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LÁPIZ Revista Internacional de Arte

Estética y antiglobalización / Aesthetics and anti-globalisation

por Carlos Jiménez

LÁPIZ Revista Internacional de Arte nº 206, octubre 2004

Me parece que la mejor forma de abordar un tema tan amplio y complejo como es de hecho el arte o, si se quiere, la estética del movimiento antiglobalización es acudiendo a una de las tesis más contundentes de Walter Benjamin: “A la estetización de la política que obra el fascismo, el comunismo responde con la politización del arte”. Tesis que parece tan obsoleta como, aparente o realmente, lo son el fascismo y, singularmente, el comunismo, de cuyo partido no se reclama nadie en Occidente, si se exceptúan intelectuales como José Saramago o partidarios de Fidel Castro o de Kim Jong ii , si es que de este último existe alguno entre nosotros. Al fascismo tampoco lo reivindica abiertamente nadie distinto a la red de grupúsculos neonazis que en Europa y en América parecen más dedicados a apalear a inmigrantes del “tercer mundo” y a cultivar las peores formas del tribalismo urbano que a ejecutar una estrategia creíble de asalto al poder.

Pero estos deterioros y abandonos no significan que algunos de los aspectos claves del programa fascista no continúen a la orden del día en la agenda política dominante en los países metropolitanos y en su enjambre de satélites. El más relevante, y ciertamente el más importante por sus poderosos efectos, es esa “estetización de la política” evocada por Benjamin, que ya no se realiza empleando medios que hoy nos parecen francamente arcaicos. Ya no es concebible que se repitan con la eficacia de entonces esas paradas paramilitares estrictamente geométricas, esas marchas de antorchas nocturnas, esas coreografías masivas dibujando en los estadios, con la precisión de un mecanismo de relojería, los lemas y las figuras capitales del Ordine Novo . No, ya no hay lugar para esas formas de la “ornamentación de masas” denunciada por Sigfried Kracauer, como no la hay para la retórica con la que Joseph Goebbels o el propio Hitler articularon sus discursos, incipientemente mediáticos. La estetización de la política ahora es de otro modo y a otro precio. Y quizás la clave o la cifra de sus múltiples diferencias consista en la disolución de esas masas cuya abrumadora presencia tanto inquietó a sus adversarios y, en especial, a Elías Canetti, quien escribió sobre la misma una reflexión de largo aliento: Masa y Poder .

Hoy quienes estetizan la política no convocan a las masas sino en las contadísimas ocasiones en las que el propósito de su convocatoria coincide con los deseos y los intereses de la mayoría ciudadana, como fue el caso de las manifestaciones convocadas el 13 - m de este año en España para repudiar los atentados terroristas del 11 - m en Madrid. En los días “normales”, la estetización política actúa sobre esas multitudes dispersas y difusas que son las teleaudiencias generadas por los media y, especialmente, por la radio y la televisión, y que son las verdaderas alternativas a la movilización de masas in corpore de antes y de ahora [ 1 ] . Para ellas se ponen en pie esos espectáculos multimedia en los que, siguiendo el modelo de los conciertos de rock, se han convertido los congresos o las convenciones de los partidos políticos, al igual que esa oferta de simulacros y de sustitutos subrepticios de la vida parlamentaria que son las encuestas de opinión permanentes y, sobre todo, la gran variedad de tertulias televisivas y radiofónicas ofrecidas de hecho como alternativas, habitualmente escandalosas y provocadoras, de los debates parlamentarios efectivos [ 2 ] . El fascismo opuso conscientemente la movilización de masas al parlamento en su paradigmática Marcha a Roma de los Camisas Negras en 1922. En cambio, quienes hoy estetizan la política, en vez de forzar al parlamento o asaltarlo violentamente, prefieren devaluarlo sistemáticamente ante las audiencias multitudinarias, escamoteando su visibilidad o mostrándolo reiteradamente como un lugar arcaico, paquidérmico, tedioso y poco o nada congruente en su inconmovible ritualismo con las impresiones y las sensaciones cambiantes de la gente común y corriente, sobre las que ellos, por el contrario, actúan muy oportuna y eficazmente con sofisticados medios técnicos y con el amplio repertorio de recursos persuasivos probados y decantados durante décadas por la sociedad del espectáculo y articulados en torno a la hegemonía de la imagen. La estetización de la política tiende a fascinar al ciudadano para transformarlo en simple espectador. Entusiasta o aburrido, satisfecho o suspicaz, crítico o irónico, pero siempre espectador. Su programa, en definitiva, es desplazar la representación parlamentaria clásica por esa “identificación sensible con el Estado” tan apreciada en su hora por Hegel.

