Me parece que la mejor forma de abordar un tema tan amplio y complejo como es de hecho el arte o, si se quiere, la estética del movimiento antiglobalización es acudiendo a una de las tesis más contundentes de Walter Benjamin: "A la estetización de la política que obra el fascismo, el comunismo responde con la politización del arte". Tesis que parece tan obsoleta como, aparente o realmente, lo son el fascismo y, singularmente, el comunismo, de cuyo partido no se reclama nadie en Occidente, si se exceptúan intelectuales como José Saramago o partidarios de Fidel Castro o de Kim Jong ii , si es que de este último existe alguno entre nosotros. Al fascismo tampoco lo reivindica abiertamente nadie distinto a la red de grupúsculos neonazis que en Europa y en América parecen más dedicados a apalear a inmigrantes del "tercer mundo" y a cultivar las peores formas del tribalismo urbano que a ejecutar una estrategia creíble de asalto al poder.
Pero estos deterioros y abandonos no significan que algunos de los aspectos claves del programa fascista no continúen a la orden del día en la agenda política dominante en los países metropolitanos y en su enjambre de satélites. El más relevante, y ciertamente el más importante por sus poderosos efectos, es esa "estetización de la política" evocada por Benjamin, que ya no se realiza empleando medios que hoy nos parecen francamente arcaicos. Ya no es concebible que se repitan con la eficacia de entonces esas paradas paramilitares estrictamente geométricas, esas marchas de antorchas nocturnas, esas coreografías masivas dibujando en los estadios, con la precisión de un mecanismo de relojería, los lemas y las figuras capitales del Ordine Novo . No, ya no hay lugar para esas formas de la "ornamentación de masas" denunciada por Sigfried Kracauer, como no la hay para la retórica con la que Joseph Goebbels o el propio Hitler articularon sus discursos, incipientemente mediáticos. La estetización de la política ahora es de otro modo y a otro precio. Y quizás la clave o la cifra de sus múltiples diferencias consista en la disolución de esas masas cuya abrumadora presencia tanto inquietó a sus adversarios y, en especial, a Elías Canetti, quien escribió sobre la misma una reflexión de largo aliento: Masa y Poder .
Hoy quienes estetizan la política no convocan a las masas sino en las contadísimas ocasiones en las que el propósito de su convocatoria coincide con los deseos y los intereses de la mayoría ciudadana, como fue el caso de las manifestaciones convocadas el 13 - m de este año en España para repudiar los atentados terroristas del 11 - m en Madrid. En los días "normales", la estetización política actúa sobre esas multitudes dispersas y difusas que son las teleaudiencias generadas por los media y, especialmente, por la radio y la televisión, y que son las verdaderas alternativas a la movilización de masas
in corpore de antes y de ahora
[ 1 ] . Para ellas se ponen en pie esos espectáculos multimedia en los que, siguiendo el modelo de los conciertos de rock, se han convertido los congresos o las convenciones de los partidos políticos, al igual que esa oferta de simulacros y de sustitutos subrepticios de la vida parlamentaria que son las encuestas de opinión permanentes y, sobre todo, la gran variedad de tertulias televisivas y radiofónicas ofrecidas de hecho como alternativas, habitualmente escandalosas y provocadoras, de los debates parlamentarios efectivos
[ 2 ] . El fascismo opuso conscientemente la movilización de masas al parlamento en su paradigmática Marcha a Roma de los Camisas Negras en 1922. En cambio, quienes hoy estetizan la política, en vez de forzar al parlamento o asaltarlo violentamente, prefieren devaluarlo sistemáticamente ante las audiencias multitudinarias, escamoteando su visibilidad o mostrándolo reiteradamente como un lugar arcaico, paquidérmico, tedioso y poco o nada congruente en su inconmovible ritualismo con las impresiones y las sensaciones cambiantes de la gente común y corriente, sobre las que ellos, por el contrario, actúan muy oportuna y eficazmente con sofisticados medios técnicos y con el amplio repertorio de recursos persuasivos probados y decantados durante décadas por la sociedad del espectáculo y articulados en torno a la hegemonía de la imagen. La estetización de la política tiende a fascinar al ciudadano para transformarlo en simple espectador. Entusiasta o aburrido, satisfecho o suspicaz, crítico o irónico, pero siempre espectador. Su programa, en definitiva, es desplazar la representación parlamentaria clásica por esa "identificación sensible con el Estado" tan apreciada en su hora por Hegel.
La devaluación o la neutralización del parlamento y la supeditación de la actividad de los partidos políticos articulados en torno al mismo a las exigencias avasalladoras de la imagen mediática tuvo su epifanía o su momento emblemático inmediatamente después de los atentados terroristas del 11 - s de 2002, cuando el Congreso de los Estados Unidos de América en pleno se puso en pie para ovacionar al presidente George W. Bush y para atribuirle sin ninguna discusión el arcaico papel salvador de la patria amenazada. Los parlamentarios americanos dieron por sentado entonces que no tenían por qué cumplir el papel que se les había encargado de analizar, deliberar, negociar o pactar, sino que debían simplemente aprobar por aclamación una decisión que se les imponía con la fuerza de una evidencia incontestable. Pero la conducta extrema de un parlamento subyugado hasta la mudez por la fuerza de las imágenes puso abruptamente de relieve que el Parlamento -así, con mayúsculas y en general- ya no es el
locus privilegiado del Poder, y menos de la determinación de su reparto. El poder está en otra parte. Y ni siquiera está en la cabeza del Ejecutivo, como podrían pensar los críticos liberales de la deriva autoritaria del Estado moderno. Si hemos de creer a los participantes de ese "movimiento de movimientos" que es el movimiento Antiglobalización
[ 3 ] , el poder está en manos de esa red o en esa trama formada por las empresas transnacionales, cuyos
locus privilegiados de debate y decisión son las reuniones periódicas del g 7 , la omc o el Foro de Davos. Y cuyos principales instrumentos ejecutivos son el fmi y el bid . Es en esas instancias donde se toman y se ejecutan las decisiones que afectan de manera determinante la vida de todos nosotros y que condicionan seriamente las políticas específicas que puedan adoptar los gobiernos de las más diversas naciones con independencia de su signo político. ¿O habría que decir, mejor, que con independencia de su imagen mediática? De allí que dichos movimientos decidieran librar su primera batalla a escala planetaria manifestándose en 1999 contra la reunión del g 7 en Seattle, convencidos de que allí era donde se reunían sus auténticos adversarios y no en los parlamentos de sus países de origen. Y el hecho de que efectivamente lo fueran era algo que debía saberse en todo el mundo. Obviamente, las manifestaciones y las acciones de protestas callejeras de entonces, y las que han seguido después en Washington, en Praga, en Barcelona, en Génova y en tantas otras ciudades, quizás pueden ser calificadas simplemente de
extraparlamentarias , por los métodos de acción directa a los que estos movimientos suelen recurrir para oponerse a esos singulares cónclaves de los amos y maestros de la globalización neoliberal. Pero si nos quedáramos allí dejaríamos escapar el papel crucial cumplido en dichas movilizaciones por esa
politización del arte evocada por Benjamin como la respuesta comunista a la estetización de la política por el fascismo.