Hay que advertir, sin embargo, que la politización del arte aplicada al movimiento antiglobalización es una fórmula aproximativa, inestable, espejeante, siempre a punto de ceder el paso a una cierta
estetización de la política ,
de signo contrario a la operada por el fascismo o sus herederos por cuanto de lo que se trata con ella no es de fortalecer el poder, la centralidad y la verticalidad del Estado, sino de anularlo, disolverlo o sobrepasarlo desde una perspectiva asamblearia y autogestionaria. Esta perspectiva se manifiesta de forma directa e inmediata en la forma como muchas de las acciones más provocadoras y fecundas de los antiglobalizadores, que aun teniendo un abierto contenido político de oposición al poder establecido se inspiran o prolongan la tradición de
eventos o
acontecimientos iniciada por el dadaísmo y el futurismo y prolongada por los
happening y las
performances . Pienso, por ejemplo, en las acciones de Reclaim the Streets,
un grupo inglés con un papel verdaderamente seminal en la promoción de las movilizaciones cosmopolitas que tuvieron su punto de inflexión en las manifestaciones de protesta de Seattle ya mencionadas. El
leit motiv de este grupo es la lucha contra el automóvil, tanto por ser invasor omnipotente de las calles como por ser argumento y pretexto para la continua apertura de autopistas y de vías rápidas devastadoras del medio ambiente y aniquiladoras de los hábitat y los lugares de la memoria y la convivencia humana a pequeña escala. Las acciones más características de la primera fase de su actividad son las
street-parties ,
que se iniciaron en el verano de 1995 y que consistían, según ha contado Javier Ruiz, "en fiestas
rave callejeras ilegales donde el asfalto se convierte en pista de baile, playa para niños -con camiones de arena- al tiempo muestra de arte y obra de arte. (...) en julio del 96, diez mil personas ocupan la autopista m 41 en Londres, a pesar de los esfuerzos de la policía por evitarlos, convirtiéndola en una orgía de color y música. Durante la fiesta/ protesta aparecen unas mujeres con faldas de tres metros de altura, y escondidos debajo de ellas activistas armados con martillos neumáticos plantan en el carril rápido de la autopista árboles rescatados de la construcción de la m 11"
[ 4 ] .
Pero, más allá de estas experiencias y de tantas otras semejantes puestas en práctica por el movimiento antiglobalización, hay una dimensión conceptual, programática incluso, que intenta articular en el seno del movimiento un pensamiento y una cultura política a la medida de sus exigencias inéditas, y que lo hace apelando a categorías procedentes evidentemente del campo estético. Probablemente el texto más claro en este sentido sea un ensayo de Paolo Virno titulado precisamente Virtuosismo y revolución , donde el símbolo, o, mejor, la imagen matricial del discurso, la aporta la figura del intérprete musical virtuoso, cuya obra no se puede objetivar ni separar de la ejecución efectiva de la misma. Obviamente, en esta reivindicación de la actividad del intérprete en contra de la fetichización de la obra, resuenan las actitudes y las tesis de John Cage y, todavía más resueltamente, las de Joseph Beuys, para quien, como bien se sabe, todo hombre es un artista: lo importante es saber qué clase de artista es. Y, lo que todavía es más significativo, estas resonancias, esta evocación, no son para nada ajenas o extrañas a la línea principal de argumentación desplegada por Virno en este ensayo crucial, cuyo propósito explícito es establecer teóricamente cuál es la naturaleza y cuáles las condiciones y los medios de la acción política antagónica en el contexto de la sociedad posfordista. Para Virno, la figura central de esta última, la figura que condensa las posibilidades de esa acción transgresora y renovadora, es la del virtuoso, es decir, la del trabajador que ha tomado el relevo del proletariado industrial y que por lo tanto es autónomo, móvil, desarraigado y capaz de hacer valer más sus conocimientos y saberes que su hipotética destreza en la producción de objetos o de cosas. Esto gracias precisamente a la crisis no solo del modelo fordista de producción, sino de la ley del valor dominante en las fases iniciales del capitalismo, cuando el valor de una mercancía era determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario invertido en su producción. En la sociedad posfordista, añade Virno, apoyándose en los Grundisse... de Marx más que en su Das Kapital , la crisis de la ley del valor trae como consecuencia que lo que efectivamente cuente a la hora de considerar la producción de mercancías sea la intervención directa en la misma del General Intellect , una expresión acuñada igualmente por Marx para designar ese cúmulo de conocimientos, competencias lingüísticas y saberes forjados socialmente y del cual los más claros agentes, portadores o sujetos son ahora los virtuosos. La acción política, concluye Virno, se hace posible en la actualidad cuando el virtuoso, en vez de plegarse sin más a las exigencias del capital, se decide a interpretar su propia partitura, definida en una relación libre y no sometida con el General Intellect .
Por su parte, Marcelo Expósito, siguiendo la huella de Virno, presentó en la Bienal de Berlín de este año una videoinstalación titulada Entre sueños: Primero de Mayo , que articula imágenes históricas de la ciudad fordista, entre las que sobresalen las de la fábrica de la Fiat en Lingotto, en Turín, con las acciones de protesta en un centro comercial de Milán realizadas por los Chainworkers , una organización que agrupa a los trabajadores precarios de Italia y de otras partes de Europa. La protesta consistió en una toma audaz e imaginativa de dicho centro que, perfectamente coordinada con simpatizantes en los medios de comunicación, puso de relieve no solo cómo las multinacionales se apoderan y privatizan los espacios públicos, negando incluso la libertad de expresión a los ciudadanos reducidos en los mismos a la condición de simples consumidores, sino también el hecho de que los precarios son los virtuosos por excelencia en la actual coyuntura social y política. De hecho, el Mayday -esa reivindicación de un Primero de Mayo supuesta o realmente adocenado por los sindicatos y la izquierda tradicional realizada el pasado 1 de mayo en Barcelona- atribuyó todo el protagonismo al "precariado", asumido entonces como el reemplazo del proletariado histórico.