La devaluación o la neutralización del parlamento y la supeditación de la actividad de los partidos políticos articulados en torno al mismo a las exigencias avasalladoras de la imagen mediática tuvo su epifanía o su momento emblemático inmediatamente después de los atentados terroristas del 11 - s de 2002, cuando el Congreso de los Estados Unidos de América en pleno se puso en pie para ovacionar al presidente George W. Bush y para atribuirle sin ninguna discusión el arcaico papel salvador de la patria amenazada. Los parlamentarios americanos dieron por sentado entonces que no tenían por qué cumplir el papel que se les había encargado de analizar, deliberar, negociar o pactar, sino que debían simplemente aprobar por aclamación una decisión que se les imponía con la fuerza de una evidencia incontestable. Pero la conducta extrema de un parlamento subyugado hasta la mudez por la fuerza de las imágenes puso abruptamente de relieve que el Parlamento –así, con mayúsculas y en general- ya no es el locus privilegiado del Poder, y menos de la determinación de su reparto. El poder está en otra parte. Y ni siquiera está en la cabeza del Ejecutivo, como podrían pensar los críticos liberales de la deriva autoritaria del Estado moderno. Si hemos de creer a los participantes de ese “movimiento de movimientos” que es el movimiento Antiglobalización [ 3 ] , el poder está en manos de esa red o en esa trama formada por las empresas transnacionales, cuyos locus privilegiados de debate y decisión son las reuniones periódicas del g 7 , la omc o el Foro de Davos. Y cuyos principales instrumentos ejecutivos son el fmi y el bid . Es en esas instancias donde se toman y se ejecutan las decisiones que afectan de manera determinante la vida de todos nosotros y que condicionan seriamente las políticas específicas que puedan adoptar los gobiernos de las más diversas naciones con independencia de su signo político. ¿O habría que decir, mejor, que con independencia de su imagen mediática? De allí que dichos movimientos decidieran librar su primera batalla a escala planetaria manifestándose en 1999 contra la reunión del g 7 en Seattle, convencidos de que allí era donde se reunían sus auténticos adversarios y no en los parlamentos de sus países de origen. Y el hecho de que efectivamente lo fueran era algo que debía saberse en todo el mundo. Obviamente, las manifestaciones y las acciones de protestas callejeras de entonces, y las que han seguido después en Washington, en Praga, en Barcelona, en Génova y en tantas otras ciudades, quizás pueden ser calificadas simplemente de extraparlamentarias , por los métodos de acción directa a los que estos movimientos suelen recurrir para oponerse a esos singulares cónclaves de los amos y maestros de la globalización neoliberal. Pero si nos quedáramos allí dejaríamos escapar el papel crucial cumplido en dichas movilizaciones por esa politización del arte evocada por Benjamin como la respuesta comunista a la estetización de la política por el fascismo.

Hay que advertir, sin embargo, que la politización del arte aplicada al movimiento antiglobalización es una fórmula aproximativa, inestable, espejeante, siempre a punto de ceder el paso a una cierta estetización de la política , de signo contrario a la operada por el fascismo o sus herederos por cuanto de lo que se trata con ella no es de fortalecer el poder, la centralidad y la verticalidad del Estado, sino de anularlo, disolverlo o sobrepasarlo desde una perspectiva asamblearia y autogestionaria. Esta perspectiva se manifiesta de forma directa e inmediata en la forma como muchas de las acciones más provocadoras y fecundas de los antiglobalizadores, que aun teniendo un abierto contenido político de oposición al poder establecido se inspiran o prolongan la tradición de eventos o acontecimientos iniciada por el dadaísmo y el futurismo y prolongada por los happening y las performances . Pienso, por ejemplo, en las acciones de Reclaim the Streets, un grupo inglés con un papel verdaderamente seminal en la promoción de las movilizaciones cosmopolitas que tuvieron su punto de inflexión en las manifestaciones de protesta de Seattle ya mencionadas. El leit motiv de este grupo es la lucha contra el automóvil, tanto por ser invasor omnipotente de las calles como por ser argumento y pretexto para la continua apertura de autopistas y de vías rápidas devastadoras del medio ambiente y aniquiladoras de los hábitat y los lugares de la memoria y la convivencia humana a pequeña escala. Las acciones más características de la primera fase de su actividad son las street-parties , que se iniciaron en el verano de 1995 y que consistían, según ha contado Javier Ruiz, “en fiestas rave callejeras ilegales donde el asfalto se convierte en pista de baile, playa para niños -con camiones de arena– al tiempo muestra de arte y obra de arte. (…) en julio del 96, diez mil personas ocupan la autopista m 41 en Londres, a pesar de los esfuerzos de la policía por evitarlos, convirtiéndola en una orgía de color y música. Durante la fiesta/ protesta aparecen unas mujeres con faldas de tres metros de altura, y escondidos debajo de ellas activistas armados con martillos neumáticos plantan en el carril rápido de la autopista árboles rescatados de la construcción de la m 11” [ 4 ] .

