, of taking two people from Kassel to eat at Adrià's restaurant for the duration of Documenta. Thus, during the three months Documenta is on show, Adrià's restaurant will be a delocalised “pavilion,” which Buergel has believed to be a very original invention of his, the same as painting the walls of the exhibition venues in bright colours or positioning modern and contemporary art alongside historical pieces...

As regards Adrià, obviously his extensive knowledge on gastronomy is comparable to his ignorance regarding art, and most certainly about high culture in general. Otherwise he would not have trusted Buergel's brainless proposal. Conversely, Adrià has wanted to convince himself that a documentary about his restaurant on the channel Arte and a few interested initiatives –like the exhibition of second-class works linked to his dishes currently on show in Barcelona at an unknown gallery– are already proof enough to enter art history. Neither Buergel nor Adrià nor the chef's contributors realise that art history in our times will not be written using what is published in the papers. Like all idols with feet of clay, Adrià has let himself get caught up by the whirlwind of his own fame. Buergel, bragging, naïvely, of what he has learnt from art, simply uttered the words –which have been reproduced over and over again in the media–: “The question of what is and what is not art stopped being important a long time ago”... Buergel has not heard that that question is still as fresh as when it first emerged, when plastic arts entered the Olympus of major artistic manifestations, back in the late 15 th century. It is, in fact, the issue that has been fuelling the wealthiest debates since the mid-20 th century. Yet Buergel has decided to talk to the mass media and has aspired to attract television and media specialised in tourism and gastronomy to Kassel thanks to the manoeuvre of placing the name of a renowned star chef among the names of the artists. What is it to him if this Documenta 12 goes down in art history as a dangerous symptom of the downfall of this grand event? Adrià, on the other hand, has thought that with this stratagem he would be crowned with the laurels of having taken cooking to the most elevated altar of culture. Is there a culinary art? There may be. Yet, can it be compared to visual arts? It is embarrassing to see a curator attempting to support such a cheap argument at an event, like Documenta, which over the last thirty years had become the quintessential showcase of the most sophisticated solutions and aesthetic discourses in the Western art world.

Translation: Laura F. Farhall

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