El artista oriundo de Hamburgo Wolfgang Strack, cuyo trabajo conceptual se ocupa de los fenómenos del movimiento artístico, describe a este tipo de coleccionistas de forma irónica, a la vez que crítica, como "acumuladores de arte". Lo acertado de esta expresión queda claro en el momento en el que nos damos cuenta de cómo se fotografían los coleccionistas de hoy. Ya no se presentan orgullosos delante o al lado de su pieza favorita, sino que ahora lo hacen en medio, o incluso encima, de las cajas de madera en las que permanece almacenado su patrimonio artístico. (Hemos visto retratados de esta guisa a coleccionistas como Julia Stoschek y la familia Waehlert.) No muestran lo que tienen, sino que su único objetivo es demostrar cuánto poseen. (Son seguramente también ellos los que esperan del coleccionismo más "acceso" que contacto con el objeto.) Si se tratara de zapatos o ropa, en lugar de arte, semejante representación de uno mismo sería casi inimaginable, pues habría que temer que aquel que tuviera el valor de mostrar en su casa lo comprado una vez desembalado podría ser calificado de desmedido y adicto al consumo y, por lo tanto, de enfermo. El hecho de que el arte se considere algo refinado parece conferir a los coleccionistas cierto aire de personas serias, que escapan a la sospecha de que puedan perder el control en algún momento.
Para algunos coleccionistas, su existencia como tales comienza en el momento en el que en su casa solo pueden mostrar al público una parte de todo lo adquirido: "(...) cuando todas las paredes están llenas y se compran cuadros independientemente de si caben en la pared o de si se adaptan al resto del mobiliario, (...) entonces es cuando comienza una colección", afirma el coleccionista de Dresde Klaus Schmidt. La persona que compra arte únicamente para su uso personal, dentro de sus cuatro paredes y para la decoración de las mismas, no se puede considerar aún coleccionista. Al igual que tampoco se puede calificar de coleccionista de vinos a aquel que cuenta tan solo con una docena de botellas en el sótano.
Sin embargo, en el momento en el que un coleccionista siente la necesidad de mostrar lo que posee, cambian las exigencias a las que está sometido. A partir de entonces ya no es suficiente deslumbrar con algo superlativo en términos consumistas. Este es el momento en el que el coleccionista comienza a hacerle la competencia a la figura del comisario de arte, quien, a priori, solo puede demostrar su valía a través de la exposición de arte. De repente, el coleccionista también debe producir algo para poder satisfacer las exigencias de una exposición que debe ser lo más original, motivadora y estimulante posible. Y defraudará si no presenta una combinación de artistas sorprendente y si no es capaz de transmitir un leitmotiv -cuando no pueda documentar que es un receptor sensible del arte-. En este caso, cabe esperar que se le señale, de forma despectiva, como adicto a las galerías, seguidor de masas, y quizá incluso como "fashion victim".
Se trata, por tanto, de un riesgo al que están expuestos los coleccionistas: abrir sus cajas y presentar públicamente sus piezas, en mayor medida incluso mientras no sean capaces de entender que, en lugar de continuar siendo juzgados por categorías consumistas, primero deben explicar por qué se han decidido por una determinada exposición o, en general, por un determinado artista o una obra en concreto. El coleccionista que sabe que, en este sentido, es muy fácil que queden al descubierto sus puntos débiles, contrata a un historiador o a un comisario de arte que será el encargado de decidir sobre la selección y disposición de las piezas de la colección. Solo unos pocos coleccionistas se atreven a asumir el papel de comisario, o siquiera a explicar en un texto qué ha sido lo que les ha llevado a elegir un determinado concepto de colección o exposición. El coleccionista como comisario es, por consiguiente, una excepción que presumiblemente nunca llegará a ser una regla. El cambio de papeles que supondría resulta demasiado radical. La persona que desee ser coleccionista y a la vez comisario de su propia colección necesita un talento doble: capacidad de consumo y recepción productiva.
Traducción: Paula Ojanguren
The recent organisation of a workshop for modern and contemporary art collectors designed by one of the leading banks was the scenario one of the speakers used to provoke the participants, posing the following question: why do you spend so much money on something that you could see and study almost for free in so many different museums? Something you could contemplate in an even more relaxed manner if you did not have to worry expressly about something and did not have to bear the load of being its owner. After a disconcerting moment of silence, two answers were heard, answers that identify two different types of collectors. The first group pointed out that for them it was very important to touch and feel the works of art, and therefore they felt they had to own them. The second group stated that, as collectors, they were granted the opportunity to meet the artists and maybe even strike up a friendship with them that would, ultimately, allow them to enter a different world. Thus, whilst some are interested most importantly in the material nature of the works, others aim to find channels through which they can enjoy new or exclusive experiences. This obviously has a negative side: some are threatened by fetishism, whilst others are exposed to being branded as victims and avid protagonists in a culture that focuses on creative production.
Both answers deserve an in-depth analysis. The first answer refers to certain unilateralism in the regular relationship with art, at least in terms of the classification of the "higher" and "lower" senses. That is, in terms of sight and hearing being considered more noble senses than touch, smell or taste. Art is, precisely, one of the few disciplines that can only be perceived through the eyes and the ears. According to this approach, touching a polished marble sculpture or a painting with a cracked surface would satisfy a desire at most, but it would not transmit an experience; it may seem stimulating, but it would not be purifying, edifying or liberating. Although this opinion was already quite widespread in the Middle Ages and the Renaissance, it was not until the 18 th century -when art was only associated to the highest aspirations- that it became definitely established, even developing a genuine taboo concerning physical contact. The fact that museum signs still say "do not touch" is not only related to the fact that many works of art could be damaged if they were touched. This prohibition also wants to express the latent concern about observers turning their backs on this type of artistic reception, which is considered ideal, and instead, specifically, seeking sensuality in art.
The art market profits from this prohibition to touch that prevails in museums. If it did not exist, the motivation to buy would disappear and the prices of certain works would presumably be lower. That "something" the collectors are seeking could be also be called a consumer desire. They cannot make do with just contemplating something they like from afar; they want to "take it with them," as if it were a plate of food. They want to relax with it, like they do with a cigar, and enhance their life and even their everyday existence with it. Instead of having to treat a work of art as a public good, collectors, compared to museum visitors, are granted the opportunity to have the piece all for themselves and to enjoy their possession. They can consume it, but they cannot perceive it.