Pero, más allá de estas experiencias y de tantas otras semejantes puestas en práctica por el movimiento antiglobalización, hay una dimensión conceptual, programática incluso, que intenta articular en el seno del movimiento un pensamiento y una cultura política a la medida de sus exigencias inéditas, y que lo hace apelando a categorías procedentes evidentemente del campo estético. Probablemente el texto más claro en este sentido sea un ensayo de Paolo Virno titulado precisamente Virtuosismo y revolución , donde el símbolo, o, mejor, la imagen matricial del discurso, la aporta la figura del intérprete musical virtuoso, cuya obra no se puede objetivar ni separar de la ejecución efectiva de la misma. Obviamente, en esta reivindicación de la actividad del intérprete en contra de la fetichización de la obra, resuenan las actitudes y las tesis de John Cage y, todavía más resueltamente, las de Joseph Beuys, para quien, como bien se sabe, todo hombre es un artista: lo importante es saber qué clase de artista es. Y, lo que todavía es más significativo, estas resonancias, esta evocación, no son para nada ajenas o extrañas a la línea principal de argumentación desplegada por Virno en este ensayo crucial, cuyo propósito explícito es establecer teóricamente cuál es la naturaleza y cuáles las condiciones y los medios de la acción política antagónica en el contexto de la sociedad posfordista. Para Virno, la figura central de esta última, la figura que condensa las posibilidades de esa acción transgresora y renovadora, es la del virtuoso, es decir, la del trabajador que ha tomado el relevo del proletariado industrial y que por lo tanto es autónomo, móvil, desarraigado y capaz de hacer valer más sus conocimientos y saberes que su hipotética destreza en la producción de objetos o de cosas. Esto gracias precisamente a la crisis no solo del modelo fordista de producción, sino de la ley del valor dominante en las fases iniciales del capitalismo, cuando el valor de una mercancía era determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario invertido en su producción. En la sociedad posfordista, añade Virno, apoyándose en los Grundisse… de Marx más que en su Das Kapital , la crisis de la ley del valor trae como consecuencia que lo que efectivamente cuente a la hora de considerar la producción de mercancías sea la intervención directa en la misma del General Intellect , una expresión acuñada igualmente por Marx para designar ese cúmulo de conocimientos, competencias lingüísticas y saberes forjados socialmente y del cual los más claros agentes, portadores o sujetos son ahora los virtuosos. La acción política, concluye Virno, se hace posible en la actualidad cuando el virtuoso, en vez de plegarse sin más a las exigencias del capital, se decide a interpretar su propia partitura, definida en una relación libre y no sometida con el General Intellect .

Por su parte, Marcelo Expósito, siguiendo la huella de Virno, presentó en la Bienal de Berlín de este año una videoinstalación titulada Entre sueños: Primero de Mayo , que articula imágenes históricas de la ciudad fordista, entre las que sobresalen las de la fábrica de la Fiat en Lingotto, en Turín, con las acciones de protesta en un centro comercial de Milán realizadas por los Chainworkers , una organización que agrupa a los trabajadores precarios de Italia y de otras partes de Europa. La protesta consistió en una toma audaz e imaginativa de dicho centro que, perfectamente coordinada con simpatizantes en los medios de comunicación, puso de relieve no solo cómo las multinacionales se apoderan y privatizan los espacios públicos, negando incluso la libertad de expresión a los ciudadanos reducidos en los mismos a la condición de simples consumidores, sino también el hecho de que los precarios son los virtuosos por excelencia en la actual coyuntura social y política. De hecho, el Mayday -esa reivindicación de un Primero de Mayo supuesta o realmente adocenado por los sindicatos y la izquierda tradicional realizada el pasado 1 de mayo en Barcelona- atribuyó todo el protagonismo al “precariado”, asumido entonces como el reemplazo del proletariado histórico.

