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Lápiz. Revista Internacional de Arte 210-211 Lápiz. Revista Internacional de Arte

El arte como significado / Art as meaning

por Galder Reguera
Lápiz. Revista Internacional de Arte nº 210-211, febrero-marzo 2005

Número de páginas: 7
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Para exponer adecuadamente esta cuestión, hemos de volver a considerar el relativismo que evocábamos al comienzo de este artículo, y que rezaba que "cualquier cosa puede ser una obra de arte". Esta consideración es una conclusión que surge de un hecho, que señala Arthur C. Danto, según el cual "no podemos definir las obras de arte en términos de ciertas propiedades visuales particulares que deberían tener. No hay imperativos a priori sobre el aspecto de las obras de arte, sino que pueden parecer cualquier cosa" ( Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia , Paidós, 1999). Así planteada, la cuestión parece un problema, en la medida en que el objeto principal de estudio de nuestra disciplina parece no poder delimitarse. Sin embargo, el problema se disuelve, como se disuelve el terrón de azúcar en el café, en el preciso momento en que convenimos que el aspecto visual de la obra de arte solamente es una dimensión de la misma, y en ocasiones ni siquiera la más importante -como sucede, por ejemplo, en los ready-made de Duchamp-. Esto es, la obra de arte no se agota en su dimensión visual; va más allá del plano físico. Por ello, cuando el crítico se enfrenta a un objeto determinado, ha de atender a ese aspecto que va más allá. Y ese aspecto que va más allá es la razón de ser de la obra, su significado. Pero no es algo que esté dado; no está, como decía Danto, "encarnado en la obra", sino que es algo que nosotros -con nuestras narrativas- le damos. Además, nunca se cierra, no es definitivo, y está en continuo devenir. Este "devenir del significado" comienza en el mismo instante en que el artista da por terminada la obra y ésta, por decirlo de algún modo, deja de ser algo que solo le compete a él (la "obra abierta" de Umberto Eco). De este modo, más que rastrear el significado, la tarea de la crítica es la de, a título individual y en un primer movimiento, construirlo , proponerlo, para, en un segundo momento -en una tarea ya grupal, de la comunidad de indagación-, consensuarlo .
Un ejemplo válido y aprovechable para entender el devenir del significado de las obras de arte y la construcción consensuada del mismo, lo encontramos en cómo los humanos hemos convivido con los vestigios de las civilizaciones que nos precedieron, con nuestro pasado. Cualquier cultura que haya tenido en su hábitat restos arqueológicos de alguna anterior, ha realizado una labor de (re)interpretación de éstos con base en los presupuestos de su propia cosmovisión. Y no siempre esta interpretación ha desembocado en una buena convivencia con el pasado. Por ejemplo, los cristianos de la Edad Media aborrecían las ruinas de la antigua Roma, en la medida en que sus relatos comunitarios señalaban el Imperio Romano como la reencarnación del mal en la tierra. Esto conllevó durante siglos la desidia de las autoridades en lo que respecta a los edificios emblemáticos de la ciudad, cuando no su agresión directa, llevada incluso al extremo del derribo. Históricamente, la actitud más generalizada ha sido, no obstante, la de asumir las obras en la nueva cosmovisión, rebautizándolas mediante su utilización para los nuevos ritos (los templos paganos convertidos en iglesias serían un ejemplo). La población también ha contribuido de modo importante al devenir del significado de los vestigios arqueológicos mediante la creación de todo tipo de leyendas, cuentos y relatos en torno a unas ruinas que había que explicar. Rastrear estos relatos, las sucesivas lecturas que el hombre ha hecho de sí mismo, es un ejercicio fascinante que nos lleva a meditar inevitablemente sobre el lugar que el ser humano ocupa en su propia historia, sobre el lugar que cada uno ocupa en eso que llamamos "humanidad". Aunque me tienta el hacerlo, no voy a extenderme en ejemplos. Lo único que quiero señalar es que no podemos pensar que la lectura que nosotros realizamos de nuestro pasado sea la verdadera (aquella que se corresponde con los hechos); ni siquiera que sea "la mejor de las posibles".
