Rafael Gelman es una figura habitual en las mejores ferias internacionales. Sociable y ocurrente, dista mucho de la tendencia al estrellato que últimamente afecta a muchos coleccionistas. Así, resulta amigable sin ambages ya en el primer contacto, y no teme expresarse con un entusiasmo contagioso acerca de lo que adora o detesta entre lo visto en la feria de turno. Junto a su esposa, Jeannette, Gelman se desplaza por los recintos feriales en busca de la pequeña joya que encaje en el intrigante rompecabezas que es su colección. Como todos los coleccionistas que llevan adelante esta práctica como una especie de doble vida secreta -profesionales liberales o empresarios que son, a la vez y de forma casi oculta, exquisitos buscadores de tesoros artísticos-, los Gelman mantienen una gran discreción en cuanto a las obras que conforman su colección. De hecho, han preferido que no aparezca ninguna reproducida en esta entrevista. Pero, en realidad, esta actitud no responde a ningún celo neurótico de su intimidad. Como explica Rafael Gelman con su franqueza habitual, la situación política en Venezuela, además de obligarle a desplazar buena parte de su colección al extranjero, le impele a no airear sus adquisiciones.
PREGUNTA.- ¿Cómo fueron sus comienzos como coleccionista?
RESPUESTA.- Cuando comienzas a coleccionar a una edad muy temprana, cometes muchos errores, pero éstos van disminuyendo a medida que vas leyendo más, y visitando mejores galerías, además de asistir a ferias, bienales, etc. Al comienzo, mi colección estuvo centrada, sobre todo, en los pintores regionales de la ciudad de Maracaibo, una escuela de dibujo que en alguna ocasión ha representado a Venezuela en la Bienal de Venecia. Posteriormente, me fui inclinando por pintores importantes a escala nacional, para pasar muy rápidamente a interesarme por artistas de relevancia internacional. Al principio, mi esposa y yo estábamos siempre de acuerdo; luego, yo me fui inclinando más hacia la fotografía. Compré entonces una serie de fotos sin que mi mujer lo supiera; descubrió la compra cuando se encontró las piezas en casa. Eso hizo que me viera obligado a alquilar un depósito para guardar aquellas obras con respecto a las cuales no lográbamos un acuerdo. Así, a raíz de esta ocasional falta de acuerdo, llegué a esconder dinero y cheques para, sin saberlo mi esposa, poder comprar ciertas obras, y esto motivó un trabajo que presentó uno de mis hijos en la Universidad de Columbia sobre comercialización y mercadeo. Nunca habían oído allí cosa semejante: que se tuviese que esconder dinero para comprar obras de arte.
P.- ¿Cómo se convierte uno en coleccionista?
R.- No lo puedo explicar, en realidad. Mi padre es ruso, y mi madre es de Marruecos, y es verdad que mi padre tenía un almacén en donde guardaba pinturas de artistas de Rumanía o de Polonia, piezas que a veces costaban cinco o diez dólares, que compraba a un mayorista, quien a su vez las compraba a muchachos jóvenes. Eso era lo único que yo veía. Pero no tuve una "escuela", y tampoco estudié al principio. Fue a partir del noviazgo con mi esposa cuando comencé a comprar arte. Hace ya cuarenta y cinco años, compré una pequeña obra a un estudiante, en la Facultad de Arquitectura -obra que todavía conservo, muy cubista-, y se la regalé a mi entonces novia. Aquella pieza me costó aproximadamente veinte dólares. Posteriormente, a los 23 años de edad, nos fuimos a Europa a hacer un Doctorado, en 1968. Mi suegro me había hecho un regalo para poder viajar, y con el dinero que me sobró me pude comprar, ese mismo año, un linóleo de Picasso, un grabado de Miró, un grabado de Dalí, y un Jean Cocteau, y aún me sobró para comprar la primera obra realmente contemporánea que tuve, que fue un Appel que adquirí en Holanda. Esta obra me costó doce dólares y todavía la conservo. Nos formamos solos como coleccionistas. Hemos estudiado, y creo que hemos llegado a conocer bastante bien el arte actual. Estoy suscrito a muchas revistas de arte, y las leo todas. Creo que de ahí me ha venido esta vocación que realmente no puedo contener. Soy un comprador compulsivo: quiero poseer todo lo que veo -dentro de lo que creo que es bueno-, y así ha sido mi vida como coleccionista.