La liberación política asumida como liberación del arte y por el arte del sometimiento de los mundos de vida y de trabajo a la lógica del capital ha sido igualmente pensada por Jacques Rancière, quien en su obra ha apelado al concepto de metáfora para desentrañar mejor todas las posibilidades implícitas en el movimiento de los Ne pas plier , y, sobre todo, en su lema: “No estamos de más, somos algo más”. Para Rancière, la diferencia entre policía y política consiste en que la primera se ocupa de asegurar el reparto dado de las palabras y de las cosas -por decirlo así, foucaultianamente-; y la política, de trastocar ese reparto, creando la posibilidad de uno nuevo. Solo que la acción política está anticipada o prefigurada por la metáfora , que desquicia el orden lingüístico admitido desplazando o transportando a otro lugar los significados asignados normalmente a los términos que la componen. “El desplazamiento de lugar que provoca la metáfora -afirma Brian Holmes en una de sus exposiciones de las ideas de Rancière– es lo que permite la creación o extensión de una comunidad de seres hablantes; esta potencial extensión de una comunidad es lo que se requiere para cualquier discusión sobre la igualdad. Es por esto que las formas modernas de agrupación –o de subjetivación– política están unidas históricamente a la emergencia de una dimensión estética autónoma escindida de cualquier manipulación práctica de objetos útiles: un ámbito impredecible, extensible hasta el infinito, que define “un mundo de una comunidad virtual –una exigencia de comunidad- que se sobrepone al mundo de los órdenes y de las particiones que imponen un uso a cada cosa”. “Las metáforas –remata Holmes– son los jeroglíficos de un lenguaje desconocido, la exigencia de una comunidad inaudita.” [ 5 ] Esta actividad metafórica fue ejemplificada avant la lettre con gestos como la identificación de una generación entera de izquierda con los manifestantes a favor de la liberación de Argelia que en 1961 fueron arrojados al Sena por la policía. “Identificarse con los asesinados no era hablar por ellos (…) sino continuar en su lugar, continuar con la oposición a una institución nacional que excluía a ciertos ciudadanos (aquellos provenientes de las antiguas colonias) mientras incluía a otros (los de la metrópoli)”, tal y como lo explica adecuadamente Holmes. Y también lo fue por la célebre consigna de Mayo del 68: “Todos somos judíos alemanes”. Pero donde actualmente encuentra un lugar lleno de posibilidades de desplegar su eficacia es en la máquina lingüística y empresarial construida por la trama del capitalismo transnacional, utilizando ampliamente los recursos ofrecidos por Internet. En este terreno la metáfora de Rancière se desdobla, metaforizándose ella misma en pastiches y en parodias para potenciar aún más la eficacia de sus actividades subversivas. En este sentido destaca rtm ark, un grupo anónimo surgido a comienzos de los años noventa con el propósito de financiar actividades de sabotaje “estético o activista”, que por su despliegue en un ámbito fronterizo entre la legalidad y la ilegalidad difícilmente pueden ser sancionadas por los jueces. Una de las acciones emblemáticas de este grupo consistió en su apoyo a un grupo de veteranos de guerra opuestos a los juguetes bélicos, que propusieron intercambiar las voces de Barbie y de gi Joe -el apabullante soldado promovido perversamente al papel de novio de la célebre muñeca-, de modo que, cuando alguien comprara algún ejemplar de los dos, fuera sorprendido por un intercambio inesperado de roles: las Barbies afirmando haber nacido para matar y los Rambos declarando su deseo de ser madres de familia numerosa. rtm ark mantiene un sitio en la red, www.rtmark.com , donde informa de sus actividades y sigue admitiendo proyectos coherentes con su estrategia.

Quizás la diferencia esencial entre la politización del arte promovida en su día por los comunistas y la que practican los activistas de la antiglobalización resida en la divergencia radical de sus mutuas expectativas. Mientras los comunistas, herederos vía Engels (Ángeles...) de la perspectiva cristiana con su fin de los tiempos y su juicio definitivo y final, estaban dispuestos a sacrificar el presente y a sacrificarse en el presente en aras (y subrayo el plural de ara , piedra sacrificial) de un futuro luminoso, los antiglobalizadores tienden a privilegiar el hic et nunc , el aquí y ahora, tanto de su actividad como de sus logros. En el mantenimiento de esa actitud tienen desde luego antecedentes en el situacionismo, que no quería esperar a nada ni a nadie para hacer lo que tenía que hacer, pero, todavía más directamente, en la tendencia que encabezó Mijail Bajtin en el seno de ese fecundo conflicto de tendencias que fue la revolución rusa... hasta que dejó de serlo. Bajtin, figura de culto entre quienes se dan a los estudios literarios desde una perspectiva polifónica y multicultural, reivindicó en su Rabelais ... el carnaval y lo que éste supone como máxima expresión de una tradición popular que intercala sabiamente episodios de liberación en la normalidad de un régimen de opresión y exclusión. Para esta tradición, el Paraíso no está ni más allá ni después, sino aquí y ahora, al alcance de quien, transgrediendo, se decida a alcanzarlo. De ahí el tono inconfundiblemente carnestoléndico de las movilizaciones antiglobalizadoras, cuya alegría, colorido y jovialidad, cuya feliz irreverencia, conmueven incluso a sus más decididos adversarios. En el desbordamiento de creatividad y espontaneidad, de disfraces, máscaras y caricaturas, los “ tutti bianchi” italianos han cumplido hasta hoy el papel de ángeles. ¿Los del “ Black Bloc” cumplen, en cambio, el de aves agoreras?