Tampoco tenemos razones para pensar que la visión que proyectamos de nuestro presente, en el arte contemporáneo, sea la verdadera ni la mejor. Sin duda alguna, con el correr de los años adquiriremos una perspectiva histórica que hará que nuestra visión del
momento artístico presente varíe. Pero, ¿qué es eso que llamamos "perspectiva histórica"? Desde mi punto de vista, no es sino el filtro que el tiempo impone sobre las diversas lecturas que se han realizado acerca de un momento histórico, tendiendo a agrupar en un solo y coherente relato a aquellas que coinciden en los puntos fundamentales, y haciendo desaparecer paulatinamente las que discrepan en los mismos. Estas lecturas diversas suponen diferentes construcciones de significado en torno a las obras de arte, que, en muchos casos, poco o nada tienen que ver con la intención primera del artista o con la lectura inmediata de la crítica. Algunas de ellas irán cogiendo peso, mediante consensos, y poco a poco irán formando un fondo de significado de la obra, que las sucesivas interpretaciones de la misma no podrán obviar -en la medida en que la obra ya no será separable de ese fondo-. De este modo, en un determinado momento, se pondrá fin a la suma indiscriminada de significados, haciéndose valer la sentencia de que "no todo se puede decir de cualquier cosa". En este sentido, y desde el análisis que anteriormente hacíamos a partir de Rorty, la diferencia entre la crítica y la historia del arte estribaría básicamente en que, en la segunda, el nivel de consenso logrado es mayor.
Lo que sí parece claro, no obstante, es que la perspectiva histórica no se alcanzará si cada uno de los miembros de la comunidad de indagación no se libera de la inacción crítica a la que pretende llevarnos ese relativismo mal entendido del que tratábamos anteriormente. De este modo, cada miembro de la comunidad de indagación ha de declarar abiertamente su opinión sobre los objetos y cuestiones en torno a los cuales se tratan. Esto decir, asumir por principio el relativismo artístico no implica, tal y como decíamos antes, que no podamos emitir nuestra opinión sobre las obras de arte y, consecuentemente, aspirar a que esa opinión sea tenida en cuenta -y sea tenida en cuenta más que otras- y pretender que a la misma se sumen más personas (esto es, que nuestra opinión devenga "crítica"). El innegable relativismo de las formas en arte no es, pues, una especie de cláusula wittgensteiniana que obligue a callarse. Al contrario, cuanto más nos empeñemos en señalar el relativismo, mayor sentido tendrán dentro de nuestra comunidad de indagación las opiniones enfrentadas. Yo defiendo una crítica abierta, en la que cada uno pueda exponer su "concepción privada de lo que es el arte", e intentar hacer partícipes de la misma a cuantos crea conveniente. En la medida en que cada uno, o cada grupo, consiga más aceptación de sus propuestas, la comunidad de indagación dirigirá su mirada hacia un lado u otro. En este sentido, la construcción del significado de las obras y, por ende, del significado de lo artístico, es algo muy cercano a cómo se delimita lo justo. No podremos consensuar una idea de la justicia si no entran en juego las diferentes concepciones que de la misma tengamos todos. La construcción de la idea de lo justo es una cuestión de la colectividad que está en continuo devenir y se entiende como una eterna búsqueda colectiva, una tarea que tiende al infinito (la justicia absoluta sería un horizonte inalcanzable, pero al que nunca se debe renunciar). Una búsqueda tal supondría un encuentro, en el que cada uno libremente exponga sus posiciones, más allá de que creamos o no en la posibilidad de que la indagación llegue algún día a converger en un único punto, en palabras de Rorty, un "‘encuentro libre y abierto' -el tipo de encuentro en el que la verdad [ 6 ] no puede dejar de triunfar".
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NOTAS
  • [ 6 ] . Aquí la "verdad", claro, debe interpretarse en el sentido pragmatista del término, es decir, "como aquello que nos es bueno creer".

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