P.- ¿Descubre interesantes revelaciones leyendo revistas de arte?
R.- Yo creo que la revista es la primera fuente donde se obtiene la información necesaria para saber lo que pasa en arte. Al adquirir una revista española, con un carácter muy universal, como L ápiz , o una revista inglesa, o una francesa, o las americanas -de las cuales hay tres conocidas por todos: Art in America, Art News y Artforum -, te formas una visión del arte contemporáneo que ningún museo ni ninguna feria del mundo te puede ofrecer. Para ser precisos, es en las revistas donde te dicen exactamente por dónde está yendo la cosa. Por eso, para mí, estar suscrito a buenas revistas es algo imprescindible si se desea estar al día de lo que ocurre en el arte contemporáneo.
P.- ¿Qué caso hace de lo que le cuentan los galeristas, a la hora de adquirir una obra de arte?
R.- Bueno, hay galeristas de muchos tipos. Hay unos que son bastante serios, a los que escuchas cuando te dicen: "Mira esta obra, es buena". Si me lo dicen, por ejemplo, Chantal Crousel, Templon, Lelong, o Juana de Aizpuru, les creo, y en verdad les hemos comprado a ellos bastante. Es indudable que hay muchos galeristas serios, y que también hay muchos otros que no merecen la confianza de nadie. A propósito de este asunto, recuerdo cuando una vez visitamos una exposición de Wifredo Lam en la galería Lelong de Nueva York y pedimos el precio de un cuadro; la joven a cargo me dijo que valía 45.000 dólares, a lo que respondí que debía estar equivocada. Ella hizo una consulta en las oficinas y volvió afirmando: "Ése es el precio". Le advertí: "No te quiero robar", pero siguió insistiendo en que valía 45.000 dólares. Entonces entró en la galería Jean Frémon, uno de los dueños de Lelong, y le conté lo que ocurría. Él se sorprendió, y me dijo: "Pues no, esa pieza vale 160.000 dólares". De haber sido yo un bandido, hubiera aceptado el precio, haciendo el negocio de mi vida. Sin embargo, así como en Lelong no se portan de esta forma conmigo, yo tampoco podría aprovecharme de semejante situación. Desde esa fecha, mantenemos una relación de mucha confianza con esta galería.
P.- No obstante, se da también lo contrario, casos de estafa...
R.- Sí, sin duda, se dan también casos de estafa. De hecho, estoy sufriendo ahora uno yo mismo, por parte de una galerista de Nueva York, que me vendió un cuadro falso de Amelia Peláez hace un tiempo. Pedí que me certificaran el cuadro, y el cuadro es, sin lugar a dudas, falso, así que le solicité a la galerista que me devolviera el dinero, a lo que respondió que lo único que me podía devolver eran 8.000 dólares, suma que correspondía a lo que ella había ganado en la operación. Lo triste es que a esta galerista yo le he comprado más de 400.000 dólares en obras, ésa es la magnitud de los negocios que mantenía con ella, de modo que ha perdido un buen cliente.
P.- Aparte de esta experiencia lamentable, ¿se ha arrepentido de haber comprado alguna obra?
R.- No puedo decir que me haya arrepentido... Nunca vendo obras de mi colección. Las conservo todas. Tengo tres casas llenas de obras de arte, en Estados Unidos, y tengo dos depósitos, uno particular y otro especial, donde guardo las cosas muy, muy buenas. Cuando compro, lo hago con plena convicción. En estos momentos, voy detrás de una obra de Thomas Hirschhorn, que aún no he podido conseguir (no la que me gusta, al menos). En Paris Photo, encontré un Allora & Calzadilla que me encantó, y me lo compré. Me muevo de forma muy impulsiva. En todo caso, tengo ahora en mente, además de la obra de Hirschhorn, una pieza de Alain Séchas, del que tengo varios objetos, pero quiero algún otro.
P.- ¿Hay muchas obras por ahí que usted desearía y que no puede adquirir?