I think the best way to embark upon an issue as vast and complex as the art or, if you wish, the aesthetics of anti-globalisation is to turn to one of Walter Benjamin's most conclusive thesis: “ This is the situation of politics which Fascism is rendering aesthetic. Communism responds by politicising art.” This thesis seems as obsolete as fascism and communism seem to be or really are, particularly since no one in the West seems to belong to the latter party, with the exception of intellectuals like José Saramago or Fidel Castro and Kim Jong ii supporters, if there are any supporters of the latter among us. Nobody openly supports fascism either, apart from the network of neo-Nazi factions which in Europe and America seem to be more interested in beating up immigrants from the “third world” or encouraging the worst forms of urban tribalism than in carrying out a credible strategy for domination.

Yet these deteriorations or desertions do not mean that some of the key aspects of the fascist programme are not still hot points on the political agenda in metropolitan countries and their swarm of satellites. The most relevant, and certainly the most important in view of its powerful effects, is the aesthetisation of politics Benjamin referred to, which no longer appears via methods we currently consider frankly archaic. We no longer conceive the effectiveness of those strictly geometric paramilitary parades, those nocturnal torch marches, those massive choreographies in stadiums, designing, with the precision of a clockwork mechanism, the mottos and capital figures of the Ordine Novo . No, there is no longer room for those ways of “mass ornament” denounced by Sigfried Kracauer, just as there is no room for the rhetoric used by Joseph Goebbels or even Hitler himself to articulate their incipiently media-related discourses. The aesthetisation of politics is currently performed differently, at a different cost. Perhaps the key to the multiple differences lies in the dissolution of those crowds whose overwhelming presence disturbed its adversaries so, especially Elías Canetti, who dedicated a reflection to the subject in Masa y Poder (Crowds and Power) .

Nowadays, the people rendering politics aesthetic do not gather crowds except on the very few occasions when their reasons for convening demonstrations coincide with the desires and interests of most of the citizenship –as occurred with the demonstrations arranged on March 13 th ( 13 - m) this year in Spain to condemn the terrorist attacks perpetrated on March 11 th ( 11 - m) in Madrid. On “normal” days, the aesthetisation of politics acts on disperse and diffuse crowds, the tele-audiences generated by the media, especially by radio and television, which are the genuine alternatives to the in corpore crowd gatherings of the past and the present [ 6 ] . They are the receptors of the multimedia shows political party's conferences or conventions have become, using the model implemented in rock concerts. And of the offer of drills and surreptitious replacements of parliamentary lives embodied in continuous opinion polls and, most of all, the great variety of television and radio talk shows that appear as alternatives, often scandalous and provocative, to effective parliamentary debates [ 7 ] . Fascism consciously opposed crowd gathering to the parliament in the Black Shirts' paradigmatic March on Rome in 1922. Yet nowadays instead of forcing parliament or assaulting it violently, those who aesthetise politics prefer to devaluate parliament systematically in front of mass audiences, concealing its visibility or repeatedly presenting it as an archaic, pachydermal, boring place, with little or nothing in its implacable ritualism in common with the changing impressions and sensations of everyday people. Whilst on the contrary, they can act on these people timely and effectively with sophisticated technical measures and a vast repertoire of persuasive resources, used and selected by the show business sector for decades and based on the hegemony of the image. The aesthetisation of politics tends to fascinate citizens so as to transform them into mere spectators. Enthusiastic or bored, satisfied or suspicious, critical or ironic, we are always spectators. In all, their programme envisages displacing the classical parliamentary representation with that “sensitive identification with the State” which Hegel favoured so much in his time.

