P.- ¿Qué diría a todas esas mujeres artistas que rechazan el término "feminista"?
R.- Bueno, esperaría a que sus propias experiencias les llevaran a entender más a fondo el feminismo. Pasaba lo mismo en los albores del movimiento. Las jóvenes afirmaban: "Esto no tiene nada que ver conmigo, a mí no me afectan ninguno de esos problemas". Luego salían al mundo y se daban cuenta de que en realidad sí los sufrían. Creo, además, que las jóvenes pueden y deben reinventar el feminismo.
P.- ¿Cómo ha cambiado el arte hecho por mujeres con vocación feminista respecto a la explosión de los años sesenta y setenta, respecto a los temas y estrategias que se empleaban entonces?
R.- Al principio salían tantas cosas que nunca habían expresado las mujeres que todo era muy crudo. Ahora puede que no parezca tan explícito, pero entonces nunca se habían abordado aquellos temas antes y era muy emocionante poder expresarlos. Ahora es bastante más sutil, más complicado. Es más "peligroso" ahora ser feminista. Una de las razones por las que nadie quiere serlo ya es porque estamos viviendo una época muy represiva en los Estados Unidos; cualquiera que se salga de la norma se puede buscar problemas.
P.- En el panorama actual, ¿se sigue considerando a las artistas feministas como algo exótico o anecdótico?
R.- No, no creo que sea así, aunque eso no signifique que sea bueno. Creo que las feministas han sido artistas femeninas. Hay que dejar bien claro que se trata de dos cosas diferentes, el feminismo es una cosa y las mujeres artistas son otra. Las mujeres artistas se han abierto hueco en el mundo del arte y algunas de ellas son feministas. Lo malo es que cuando entran en el mundo del arte son absorbidas por el entorno. Hoy nadie considera a Barbara Kruger o Jenny Holzer como artistas feministas. Ambas son mujeres muy fuertes y Jenny sí fue bastante feminista, aunque esto no se dejara ver demasiado en su obra. Tras los años setenta, las mujeres empezaron a ocupar el sitio que les correspondía en el mundo del arte.
P.- Pero entonces, ¿se ha agotado ya el debate sobre la tan controvertida cuestión del arte femenino? ¿Se ha cerrado, se ha resuelto, o se prescinde ya de entrar en esa discusión? ¿Sigue siendo necesaria?
R.- El tema del género sigue siendo un asunto muy importante, pero se ha complicado mucho. Ahora no se trata solo de mujeres. Las reivindicaciones de los gays y lesbianas nos han proporcionado una transición entre géneros muy positiva. Creo que a la gente le interesa menos lo que se pueda llamar "arte femenino" porque ahora tiene muchas capas, se ha convertido en algo muy complicado, y eso es bueno. Cuando empezamos a crear ese arte, era algo totalmente nuevo. Me parece que las mujeres entendieron buena parte de lo que hicimos, y evolucionaron para hacer otras cosas, para llevar aquello más allá. Ya no es cosa de biología, del rosa y de los vestidos con volantes. Sin embargo, me enfada mucho cuando oigo hablar del "postfeminismo", pues sigue habiendo asuntos que no se han solucionado.
P.- En 1970, participó en la ofensiva del Ad Hoc Women Artists Committee (una ramificación de la Art Workers Coalition ( awc, Coalición de Trabajadores Artísticos) contra el Whitney Museum. Publicaron un anuncio falso del Whitney en la prensa, en donde se afirmaba que en la exposición anual del museo (que daría paso a la famosa Whitney Biennial en 1973) habría un cincuenta por cien de mujeres. Diseñaron, además, invitaciones falsas para la exposición y proyectaron diapositivas de mujeres sobre los muros del museo. Cada fin de semana, repetían los pitidos y las sentadas, dejando huevos y támpax por las esquinas. Finalmente, consiguieron que el Whitney multiplicara por cuatro la participación de mujeres en ese evento. ¿Se le ocurre alguna acción espectacular para realizar en estos momentos?
