Los coleccionistas de arte no se pueden calificar de especialmente "avanzados" simplemente por sus técnicas de recepción más liberales o por sus motivaciones consumistas, aspectos en sí mismos paradigmáticos de una cultura postmaterialista. Más bien se puede observar en ellos por primera vez una inversión o trastrocamiento que podría ser característica de una sociedad de consumo totalmente desarrollada: el consumo de bienes está mejor considerado que su producción. Prueba de ello es, más que el comportamiento de los coleccionistas, su propia presentación ante la opinión pública. Al fin y al cabo, los coleccionistas de arte encuentran el respeto que buscan simplemente en el hecho de consumir a gran escala. Desde hace algún tiempo, ninguna revista de arte y, al menos en la región germano-parlante, ningún periódico o publicación semanal deja escapar la oportunidad de proveer a sus lectores con entregas que relatan historias sobre coleccionistas de arte. En todo caso, los coleccionistas pueden estar seguros de contar con un público amplio y benévolo. Son entrevistados sobre temas que no tienen nada que ver con su colección y se les permite organizar visitas a museos o incluso dar conferencias. Los coleccionistas ya han superado en glamour y personalidad a directores de museos, críticos y comisarios de arte y la única competencia, en igualdad de condiciones, en cuanto a la atención que pueden llegar a generar es la que plantea la comunidad de artistas. Sin embargo, el prestigio de los artistas se debe precisamente a que son considerados "creadores originales", es decir, una versión más destacada de un "productor".
Entretanto, han comenzado a surgir dudas sobre si los artistas aún son capaces de satisfacer la demanda de una élite productiva, puesto que muchos de ellos han dejado de preocuparse por la evolución de su propia obra para adoptar una actitud receptiva y consumista. Siguiendo la tradición impuesta por los "ready-made", se remiten a material ya existente, trabajan con metraje ya rodado ( found footage ) o seleccionan algún boceto de un conjunto de imágenes para adaptarlo de nuevo o extraer diferentes muestras. Por este motivo, ya el filósofo y crítico de arte Boris Groys defendía la teoría de que los artistas se han convertido en la vanguardia del consumo, pasando de ser vistos como claro ejemplo de productor de arte a ser modelo de consumidor.
Aunque aquí también se percibe una cierta inversión : parece que los coleccionistas de arte pretenden reivindicar, incluso más que los artistas, un mayor reconocimiento de esa forma particular de consumo. Mientras que el artista puede llegar a ser a lo sumo un consumidor especialmente astuto -si descubre algo relativamente fútil y lo declara obra artística o consigue transformarlo en arte-, el coleccionista tiene la posibilidad de llamar la atención sobre sí mismo como consumidor de dos maneras diferentes. La primera opción sería la siguiente: algunas de sus piezas aumentan considerablemente su valor, convirtiéndole automáticamente en la quintaesencia del cazador de gangas con éxito. De hecho, casi ninguna historia de coleccionista excluye el relato de subidas sensacionales de precios, como en el caso del coleccionista de fotografías L. Fritz Gruber: "Todo lo que hoy es bueno y caro no lo quería nadie entonces". Parece que los buenos coleccionistas son los más rápidos, y son a la vez, por lo tanto, la vanguardia del consumo. La segunda opción pasaría por lo siguiente: el coleccionismo se valora como algo similar a un mérito heroico, puesto que hay grandes sumas de dinero en juego. De esta manera, el coleccionista se presenta como alguien comprometido y dispuesto a hacer sacrificios, como un consumidor sensacional. El coleccionista se entrega a sí mismo junto con su propia fortuna al consumo.
Esto despierta más respeto y curiosidad, puesto que el coleccionista actúa en un campo especialmente sensible: ¿quién cree poseer la competencia y el buen gusto necesarios cuando se trata de arte moderno y contemporáneo? Un coleccionista no solo desembolsa mucho dinero, sino que lo hace por algo, una obra de arte, ante lo que la mayoría de las personas sentirían pavor. Tomar una decisión de este tipo es algo que muchos no podrían hacer, aunque se tratara incluso de pequeñas cantidades de dinero. Es por eso que al coleccionista de arte también se le cree capaz de saber exactamente lo que quiere en todos los demás ámbitos de la vida: a aquel que domine el difícil mundo del arte no le resultará difícil presentarse como el rey del consumo en cualquier lugar. En este sentido, no resulta sorprendente que se hable tanto y con tanta admiración de los coleccionistas de arte. Ellos poseen algo que en una sociedad consumista como la nuestra se considera una virtud y un ideal: el conocimiento y la capacidad de encontrar algo que, a cambio de dinero, les aporte una gran satisfacción. Estamos hablando de los héroes y modelos a seguir de una cultura en la que la identidad se basa en el consumo.
Al encanto épico que rodea a los coleccionistas se ha de sumar también el hecho de que los grandes desembolsos se consideran una señal de pasión. ¿No pertenece el coleccionista al reducido grupo de aquellos que son capaces de tener gestos reveladores o casi existenciales? En un mundo en el que nos lamentamos de la arbitrariedad que vemos por doquier, estos gestos se esperan con ansiedad y, así, obtienen también el reconocimiento que merecen. No es extraño que en las historias sobre coleccionistas también se hable de buena gana sobre el "fervor misionero" de conseguir que otros se entusiasmen con el arte. Algunos coleccionistas, como Reiner Speck, originario de Colonia, admiten sinceramente: "Yo sigo un objetivo misionero". Sin embargo, la misión del coleccionista encuentra a menudo su fin en el acto de comprar. A diferencia de los filósofos o comisarios de arte, el coleccionista no necesita argumentos ni teorías para acercar el valor de una obra de arte a los demás. Las "historias caseras" de los coleccionistas están repletas de experiencias consumistas, mientras que el tema de la recepción artística no parece ser muy popular. Aparentemente, el hecho de que el coleccionista haya pagado, y mucho, por la obra de arte, basta para garantizar la importancia de la obra en cuestión. La mención del precio sustituye así a la justificación de la opinión sobre el gusto y el valor.
Para dejar claro cuánto le debe el compromiso consumista de los coleccionistas al reconocimiento del valor material de las obras y no al disfrute de extraordinarias experiencias de recepción, tan solo hemos de darnos cuenta de que su reputación no se ve afectada por el hecho de que sus piezas simplemente se amontonen y no hagan nada para presentarlas con un cierto orden racional o caprichoso, algo que sí haría un comisario de arte. Por el contrario, en los relatos de sus experiencias, hay coleccionistas que afirman una y otra vez, incluso con orgullo, que no solo no cuelgan sus adquisiciones, sino que ni siquiera las extraen de sus embalajes. La coleccionista y autora Uta Grosenik ha dicho lo siguiente: "Algunas obras de arte aún permanecen sin desembalar en la habitación de invitados. No puedo detenerme ahora solo porque la choza esté llena". Simon de Pury, coleccionista de arte y subastador de Nueva York, opina que lo "importante en el coleccionismo (es) poseer el objeto, y no necesariamente tener que contemplarlo además". De la misma manera, Armin Waehlert, coleccionista de Frankfurt, reconoce que, una vez que ha adquirido sus piezas, acaban todas en el almacén: "Las obras se almacenan sin volver a contemplarlas siquiera una vez más".