The devaluation or neutralisation of the parliament and the subordination of the activity of the political parties articulated around it to the domineering demands of the media image experienced its epiphany or emblematic moment immediately after the terrorist attacks that took place on s - 11 2002, when the Congress of the United States of America in full gave president George W. Bush a standing ovation and undisputedly attributed him the archaic role of saviour of the threatened nation. American parliamentarians then accepted that they did not have to fulfil the role they had been appointed, supposedly to analyse, deliberate, negotiate or agree, and that instead they merely had to endorse a decision imposed by the strength of incontestable evidence. Yet the extreme behaviour of a parliament subjugated to muteness by the power of images abruptly gave notice of the fact that the Parliament –with a capital P and in general– is no longer the privileged locus of Power, and even less so of the determination of its distribution. Power is elsewhere. It is not even in the head of the Executive, as the liberal critics could think of the way the modern State is drifting towards authoritarianism. If we are to believe the people who take part in the “movement of movements” called the Anti-globalisation movement [ 8 ] , power belongs to the network or structure of transnational companies, whose privileged debate and decision locus are the periodical meetings of the g 7 , the wto or the Davos Forum. Their main instruments are the imf and the iadb . This is where the decisions that affect our lives determinedly are made and executed, the decisions that seriously condition the specific policies that the governments of different nations could adopt regardless of their political nature. Or should we say regardless of their media image? This consequently led those movements to decide to fight their first global-scale battle with a demonstration against the g 7 meeting in Seattle in 1999, convinced that their true adversaries were gathered at this event, and not in the parliaments of their own countries. The fact that they genuinely were their adversaries should be known to the entire world. Obviously, the demonstrations and protests that took place on the streets back then, and those which have been staged subsequently in Washington, Prague, Barcelona, Genoa and so many other cities, could perhaps be classified simply as extra-parliamentary , in view of the direct action methods these movements usually turn to on order to oppose to these singular meetings gathering the masters of neo-liberal globalisation. Yet if we left it at that, we would be missing the crucial role played in said gatherings by that politisation of art Benjamin referred to as the communist answer to fascism's aesthetisation of politics.

Nonetheless, it is important to point out that the politisation of art applied to the anti-globalisation movement is an approximate, unstable, shimmering formula that always seems about to pass the baton to a certain aesthetisation of politics , although this time it would be the opposite of the aesthetisation performed by fascism and its heirs since it does not aim to strengthen the power, the centrality and the verticality of the State, but to cancel it, dissolve it or surpass it from an assembly and self-managed perspective. This perspective is manifested directly and immediately in many of the most provocative and fecund actions performed by anti-globalisers, which albeit having an open political content opposed to the established power are inspired by or prolong the tradition of events started by Dadaism and Futurism and furthered by happenings and performances. I am referring to, for example, the actions performed by Reclaim the Streets, an English group with a genuinely seminal role in the promotion of the cosmopolitan gatherings that experienced their height with the aforementioned protest demonstrations in Seattle. The group's leit motiv is the fight against automobiles, considering them both omnipotent invaders on the streets and arguments and pretexts to continue opening motorways and highways that devastate environment and annihilate the habitat and the small-scale places that represent memory and human coexistence. The most characteristic actions they organised during the first stage of their activity were the street-parties that commenced in summer 1995 and consisted in, according to Javier Ruiz, “illegal street raves in which the asphalt became the dance floor, a beach for children –thanks to lorries full of sand– both displaying art and being art displayed. (…) in July 1996, ten thousand people took London's m 41 motorway, despite the police's efforts to stop them, turning it into an orgy of colour and music. During the party/protest some women appeared wearing three-metre-long skirts, with activists hidden underneath them and carrying pneumatic hammers. They planted trees recuperated from the construction of the m11 in the fast lane of the motorway. ” [ 9 ]

Yet, beyond these experiences and other similar ones staged by the anti-globalisation movement, there is a conceptual, programmatic even, dimension that attempts to articulate a thought and a political culture in the heart of the movement in line with its unique demands, and does so appealing to categories that evidently stem from the aesthetic sphere. Probably the clearest text in this sense would be an essay by Paolo Virno entitled precisely Virtuosity and Revolution , in which the symbol, or more precisely, the image of the discourse is embodied in the figure of the virtuous musician, whose output cannot be objectified or separated from the effective execution of the same. Obviously, that vindication of the performer's activity against the fetishisation of the work echoes the attitudes and theses of John Cage and, even more resolutely, of Joseph Beuys, for whom all men are artists: the importance lies in knowing what kind of artist one is. Furthermore, what is even more significant is that these echoes, these evocations, are not at all removed or estranged from the main guidelines set out by Virno in this crucial essay, which explicitly aims to theoretically establish the nature and the conditions and means of antagonistic political action in the context of the post-Ford society. For Virno, the main figure of that society, the figure that encompasses the possibilities of that transgressor and refreshing action, is the virtuoso, i.e. the worker who has taken over from the industrial proletariat and is consequently autonomous, mobile, rootless and capable of making his knowledge and abilities more important than his hypothetical skill to produce objects or things. This arises precisely as a result of the crisis of the Ford production model and also of the law of value dominating the initial stages of capitalism, when the value of goods was established by the amount of work socially needed to produce it. Virno goes on to add that in the post-Ford society, based on Marx's Grundisse… more than on his Das Kapital , the crisis of the law of value results in the fact that what really matters when considering the production of goods is the direct intervention of the General Intellect , an expression also coined by Marx to designate that host of socially forged knowledge, linguistic competences and wisdom of which nowadays the virtuosos are the clearest agents, carriers or subjects. Virno concludes by saying that political action currently becomes possible when the virtuoso, instead of merely bowing down to the demands of the capital, decides to play his own score, defined by a free relationship that is not subjected to the General Intellect .

