La obra de Anton Henning constituye el mejor remedio contra los actuales vientos de locura a favor de la pintura romantizante y charlatana, sobre todo de Alemania, y más concretamente de Leipzig. Desde sus inicios, Henning no ha dejado de jugar en todos sus cuadros -pasando de un realismo a lo Courbet a una tapicería mondrianesca- y de multiplicar los géneros que aborda, pasando de la pintura a la fotografía, de la escultura al vídeo, hasta llegar a producir muebles para exhibir salones enteros. La actual exposición que le dedica el Stedelijk Museum voor Actuele Kunst ( smak ) de Gante, que se clausura a finales de abril, representa la cumbre de veinte años de trabajo.
Desde que el mercado ha ganado la partida contra las vanguardias y dicta el discurso, el medio del arte funciona del mismo modo que el capitalismo en general: de manera cíclica. Tras una crisis bursátil llega un período de euforia, tras una locura desenfrenada por la pintura sigue una época de entusiasmo por la escultura y después por la fotografía, y así, quién sabe, por el vídeo. La discusión sobre el medio ha sustituido al debate de las ideas. De este modo, los medios artísticos declararon, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, el fin de las vanguardias y el retorno de la pintura. Por tanto, acabamos de experimentar el segundo retorno al valor mercantil más seguro: la pintura, a pesar de que, desde la feria Artforum Berlin 2006, los visionarios han anunciado ya el retorno de la escultura.
Los que todavía recuerdan el supuesto retorno a la pintura de hace más de veinte años son perfectamente conscientes de la brevedad de la vida artística de autores como Rainer Fetting, Elvira Bach, Luciano Castelli, Rémy Blanchard o Siegfried Anzinger. Sin embargo, Christoph Joachimides, curador de grandes exposiciones en los años ochenta, como New Spirit in Painting o Zeitgeist , declaraba en 1982 a quien quisiera escucharlo que Rainer Fetting era el nuevo Matisse. Como era de prever, la historia le ha llevado la contraria.
Pero he aquí que los pintores alemanes se sitúan de nuevo en la primera línea de un mercado que, entretanto, se ha globalizado. Evidentemente, la historia no se repite (de ser así, el drama se convierte en comedia), pero resulta interesante constatar que Anton Henning se encuentra actualmente en el punto en el que se encontraba hace más o menos veinte años Martin Kippenberger. Es decir, no en un primer plano del escenario, sino en el backstage , más reconocido por artistas y críticos que por el gran público. Incluso si los dos universos son bastante divergentes ( trash en el caso de Kippenberger, excelencia artesana en el caso de Henning; incorrección política en Kippenberger, erotismo latente en un mundo caduco en Henning), su posición en el escenario alemán es la misma: "semiconfidencial" (basta con recordar que Kippenberger solo conoció la celebración museística después de muerto). Claro está, la referencia a Kippenberger no es baladí. Ambos artistas se inscriben en el legado dadaísta, siguiendo la línea Berlín-Dada-Picabia-Polke, con un humor que chirría, una producción desbordante y un abanico que abraza todos los medios de expresión posibles.
Anton Henning debutó con los años noventa y su pintura sigue estando marcada por los posibles neoexpresionismos que causaron estragos durante los años ochenta (su primera exposición se remonta a 1988). Pero su pintura no es ni placentera, ni cultivada, a pesar de lo que toma prestado del manierismo y de sus referencias a Miró, Guston, e incluso a Picasso, todo ello enmarcado en una ciudad -Nueva York- dominada por los Basquiat y otros Schnabel. Por el contrario, la pintura de Henning es furiosa, torturada, informe, sombría por momentos, primitiva, irreverente, brutal, impulsiva, rápida y, seguramente, angustiada. En resumen, Henning es, a finales de los años noventa, un joven pintor rabioso de 26 años que pronto sumará once exposiciones individuales, ninguna de ellas en Berlín, que es, sin embargo, su ciudad. Sus piezas mostradas en 1990 en Ámsterdam, Frankfurt y Viena incluyen algunos lienzos tapizados con mapas y reproducciones de cuadros antiguos; además, despliega, aquí y allá, fotografías de nudistas. Unos años más tarde, pinta incluso figuras caricaturescas y motivos decorativos exclusivamente sobre fotografías de gran formato, de 139 x 169 centímetros.
Hacia finales de la década, su paleta se animó, las formas se hicieron más legibles, la abstracción comenzó a coquetear abiertamente con procedimientos ornamentales y la serie de las carátulas de discos adquiere líneas de color propias del hard-edge , incluso de Noland, pero sin la rectitud geométrica de esta tendencia. Mientras tanto, los nudistas, seguidos de actrices principiantes, empiezan a habitar su pintura al óleo. Una forma helicoidal, que Henning denomina "Hennling", una especie de hoja de trébol, está cada vez más presente, como un parásito, en sus pinturas, ya sea como tatuaje, tampón, piercing , logotipo, papel pintado, pendiente, o incluso como monumento o escultura exterior ante el antiguo Palacio de la República de la difunta rda , destruido rápidamente para ser sustituido -¡oh, cumbre del kitsch de la nueva República!- por una réplica del castillo rococó Stadschloss.
El universo kitsch se impone cada vez más en la pintura de Henning, desde los ramos de flores para la abuela hasta la abstracción geométrica inhabitada. Instalado desde su regreso de Nueva York entre Berlín y Manker y posteriormente asentado en esta última localidad, en la Marca de Brandenburgo, a sesenta kilómetros de la ciudad, empieza a pintar praderas, puestas de sol, vacas en los prados o un idílico riachuelo, y autorretratos, incluido uno al estilo de Courbet, pintor que lo acompaña un buen trecho del camino, al menos hasta La rencontre (en el que Courbet y su coleccionista, Alfreed Bruyas, tienen en sus manos un "Hennling" cada uno). Si bien en sus inicios emulaba el espesor de las texturas de los pintores de Cobra, el toque campestre de Henning es tan espeso como el de su nuevo "padrino", el fundador del realismo. Si la pintura corroe al artista como una droga, lo que lo salva es su humor digno de un Baader, incluso su capacidad de burlarse de sí mismo. Un pequeño cómic muestra el "Hennling" avanzando sobre la cumbre de un bloque blanco, antes de perder el equilibrio y aplastarse contra el suelo. Los nueve lienzos de pequeño formato (expuestos en 1999 en De coraz(i)ón , en Barcelona) llevan por título The Sudden and Tragic Death of Modernism No. 4 . La escultura titulada Film Noir está constituida por un apilamiento de pequeños lienzos cubierto de diferentes capas de color, pero todas ellas con un último recubrimiento negro, posado sobre una mesa blanca. Su capacidad para burlarse de sí mismo queda patente en una fotografía en la que aparece tres veces en escena en un decorado contemporáneo tipo Ikea, como músico de The Manker Melody Makers (at home) . En un vídeo de estilo mtv , interpreta incluso todos los papeles del grupo pop, concediendo ent revistas y tocando todos los instrumentos él mismo con una música que también ha compuesto él.