Pequeñas catástrofes cotidianas, transgresiones del lugar: en la fachada principal del museo Artium, en Vitoria, un perro levanta la pata y mea en la pared. Es
El perro de Tonetty (2006), una fuente-perro (en la estela del urinario de Duchamp) concebida por Eugenio Ampudia para este centro: un can vulgar realizado en aluminio que lanza incesantemente agua contra el muro por medio de un motor. La engañosa cuestión estética en Ampudia da paso pronto a la reflexiva: el concepto de territorio artístico, la obra de arte como desacralización de su propia definición, y el contexto del museo como espacio de contaminación. El perro, dice Ampudia, "de algún modo señala que el museo, durante el tiempo que exponga en él, es el lugar en el que desarrollo mis estrategias, del mismo modo que el perro desarrolla las suyas sellando con orín su territorio"
[ 1 ] . No es algo nuevo. Pero, al menos, como señala Dan Cameron en un reciente texto sobre su obra, este tipo de prácticas sitúa a Eugenio Ampudia en una generación de jóvenes artistas españoles que, huyendo de la estetización, de la "glorificación de la sensualidad" y de la mercantilización de la obra como un objeto fetichista, propias de la década de los ochenta, realizan un tipo de arte conceptual, irónico-crítico, deconstructor de la significación del arte, de sus iconos y de lo que podría denominarse "estilo"
[ 2 ] . A contracorriente de lo que sucede con una parte de las obras que circulan en el mercado actual, que tratan de eludir, jugueteando, su condición de mercancía y la vacuidad de su sentido si no es en el recinto de la institución, en pro de una idealización -imposible de mantener-, Ampudia extrema el carácter paródico de las piezas, su inutilidad objetual en el ámbito de la institución y su inserción en el circuito de lo que se denomina el "mundo del arte" ya no solo en lo concerniente a la mercancía, sino como un sistema empresarial.
Artistas, obras de "arte", críticos, espectadores, instituciones, mercado y medios de comunicación, propaganda y difusión forman parte de esta empresa dedicada al espectáculo que Ampudia atrapa y despliega (un tanto forzada, o desarticuladamente, en algunas ocasiones, al ser una exposición en parte retrospectiva, y no una producción específica para abordar este "sistema") en una muestra que comprende veintitrés trabajos videográficos, instalaciones, fotografías, obras interactivas y esculturas. Esta exposición, titulada Eugenio Ampudia ...sólo una idea devoradora , muestra el mundo del arte como un aparato digestivo que absorbe, succiona, traga, digiere y finalmente evacua, en un complejo itinerario de transformaciones y mutaciones, cualquier elemento/alimento o idea/icono referente a la obra de arte, y en cuya función todas las partes colaboran, incluido el espectador, que es quien -como en los reality shows televisivos- activa las operaciones visuales, expresivas, fetichistas y de consumo del espectáculo. "Desde que un elemento ingresa en el mercado del arte hasta que sale por otro punto diferente y alejado de aquél", manifiesta Ampudia, "el trayecto es largo. En su seno, todo se junta y, además, las sustancias que ingresan en el sistema son transformadas mediante enzimas, hormonas o ácidos, que extraen lo ‘aprovechable' mientras lo demás se convierte en material defecable." Como señala Jorge Luis Marzo: "Cuando pienso en el título que Ampudia le ha puesto a su exposición, ‘...sólo una idea devoradora', no puedo por menos que pensar en la conciencia del artista ante una estructura artística mediatizada por su implosión, por su bulimia, por su autofagocitación" (Jorge Luis Marzo, "Fantasmagorías en el final del arte", en Eugenio Ampudia ...sólo una idea devoradora , catálogo de la exposición).
Pero, ¿de dónde extrae el artista la capacidad crítica para introducirse en la complejidad de este aparato digestivo? ¿No es éste el espacio del teórico, del crítico, del especialista? ¿No está el propio artista incluido en esta fagocitación ? Más que "artista" -ya que, si se trata de poner en cuestión no de forma moralista, sino irónica, lúdica e iluminadora el aparato y desarticular sus mitologías, también ha de cuestionarse al artista-, Ampudia es un fabricante de sensaciones e ilusiones, un "operario de ideas", un agente intermediario, no interesado en la creación o producción de objetos artísticos -esa contradicción técnica que el arte jamás solventa, y de donde procede su inutilidad estética y sus silenciadas contradicciones-, sino en la administración y transmisión de las ideas, en la puesta en escena en el propio museo del funcionamiento de la empresa, del emporio mercantil, de la fábrica de producción de iconos y significados. Sus obras e instalaciones atienden a diseños o préstamos de ideas de carácter anónimo, que eluden la cuestión de la autoría y la sublimación de la figura del autor, con lo que el artista niega su expresividad para insertarse en un juego de actos y miradas fallidos del espectador hacia lo observado y de la propia obra hacia el lugar de recepción y transmisión. En consecuencia, su actividad se despliega asimismo en la gestión de espacios de net.art, de arte digital y audiovisual; en muestras, como comisario, de arte efímero; en talleres de "tecnologías domésticas", en medios de comunicación y en su propia página web: www.operariodeideas.com.