Marcelo Expósito, following the guidelines set out by Virno, presented a video-installation at this year's Berlin Biennial entitled Entre sueños: Primero de Mayo (In dreams: Mayday) , which combines historical images of the Ford city, including especially powerful images depicting the Fiat factory in Lingotto, Turin, with the protest actions staged in a mall in Milan by the Chainworkers , an organisation that encompasses workers with precarious employments from Italy and other parts of Europe. The protest consisted in an audacious and imaginative siege of the mall which, perfectly coordinated with supporters in the media, gave notice of how multinationals seize and privatise public spaces, even denying the right of expression to citizens who, when inside, are reduced to mere consumers, and also of the fact that the precarious workers are the virtuosos par excellence in the current social and political situation. In fact that Mayday – the vindication of a supposedly or genuinely mediocre Mayday by the unions and traditional left-wing groups in Barcelona last May the first– attributed the leading role to the “precarious workers,” then considered the replacement of the historical proletariat.

Political liberation considered as the liberation of art and by subjecting the worlds of life and work to the logics of capital was also included in the work of Jacques Rancière, who in his output resorted to metaphors to get to the very bottom of all the possibilities implicitly contained in the movement of the Ne pas plier group , and, particularly, in their motto: “We're not surplus, we're a plus.” For Rancière, the difference between politics and the police lies in the fact that the latter ensures the distribution of words and things –to set it out à la Foucault–, whilst politics disarrange that distribution, creating the possibility of a new one. Yet political action is anticipated or represented by the metaphor , which unhinges the agreed linguistic order displacing or transferring the meanings usually assigned to the terms that compose it to another place. “The displacement caused by the metaphor –says Brian Holmes in one of his statements on Rancière's ideas– is what allows the creation or expansion of a community of speaking beings; this potential expansion of a community is what is needed for a debate on equality. Thus, modern forms of political association –or subjectivation– are historically linked to the emergence of an autonomous aesthetical dimension removed from any practical manipulation of useful things: an unpredictable sphere, which can spread out to infinity, that defines “the world of a virtual community –a demand for community– that dominates the world of orders and the partitions that impose a single use for each thing.” “Metaphors –concludes Holmes– are the hieroglyphics of an unknown language, the demand for an unprecedented community.” [ 10 ] This metaphorical activity was illustrated avant la lettre with gestures such as the identification of a whole left-wing generation with the demonstrators in favour of the liberation of Algeria who were thrown into the Seine by the police in 1961. “To identify oneself with the murdered did not mean speaking up for them (…) it meant furthering their fight, their opposition to a national institution that excluded certain citizens (those from the former colonies) whilst it included others (those from the metropolis),” as Holmes puts it smartly. It was also illustrated by the famous motto of May 68: “We are all German Jews.” Yet it currently finds a cartload of opportunities to display its effectiveness in the linguistic and entrepreneurial machine built by the structure of transnational capitalism, vastly depending on the resources offered by the Internet. In this field, Rancière's metaphor is divided, metaphorising itself in pastiches and parodies to encourage the effectiveness of subversive activities even more. In this sense, rtm ark stands out. They are an anonymous group that appeared in the early nineties in order to finance activities involving “aesthetic or activist” sabotage which, given their emergence in an area that was bordering between legality and illegality, could not be easily sanctioned by the judges. One of the actions this group carried out consisted in supporting a group of war veterans who objected to war toys and proposed they exchanged the voices on Barbies and gi Joes –the stunning soldier perversely promoted as the famous doll's boyfriend. Consequently, whenever anyone bought one of the toys, they would be surprised to find they had exchanged their roles: Barbies stated they had been born to kill and Rambos said they wanted to have lots of children. rtm ark have a website, www.rtmark.com , where they inform of their activities and continue admitting projects that are in line with their strategy.