R.- Las protestas de entonces parecerían muy anticuadas si se repitieran hoy, pero tiene que haber nuevas maneras... ¡Quizá ahora todo tenga que ser digital! A principios de los noventa, la Women's Action Coalition organizaba tamborradas y armaba unos estruendos tremendos cuando iban a manifestarse a cualquier sitio. ¡Mucho ruido y buenos ritmos! Así conseguían que todos les prestaran atención. Susan Lacy, en las performances que realizó específicamente para los medios [ In Mourning and in Rage , 1977], creadas como capítulos que trabajan asuntos feministas, utilizaba mujeres altísimas, con una máscara y un palo cubierto por una tela negra. La imagen no era solo la de una mujer de negro, sino la de una mujer de dos metros vestida de negro, y la usamos varias veces en manifestaciones en Colorado, acompañándola de un llanto terrible, haciendo mucho ruido. Así nos presentábamos, dos metros de altura, vestidas de negro, con máscaras y acompañadas de ese terrible llanto... Salimos dos veces en la portada de los periódicos, en años diferentes.
P.- ¿Las culturas periféricas viven ahora la misma situación que las mujeres antes de los años sesenta y setenta?
R.- Desde luego. En los últimos veinte años, los artistas globales de países como África y China han ido tomando posiciones en el mundo del arte occidental, incluso comprobando que las culturas dominantes realizan una criba radical antes de dejarles paso. Igual sucedió con el feminismo, cuando no todas las artistas feministas consiguieron entrar en el mundo del arte. No todos los artistas africanos lo consiguen. El poder sigue decidiendo quién entra y quién no; sigue dándose una situación colonial.
P.- En el prefacio que escribió para el libro Contemporary Women Artists (1999), un compendio de más de 350 mujeres artistas, recuerda cómo al principio del movimiento feminista muchas creyeron que en el plazo de una década la mujer artista dejaría de ser definida por ese calificativo para ser considerada simplemente "artista"...
R.- Yo también pensé que en diez años podríamos cambiar el mundo... ¡y eso fue hace treinta! Pero sí cambiamos ciertas cosas.
P.- Su empeño por hacer visible un arte alternativo al sistema preponderante, y el compromiso político que abanderó, ¿qué resultados han dado?
R.- Creo que ahora el sistema ha acabado por aceptar muchísimas más cosas, así que conseguimos algo. Los artistas lograron abrir el mundo del arte para que aceptara más conceptos; hemos expandido la definición de "arte" (al decir "hemos", me refiero a todos los que hayamos hecho cualquier cosa). A la vez, nos hemos dado cuenta de que vivimos en un sistema capitalista, de que las paredes siguen ahí y es muy difícil derrumbarlas, aunque hay puertas. Hay un flujo mayor desde un lado y otro de la pared, aunque ésta siga siendo muy resistente.
P.- ¿Es usted optimista, entonces?
R.- Citaré a Antonio Gramsci, que dice: "Pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad". Ahora mismo no es muy fácil ser optimista en los Estados Unidos. Estamos viviendo unos años bastante alarmantes; hay una ola muy seria de conservadurismo, mucha censura. Las fuerzas conservadoras han utilizado el 11 de septiembre para crear una especie de sociedad del miedo.
P.- En 1993 usted decidió abandonar Nueva York y establecerse en Galisteo, un pueblo de 265 habitantes en Nuevo México, al margen del mundo del arte.
R.- Viví en Nueva York la mayor parte de mi vida y llegó un momento en el que sentí que quería pasar más tiempo en el exterior. Mi círculo activista neoyorquino se había deshecho, llevaba medio año dando clases en el Oeste y me gustaba mucho la zona. Mis abuelos y bisabuelos vivieron allí, así que me sentía como en casa. Pensé que viviría allí el resto de mi vida. Pero no fue una decisión, nunca tomo decisiones. No es más que otro capítulo en mi vida.