La pulsión autodestructiva, el erotismo malsano y el atractivo macabro hacia lo decadente y putrefacto fueron elementos reiterativos en aquellas corrientes artísticas del siglo xx que pretendían enfrentarse a los remilgos burgueses. Perdido el sentido de ese enfrentamiento -dada la claudicación de la cultura burguesa frente a la sociedad de masas-, ya en los años ochenta, se disolvieron las ínfulas contestatarias de todos los dadaísmos, surrealismos y conceptualismos belicosos del siglo pasado. Hoy la provocación es un concepto ingenuo en arte. La fotografía y las innovadoras técnicas escultóricas -que incorporan desde el epoxy hasta la silicona, y han recuperado materiales tradicionales de baja ralea para el Gran Arte de otros tiempos, como la cera- sirven desde hace años a la construcción de un sinfín de teatros del horror que se alimentan, como en la Edad Media, de las fantasías más retorcidas del atemorizado ser humano del cambio de milenio. Miembros descuartizados, entrañas desparramadas, tumefacciones terroríficas, rostros imposibles de seres semihumanos, y bichos nefastos nacidos de una pesadilla apocalíptica plagan el arte actual, con mayor o menor fortuna.
Desde esta perspectiva, al penetrar en la exposición Barrocos y Neobarrocos. El infierno de lo Bello -en el da 2 de Salamanca- nos encontramos en realidad con el extremo de un hilo, de una vena oscura, que nace en la nebulosa de la Antigüedad mesopotámica y explota por épocas, teniendo su mayor proyección en Occidente en las fabulaciones fantásticas del románico, en las estilizadas figuraciones de la muerte del gótico, en el sutil aire lóbrego del manierismo, en el torbellino visual del Barroco y en las aterradoras fantasías del Simbolismo.
El estudio del arte barroco nos revela de inmediato su énfasis en las formas de la carne: la prieta y provocativa, la lívida, muerta o desgarrada, la envejecida y marchita, la humana y la animal. La liberación que supuso el Renacimiento en cuanto a la glorificación del desnudo, logrando desplazar la oscura concepción medieval de la carne, devino en la celebración de la sensualidad de los cuerpos. Las carnes, fueran las del animal desollado, las del enemigo vencido o las de las doncellas excitadas, aparecen envueltas por una voluptuosidad ambiental por la que lo extraño o potencialmente terrorífico se ve sublimado. Lo funesto o inquietante resulta aplacado por la luminosidad de los cuerpos, en tanto las implicaciones perturbadoras de lo relatado se amparan preferentemente en los mitos precristianos o en los relatos que remiten a las exóticas tierras orientales. La sensualidad barroca se expresó también en los convulsos cielos de los dioses antiguos y de las vírgenes, santos y ángeles católicos. Nubes, follaje y arquitecturas monumentales sirvieron a la composición de los sugestivos escenarios del Barroco, tal como las instalaciones de hoy simulan estructuras y entornos, y se muestran cargadas de elementos diversos. Lo teatral, aspecto fundamental del Barroco, es también una componente esencial a la plástica contemporánea. En Barrocos y Neobarrocos ... se han seleccionado obras que apoyan la idea de la revigorización de esa concepción estética, en la que lo aparatoso y tremebundo, lo sensual y arrebatador, son expresados mediante la grandilocuencia, el dinamismo de la composición y la saturación visual.
Pueden identificarse, en todo caso, diferentes aproximaciones a lo barroco al recorrer la muestra. Así, encontramos la forma más simple: aquella que apunta simplemente al exceso de elementos visuales en la imagen, o bien al retorcimiento del objeto, en alusión a la espiral barroca, como en las grandes esculturas de aluminio pulido de Thomas Schütte, Grosse Geister nr 4 & nr 5 (1997), especie de torbellinos solidificados; la pintura Kzzzaapp!!! (2004), de Fernanda Brunet -que muestra un tornado, nubes y relámpagos, cual crispado cielo barroco-; la instalación Dots Obsession (2005), de Yayoi Kusama -un ambiente blanco con grandes puntos rojos y formas escultóricas orgánicas, reflejado en un gran espejo-; el elegante retrato real de Hew Locke, Konihoor (2005) -formado con infinidad de elementos kitsch de vulgar plástico, como en una versión actualizada de la retratística de Arcimboldo-; las preciosistas fotografías eróticas de Liu Zheng -que muestran escenas suntuosas y cuerpos mórbidos-, y la recargada reconstrucción de la historia del arte occidental a partir de obras clave, en la fotografía China Mansion (2003), de Wang Qing Song.
Se han incluido también, afinando la lectura, obras que presentan una cercanía más sutil al concepto general de lo barroco. Los pequeños bustos-autorretrato de cera de Richard Stipl, Choir i (2005), y el vídeo en pantalla de plasma de Bill Viola, Six Heads (2000), verdaderos estudios fisonómicos a la manera renacentista, se adaptan uno, a la serialización, y otro, a las nuevas técnicas, y ambos se presentan como obras finales, participando incidentalmente a la vez de la desmesura teatral y profusión visual barrocas y del espíritu pleonástico del arte de después de las vanguardias. Precisamente, es el gusto por la reiteración, y la concepción misma de cada obra como parte de un discurso general redundante lo que caracteriza a las tendencias contemporáneas herederas de las postvanguardias de los años sesenta y setenta, que siguen hoy dominando el panorama internacional del arte. En este sentido, instalaciones, obras fotográficas y piezas de todo tipo exigen del espectador el conocimiento general de la obra de los autores específicos para acceder a su verdadero valor, como sucede aquí con las imágenes fotográficas de Matthew Barney extraídas de Cremaster 5 y con las Six Heads de Viola.
Siempre dentro de una interpretación sutil de lo barroco, ligada a sus fundamentos generales -ya claramente prefigurados en el período helenístico-, hay obras en esta exposición que reeditan aquella vibrante libídine de la carne. Pero ese apetito desordenado no se traducía en el Barroco solo en la opulencia carnal de diosas y ninfas, sino también en los trozos ensangrentados de la carne de animales y bestias semihumanas, y en la turbadora sicalipsis que encierran imágenes como la decapitación de Holofernes a manos de Judith. Así, el escabroso óleo de Enrique Marty, de la serie Niño , muestra un demonio sangriento rodeado por un melifluo marco dorado, y la siniestra Hanne (2003) de Berlinde de Bruyckere encarna una especie de María Magdalena tardomedieval con las carnes que tendría una Medusa decapitada barroca. Firmado también por De Bruyckere, el espeluznante equino Eén (2002-04), escultura en cera y piel de caballo a modo de engendro disecado, nos remite, igualmente, a una visión infernal, apocalíptica, y aviesamente sensual, cercana a la vez a la sensibilidad gótica y a la afectación de la escultura barroca.
Participando del tremendismo contrarreformista que podía inspirar sombrías visiones como las de De Bruyckere a los artistas del Barroco, Jake & Dinos Chapman nos enfrentan al espectáculo macabro de siete enormes calaveras bautizadas con los nombres que la Walt Disney dio a los enanos de Blancanieves. Las enormes cabezas descarnadas exhiben desde textos alambicados hasta unos grandes cuernos diabólicos y una esvástica sangrienta.