Perhaps the main difference between the politisation of art promoted in the past by communism and the one practiced by the anti-globalisation activists today lies in their radically different expectations. Whilst the communists, who via Engels (Angels...) had inherited the Christian perspective with the end of days and the final and decisive judgement, were willing to sacrifice the present and sacrifice themselves in the present in favour of a luminous future, the anti-globalisers tend to grant privilege to the hic et nunc , the here and now, both in terms of their activities and their achievements. By keeping up this attitude, they certainly have precedents in Situationism, a movement that did not want to wait for anything or anyone to do what it had to do, but even more directly in the trend controlled by Mikhail Bakhtin in the heart of that prolific conflict of trends called the Russian revolution... until it stopped being one. In his Rabelais ..., Bakhtin, cult figure amongst those who undertake literary studies from a polyphonic and multicultural perspective, vindicated the carnival and what it means as the maximum expression of a popular tradition that wisely combines episodes of liberation in the normality of a regime based on oppression and exclusion. In this tradition, Heaven is not beyond or after, it is here and now, available for those who, by transgressing, decide to reach it. Hence the unmistakably festival aspect of anti-globalisation demonstrations, whose joy, colourfulness and cheerfulness and happy irreverence move even its most determined adversaries. In the outburst of creativity and spontaneity, fancy dress, masks and caricatures, the Italian “ tutti bianchi” have up until now acted as angels. Does this mean that the “ Black Bloc” act as birds of ill omen?

NOTAS

  • [ 1 ] Un dato revelador de este desplazamiento de la movilización efectiva de las masas por el poder de las adhesiones o las desafecciones de las audiencias multitudinarias lo aporta el hecho de que los sindicatos que convocaron la huelga general realizada en España en 2003 hayan demandado a la dirección de la Televisión Española por minimizar en sus informativos el alcance y la cobertura de la misma. Los jueces dieron la razón a los demandantes, en un fallo que puso en evidencia la supeditación de la huelga a su impacto en las audiencias multitudinarias. Por lo demás, éste no es sino el caso más destacado de la querella interminable que mantienen los organizadores de las manifestaciones de protesta con los medios que deberían informar sobre ellas en torno al número de participantes en las mismas y a la visibilidad que les otorgan.
  • [ 2 ] Un ejemplo revelador al respecto tuvo lugar el pasado 9 de mayo en París, en el Palacio del Elíseo, donde el primer ministro británico, Tony Blair, y el presidente de Francia, Jacques Chirac, se reunieron con 400 estudiantes para conmemorar delante de ellos los 100 años de la entente cordiale mediante un diálogo aparentemente franco. Dadas las tensiones políticas existentes en ese momento entre ambos líderes políticos, un debate parlamentario entre ambos habría tenido consecuencias mucho menos controlables.
  • [ 3 ] “Movimiento antiglobalización” es el primer nombre que recibieron de los media los movimientos antagonistas, contestatarios, que se oponen a la globalización tal y como la diseñó el gran capital transnacional a finales de los años ochenta. Hoy es evidente que esa denominación no se corresponde ni con la amplitud ni con la heterogeneidad de esos movimientos contestatarios. Aquí, sin embargo, la mantenemos para facilitar la lectura de este artículo.
  • [ 4 ] Ruiz, Javier. “Reclaim the Streets! De la crítica del espacio público a la resistencia global”. En: Modos de hacer: arte crítico, esfera pública y acción directa . Pp. 359 y ss.
  • [ 5 ] Holmes, Brian. “Jacques Rancière y la estética de la igualdad”. Brumaria (nº 1). Pp. 137 y ss.
  • [ 6 ] A telltale fact of this displacement of effective crowd gathering due to the power of adhesions or disaffections of multitudinous audiences is that the unions that convened the general strike in Spain in 2003 have sued the management of Spanish State television, Televisión Española, for minimising the scope and coverage of the strike in their news bulletins. The judges decided in favour of the plaintiffs, in a ruling that evidenced the subordination of the strike to its impact on mass audiences. This is only the most relevant case in the interminable lawsuit between the organisers of protest demonstrations and the media and the information they provide regarding the number of participants and the visibility they grant them.
  • [ 7 ] A significant example occurred on May 9 th in Paris, in the Elysee Palace, where British Prime Minister Tony Blair and French President Jacques Chirac met with 400 students to commemorate the 100 years of the entente cordiale by means of an apparently frank dialogue. Given the political tensions that existed at the time between both political leaders, a parliamentary debate would have had much less controllable consequences.
  • [ 8 ] “Anti-globalisation movement” was the first name the media gave to the antagonistic, rebellious movements countering globalisation as designed by the major transnational leaders in the late eighties. Nowadays that designation obviously does not correspond to the vastness or to the heterogeneity of these anti-establishment movements. Nonetheless, we have maintained it herein to facilitate the reading of this article.
  • [ 9 ] Javier Ruiz. “Reclaim the Streets! De la crítica del espacio público a la resistencia global”. In: Modos de hacer: arte crítico, esfera pública y acción directa . Pp. 359 and following .

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